Circulaba hace unos días por una carretera de segundo orden con un Fiat Tipo 5p que estoy probando. Adelanto a un grupo de ciclistas de aproximadamente 10 componentes, que iban pegados al margen derecho de la calzada y dispuestos en filas de a tres y de a dos. Justo después de rebasarlo, veo una señal indica que la carretera queda limitada a 70 km/h. Esta señal está poco antes del comienzo de una curva de visibilidad escasa y unos 200 metros antes de un concurrido cruce de carreteras.

Ya incorporado de nuevo a mi carril, observo por el espejo retrovisor interior a un Infiniti Q30 adelantando a los ciclistas. Como va a una velocidad mucho mayor que la mía (yo iba siguiendo a una pequeña caravana de vehículos) completa el adelantamiento en un santiamén y vuelve al carril derecho de forma brusca y frenando con mucha intensidad, para no acercarse demasiado a mi (algo que no consigue del todo). Percibo nerviosismo y un punto de agresividad en la forma de conducir.

Segundos después, llegando al cruce (compuesto por dos isletas a ambos lados de la vía, que hay que rodear si uno quiere cambiar de carretera o de sentido), el conductor del Infiniti se detiene no sin antes subir dos ruedas de su coche en el bordillo. Baja del coche, cruza la carretera nacional a pie y se dirige —con movimientos que delataban mucha tensión, pero que a la vez me parecían cómicos, pues eran como una curiosa sucesión de espasmos— a una pareja de guardia civil que estaba en el lado opuesto.

Yo, que estaba detenido tras una cola de vehículos haciendo la maniobra de Stop pertinente para cambiar de vía, me imagino a qué responde ese comportamiento: pienso que se va a quejar del pelotón ciclista. Efectivamente. Este señor, se aproxima a uno de los guardias y señala impacientemente hacia los ciclistas que están a punto de llegar. Cuando estos están a su altura, el guardia les dice algo así como “venga chicos, circulad en fila y no en pelotón”. No hubo más consecuencias.

El tipo del Infiniti estaba en su derecho de denunciar que algunos ciclistas circulasen en fila de a tres. Pero me sorprende que se quejara amargamente del comportamiento de los demás, sin hacerse cargo sus actos. Primero, porque venía a una velocidad mucho más elevada de la permitida en la vía (no puedo probarlo, pero tengo esa impresión por cómo se aproximaba cuando lo advertí desde el espejo retrovisor). Segundo, porque adelantó al grupo ciclista en una zona de visibilidad dudosa y con maniobras bruscas. Tercero, porque se bajó del coche y cruzó una carretera nacional sin más prenda de visibilidad que una camisa por fuera de los pantalones, de color crema y estrechas franjas verticales, creo recordar. Cuarto, porque estacionó el coche en la parte interior del cruce y parcialmente subido a la isleta.

No voy a entrar en más detalles (que los hay, pero no interesan), pero sí quiero señalar que muchos conductores exigen a los ciclistas un comportamiento intachable, pero descuidan su conducta, lo que es síntoma de que se creen que están en posesión de una autoridad moral superior.

Enrique Calle

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