La madre de mis hijos murió hace dos años. Desde entonces vivo solo con los tres, a los que trato de cuidar lo mejor que sé, pero se me hace muy duro. Se me hace duro todo de todo. Se me hace duro saber que llegaré a casa y que no habrá ni una mirada cómplice, ni una discusión, ni un enfado entre adultos, ni una caricia, ni ver una película a la vez en la tele o comentar una noticia del telediario. Ni nadie por quién llevar cervezas o con quien beber un poco de vino. No le voy a decir que la vida con mi mujer fuera un camino de rosas porque sería mentir, pero sí le puedo decir que la echo mucho de menos, todavía hoy.
Todavía me duele decir que murió y me duele mucho más decir la causa. Me da rabia que se muriera, nunca pasó por nuestras cabezas que enfermara, no estaba en nuestros planes. Tengo un trabajo aceptable, pero sin los ingresos de mi mujer y sin la posibilidad de pagar una ayuda externa todo es dificilísimo.
Son tres chavales buena gente y desde que son huérfanos estudian más, ayudan en casa, se portan bien, pero no puedo con ellos. A veces me da miedo que la rabia que siento la sienta también hacia ellos, que no tienen la culpa de nada pero, son a quienes tengo más cerca y no son capaces de sustituir a su madre.
El mayor es mucho mayor que los otros. Tiene 14 años y los dos pequeños nueve y siete. No me dan problemas concretos, pero siento que todo es un problema, desde primera hora de la mañana, por con qué se visten, y no le hablo de comprar la ropa, hasta lavarse los dientes y acostarse. Los veo serios y tristes. Yo no tengo hermanos. Mi mujer tiene dos hermanos, pero no me ayudan y los abuelos son un estorbo más que una ayuda, sobre todo los padres de mi mujer, que me parece que están más pendientes de que respete la memoria de su hija que de cuidar a los niños.
Hace un mes conocí a una mujer divorciada en una comida de celebración con otra empresa con la que mi empresa ha firmado un buen contrato parece ser. Los dos estábamos allí de casualidad. De hecho ahora pienso que quizá lo hicieron a propósito, porque ni ella ni yo teníamos relación con ese contrato. Pero como nos dejaron allí en una esquina, nos pusimos a hablar y rápidamente vimos que encajábamos bien. Tiene tres hijos. Dos niños y una niña, que es la más pequeña y que tiene la misma edad que el mío pequeño. El mayor tiene doce años.
Ella tiene prisa. Nos hemos visto tres días más, en un café. Ni siquiera le he dado un beso, ni siquiera sé si me atrae, ni sé si lo necesito, porque mis problemas que solucionar son otros. No la conozco, tiene algo que me gusta y algo que me genera desconfianza. Necesitaría tiempo para conocerla, no se hace usted una idea de lo consciente que soy de ello, y sin embargo me gustaría que se casara mañana conmigo, que nos ocupáramos a medias de nuestros hijos, aunque sean el doble de hijos.
No he pensado como sería esa convivencia, sin conocerlos de nada, sin que se conozcan entre ellos.
La casa de Paloma es mayor que la mía. Nos tendríamos que mudar. Es un lío, es muy precipitado. Pero a mí se me hunde todo lo que tengo alrededor. No puedo con todo.
Gracias por escucharme
* * *
Querido amigo:
Me intento hacer cargo de los sentimientos tan amargos por los que ha tenido que pasar a lo largo de estos dos años y seguro que no lo consigo. Con la muerte de su esposa no ha sufrido tan solo la pérdida de la madre de sus hijos. Ha perdido un montón de gente en una sola mujer. La compañera de fatigas, la amiga, la pareja sexual, la socia en la empresa familiar, la persona con la que discutir por cosas que no se discuten con nadie más…Y, como usted bien dice, hasta la amiga con quien ir al cine o por la que comprar unas cervezas al volver a casa se marcharon con ella.
Sus hijos, por lo que cuenta, le apoyan. Simplemente no dándole mucha más guerra que la que conlleva el trabajo de la crianza ya hacen mucho. Y ¡menos mal que los tiene para darle a usted tarea! Seguramente que, aunque cuidarles fuera cansado a veces o difícil de asumir, por otro le ha venido bien. Sus demandas (silenciosas o explícitas) tal vez hayan podido acoplarse a la necesidad de usted de rellenar la soledad con algo en que ocuparse. Aunque a la vez, para cuidarles, haya tenido que sacar fuerzas de flaqueza y haya quedado exhausto. Tres hijos son mucho, incluso para dos. Y si están tristes valen por seis o más.
Pena, desconsuelo y desesperanza habrán sido comprendidos en su entorno. Al menos en un principio. Hay otro tipo de sentimientos que son menos aceptados. Por los demás y por uno mismo. Se suele comprender que se sienta rabia hacia el coche que la atropelló, hacia los médicos que no la curaron, hacia la enfermedad que se la llevó por delante. Casi nunca se entiende que uno sienta rabia frente a la persona fallecida, por ejemplo. Rabia porque nos ha dejado solos. Porque no se cuidó lo suficiente. Porque ha dejado colgadas las tareas en las que colaboraba.
