Jaime, uno de los periodistas de km77.com, me ha enviado un texto contando algo que vivió recientemente en una presentación. A mi me parece que exagera, porque yo, sin ninguna duda y tras muchas comidas y cenas de diseño, cambio el plato más sofisticado del mundo por unas patatas a la riojana, unas migas con longaniza, un arroz caldoso con bogavante, una fideuá bien hecha (por favor, de fideo cabellín y con un alioli en condiciones), un chuletón de vaca a la piedra o unos huevos rotos con jamón o foie. Pero vamos, que ésta es su historia:

En ocasiones, las presentaciones de nuevos productos por parte de las marcas del mundo del automóvil nos da la oportunidad a los periodistas de acceder a gentes y lugares que de otra forma sería harto complicado. El último caso que he protagonizado tiene que ver con la alta cocina, con la tan de moda cocina de autor.

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Opel nos invitó a asistir a la presentación del Insignia modelo 2012, que tiene ligeros cambios mecánicos y de equipamiento, como contamos en km77 (más información). Tras llegar a Frankfurt y desarrollarse la jornada de pruebas, con rueda de prensa y comida en el Darmstadtium, fuimos convocados a las 19.30 para dirigirnos al restaurante del hotel Villa Rothschild Kempinski, cuyo jefe de cocina es el chef Christoph Rainer, distinguido con una estrella Michelin.

Íbamos a asistir a un pequeño taller de cocina, a descubrir como esta estrella de la gastronomía alemana prepara algunos de sus platos, que posteriormente degustaríamos en la cena.

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De la cocina de un gran chef llama la atención los espacios diáfanos, la ausencia de dificultades de espacio para trabajar a gusto, además de la limpieza y la gran organización. Rainer nos ilustró con sus técnicas para abrir una langosta limpiamente y sin que el caparazón dañara la carne o para preparar uno de sus platos más representativos, la carrillera de ternera Corrèze. Su mayor signo de distinción es la elaboración: 16 horas de cocción a 55 grados. Iba acompañada de una salsa Finacière, crema de guisantes y berros y setas fritas.

Durante la cena, además de la carrillera, pudimos probar una ‘Amuse Bouche’ —tomate raf en tres formatos: helado, gel y espuma—, crema de hígado de ganso marinado con chocolate negro y sorbete de melón o lubina de Bretón ‘frito y crujiente’ con salsa picante de alubias, puré de ‘Brandada’ y espuma de naranja ‘Sariette’. El postre era un melocotón ‘Sous-Vide’ hecho a base de bizcocho y helado.

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El resultado estético en todos ellos era impecable; el resultado al gusto, más si cabe. Todo un privilegio el poder bajar a la cocina de un chef distinguido por Michelin que recordaré siempre.

Jaime Arruz

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