Que dónde he estado este tiempo, se han preguntado, espero.

 

Pues qué sé yo; que es que hice crisis tras probar el Tesla de la última entrada.

 

Yo antes leía las pruebas de este tío, pero se ha puesto plasta con lo del eléctrico, como me coloque otra vez la movida del eléctrico, le borro de favoritos.

 

 Hace un par de semanas, conducía por un puerto de montaña por el que suelo probar los coches. No suele tener tráfico, no, no pienso revelar cuál es, pero aquél día iba detrás de una mujer.

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No es machismo, qué va, que ya me va a colgar el cartelito alguna feminista furiosa de esas que logra dejar plantado al marido, que se queda con la casa, con los niños, con la mitad del dinero más una pensión mensual cuantiosa -que trabajar cansa- y deja –generosa ella- al marido una visita al calabozo, un estigma social modelo “hombre, cuando el rio suena”, la hipoteca a treinta años de una casa en la que ahora vivirá con su amante y sin un duro. Pero estamos en un país machista. Claro. Los huevos, Manolo. Eso sí que es un lobby. Y con vestidor.

 

Recapitulo. Que decía que era una mujer porque iba en un coche de esos insípidos, que da pereza de sólo mirarlo, limpito, de los que uno nunca compraría y circulaba a una velocidad de esas que sólo las mujeres saben llevar: velocidad rara, de coherencia inconexa, de lógica difusa. Ni deprisa ni despacio, lenta para ir rápido, deprisa para ir despacio; velocidad constante e inalterable, con una noción de la trazada parecida a la de la empatía de un islamista furioso. Encendiendo las luces del freno sin frenar. Exasperante. ¿Misógino yo?. Ná. Para nada.

 

Y yo, en mi coche, detrás, soñando despierto con que el ñoñowagen de la tronca se despeñase barranco abajo, iba entre segunda y tercera. La segunda era demasiado corta, la tercera demasiado larga. Seguro que alguna vez han tenido esa sensación de estar entre dos marchas, la sensación es molesta y suele venir acompañada de una expresión al vacío “pero dale, coño, dale”.

 

Pues eso no pasaría, pensaba yo, en el BMW i3. Así que escribí a Alfonso Herrero, su respuesta, acompañada de un gruñido “Vale, pero tienes que escribir del Tata”. De siempre, un encanto.

 

Y días más tarde, ahí el i3. En foto me parecía extraño, de proporciones y rasgos inusuales, como Rossy de Palma hecho automóvil; pero luego entendí que como modelo de una gama no convencional, tenía que distinguirse, parecer distinto, como del futuro. Y cogiéndole el punto, hasta resultaba atractivo en su calculada diferencia. Mientras sigan queriendo distinguirlo forzadamente, comprar un coche eléctrico seguirá siendo una extravagancia. Su apariencia del futuro lo aleja del presente, no me parece una decisión acertada pero igual sirve al mercado de los early adopters de pose.

Quien abraza una nueva tecnología -es matizable que lo eléctrico sea novedoso-  afrontando el coste extra de su implantación temprana, lo suele hacer por dos motivos: o por convicción, o por pose. A quien compra por convicción le resulta casi indiferente el aspecto, pero para quien compra por pose, le gusta ser reconocido en su apuesta porque cree que habla favorablemente de él. Así las cosas, podríamos decir que la personalidad viaja dentro en el primer caso, y que en el segundo, la personalidad se la otorga el objeto.

Haciendo amigos.

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Existen dos versiones de este i3: una incorpora un motor de gasolina que no genera avance, su misión es recargar la batería y extender con ello la autonomía, y el otro es exclusivamente eléctrico que es por el que me interesé y conduje.

 

Como en todo eléctrico, sin marchas, sin arranques, sin vibración, sin ruido. Ni pistones, correas, árboles de levas, ni aceites. Las manos limpias al abrir los capós.

 

Me recordó, claro, al Tesla, por aquello de ser un vehículo eléctrico y todo lo que ello conlleva.

 

El siglo XX y lo que va de XXI ha conocido el perfeccionamiento de una tecnología, la del motor de combustión interna, ruidosa y tóxica. Sí, también podía ser gratificante y divertida, de hecho lo es y lo ha sido. Pero máquinas complejas y vibrantes al fin, alimentadas por un combustible sucio, guarro, Podemos; extraído en su mayoría por sátrapas y dictadores que por más billones que acumulen no dejarán de ser feos. Que es que mira que son feos. Sabia naturaleza. Antaño en un pelagartal con camellos y moscas y mira tú, que bajo la nada tenían el combustible del siglo XX. Y cómo viven. Como divorciadas. Para cuando se acabe la guarrada que nos venden ya habrán comprado medio mundo.