También es difícil que la familia y los amigos comprendan la duración de la sensación de vacío. La imposibilidad de disfrutar. A veces por intensa y otras por duradera. Suelen desear que uno se anime antes de poder hacerlo. Plantean entretenimientos, diversiones o tareas que hasta mucho más adelante no somos capaces de acometer. Nos quieren ver felices de nuevo y pronto. Otras veces piensan que el duelo tiene que durar mucho más tiempo y censuran intentos de distracción que aparezcan “demasiado temprano”.
No sé si su nueva amiga ha hecho aparición por obra y gracia de sus compañeros, que se han puesto a celestinos improvisados, llenos de ganas de verle acompañado de nuevo. O es que usted ha mejorado un tanto y eso le ha permitido ver a esa mujer que el destino (o lo que sea) le ha puesto ante los ojos. Solo usted puede saber en qué punto se encuentra respecto a la posibilidad de iniciar algún tipo de relación con ella.
Pero lo podrá tener claro solo si consigue soltar antes todos los prejuicios que puedan enturbiar sus deseos más genuinos. Por supuesto los primeros prejuicios de que deshacerse son los que vienen de fuera, los prestados. Tal vez usted ya haya lidiado con ellos a través de sus allegados. Puede que con su suegra, a la que menciona, por ejemplo.
Pero los obstáculos más importantes son los que se pone uno mismo. Entre ellos hay uno muy frecuente que suele entorpecer todo aquello que uno hace para sobreponerse. Bueno, en realidad son dos:
Por un lado está la creencia de que si uno camina en dirección a la mejoría, está queriendo eliminar el recuerdo de la persona fallecida, la está expulsando de su memoria, abandonándola definitivamente. La sensación de culpa, en este caso, puede hacer que uno retrase su recuperación y se quede estancado para poder tolerar el remordimiento que le produciría el hecho de progresar para llegar a estar bien.
En segundo lugar, la sensación de que la persona con la que deseamos iniciar una nueva relación va a sustituir a la que perdimos. Como usted ya sabe esto es imposible. Todos lo entendemos (de cabeza). Pero el “entendimiento” afectivo no es el mismo que el racional. Y a veces nos puede jugar malas pasadas.
Para llegar a completar el proceso de duelo, hay que poder llegar a reconstruir el mundo (y a uno mismo) en ausencia de la persona que se fue. Pudiendo dar así un sentido a las nuevas situaciones, construyendo una nueva realidad. Si uno no ha podido cerrar suficientemente (y digo suficientemente y no completamente) las heridas emocionales relacionadas con la muerte del ser querido, corre el riesgo de buscar una anestesia, un tapón para tapar el dolor en lugar de una relación como tal. ¿Y qué habría de malo en ello?, tal vez se pregunte.
Pues nada. Pero si a Paloma le da el papel de ser un molde para encajar en el hueco que Ella dejó, la añoranza podría invadirle de nuevo, reactualizando la pérdida a cada momento. Las comparaciones suelen dar ventaja a lo que hemos perdido y pueden arruinar el intento de iniciar una nueva historia. Si mira a Paloma como una versión de su mujer, esta “versión” siempre será de segunda clase.
Si al acercarse a Paloma (yo creo que sería mejor hacerlo progresivamente) puede sentir que puede verla tal y como es, con virtudes y defectos propios de ella, que aceptar o rechazar, es que la cosa va yendo bien.
¿Quiere decir esto que no se va a acordar de su esposa?, ¿Qué no va a echarla de menos nunca? Pues está claro que no. Precisamente cuanto más acepte a su mujer como ausente, cuando ella sea más recuerdo que presencia es cuando su proceso de reconstrucción está suficientemente avanzado. Cuando tenga completamente aceptado que no va a volver. Ni encarnada en otra persona que la supla.
Es entonces cuando su amiga podría ayudarle en esta reconstrucción que le digo. Ser su compañera, ayudarle a cuidar de sus hijos, compartir con usted los gastos, acompañarle al cine, amarle…Siendo otra persona, distinta de su mujer.
Los ritmos de acercamiento, el tiempo que necesitan, lo tienen que marcar ustedes. Tendrá que hacerse algunas preguntas (y respondérselas sinceramente) para ir dando los pasos con seguridad y sin engañarse ni engañar a nadie. Le sugiero algunas: ¿Tengo que estar enamorado para compartir mi vida cotidiana con alguien? ¿Necesito estar loco de deseo por ella para compartir la cama? ¿Prefiero probar como nos va el sexo antes de liarme a vivir con ella? ¿Quiero priorizar la colaboración y el apoyo y asumo que lo demás ya irá surgiendo, sea lo que sea?
También quería comentarle que el grado de avance en el proceso de duelo no es el mismo en todo el grupo de personas que lo han sufrido. Me refiero a sus hijos. Estaría bien que pudiera hablar con ellos de la nueva situación que se plantee. Distinguiendo bien a Paloma de su madre. Ayude a que puedan darle un lugar junto al recuerdo de su madre (y no encima ni debajo).
Hay un libro que me gustaría recomendarle. Está escrito para profesionales y también para personas que están superando una situación de duelo, ofreciendo posibilidades de autoayuda. Se llama “Aprender de la pérdida”. El autor es Robert A. Neimeyer. Creo que está editado por Paidós. Neimeyer es un terapeuta muy moderno en sus planteamientos y nada prejuicioso. Creo que su lectura puede ayudarle en muchas cosas.
Un abrazo.
Dra. R. Love