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Feos

 

El coche impulsado por motor eléctrico va dejando de ser una anomalía testimonial, con un rango de uso estúpido para ser una alternativa real, verdadera, posible. Diría que más costosa que cara, entendiendo por ello que el precio de compra no es barato, pero no existe sobreprecio cuando lo que obtenemos a cambio es la garantía de disminuir la necesidad de mantenimiento al no existir aceites, bujías ni correas., inyectores, catalizadores, EGR’s ni nada similar. Y cuando el precio de recarga es bastante más barato que el precio de relleno de dinosaurios podridos, ni hablamos. En EE.UU, lugar de tanta vivienda unifamiliar, lo cargan con el sol. O en cargadores de uso gratuito que cargan en 30 minutos el 85% de la batería. Hay quien ha recorrido 400.000 kilómetros sin haber desembolsado un sólo euro para recorrerlos.

 

El i3 tiene un interior distinto, por esa idea de distinguirse de lo convencional para estar en una liga que aún suena extraña. La foto permitirá que juzguen lo que les parezca sin necesidad de que me extienda sobre el interior, ni sobre las pantallitas de control ni nada de eso. Creo que es un error analizar un coche eléctrico de la misma manera en que se analizaría un coche de combustión interna; presuponiendo que el interior es cómodo, agradable y ergonómicamente bien dispuesto, la estética es secundaria, lo primordial es cómo va, qué tal va, cómo se menea.

Cuando uno se sube a un coche convencional, el aspecto del cuero, del cuadro de relojes, materiales, ajustes, cobra una importancia mayor. Pero cuando nos subimos en un coche eléctrico, la experiencia es tan distinta, tiene tanto protagonismo su forma de impulsión, que los aspectos que nos resultan importantes en aquellos lo son en mucha menor medida en un coche eléctrico. Lo único que nos importa, es que la experiencia es placentera pero no por su sonido, o su comportamiento, sino por la sensación de silencio, de marcha pacífica; aporta serenidad y calma a la necesidad de transporte.

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Como recordábamos con el Tesla, por las características de entrega de potencia de un motor eléctrico, la aceleración es contundente, explosiva; más que deportiva y no necesitada de cambios de marcha, por lo que los cambios de marcha no son ni rápidos ni lentos, tan sólo inexistentes. Ya hemos hablado de la entrega de par de un motor eléctrico, de cómo la potencia está desasociada de un régimen de giro y de cómo se traduce ello en la salida de un semáforo y la sonrisa boba que a uno se le pone.

 

Una de las cosas más curiosas de conducir un vehículo eléctrico es el uso de la frenada regenerativa. Cuando uno levanta el pie del acelerador en un coche alimentado por bichos muertos, el motor retiene en función de la relación de cambio y de la relación de compresión del motor (inercia, pendiente, masa concurrente, lo que quieran añadir, es un ejemplo, no se pongan exquisitos).

 

En un vehículo eléctrico como el i3, levantar el pie del gas se traduce en una retención semejante a una frenada moderada; y ello quiere decir en la práctica, que metros antes de llegar a un semáforo, basta con quitar el pie del acelerador para que el coche vaya perdiendo velocidad con la contundencia de una frenada que no hacemos y que, con experiencia, no es necesaria mucha, hace que lleguemos al semáforo detenidos. Sin necesidad de haber pisado el freno.

 

Casi se diría que ni gastamos frenos mira tú. En esas típicas circunstancias en las que el de delante nos obligaría a frenar, en el i3 bastaría con levantar el pie del gas.

 

Es decir, que no es que se trate sólo de un sistema de funcionamiento o de alimentación distinto, se trata de otro tipo de conducción diferente.

 

Y mejor. Más racional, sin estar condicionados por los engranajes de una caja de cambios.

 

Luego viene el argumento del mañana sostenible, de la atmósfera rota, de los niños correteando felices rodeados de margaritas y pederastas y podemos vender que es que a nosotros, sí que nos preocupa la habitabilidad del planeta y la calidad de vida que tengamos en él.

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Así ve JMV un mundo de transporte eléctrico. No sé si me da algo de grima, la verdad.

 

Pero lo que a mí me animaría a comprar un eléctrico es su conducción el ahorro, y no volver a llenar mi coche de bichos podridos, ni los bolsillos de gente súper fea.

 

JM

 

 

 

 

 

 

 

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