Consultorio sentimental de la Dra. R. Love

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Soy comentarista habitual en los blogs de km77, casa que aprecio y en especial a su fundador, el Sr. Moltó.

Es él el objeto de esta consulta.

Desde que su blog de temática sentimental comenzó, percibo que el Sr. Moltó está así como en una postura defensiva-agresiva. Me explico.

A él le gusta jugar, todos se lo hemos leído en más de una ocasión, y entiendo que su nuevo blog es parte de esas nuevas cosas que tanto le gustan al CEO de km77, pero D. Javier no se está portando bien con nosotros, desea que unos “piston heads” como nosotros veamos el blog sentimental, lo leamos, comentemos pero sin cuestionar nada, sin mostrar extrañeza por algunos aspectos del blog.
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Mi ex-novia necesita ayuda

Muy buenas,

Necesito una ayudita con un asunto de índole amorosa. Aunque quizás, sea más bien mi exnovia quien necesita la ayuda.

Corté con ella hace un año. El principal motivo: no éramos compatibles. No encajábamos bien. La convivencia no era posible.

Tras la separación, su furia fue superlativa y se tornó en ira cuando al cabo de un tiempo yo volví con una antigua novia.

Yo creo que ella nunca llegó a aceptar que yo la dejara. Y esto se manifestaba en los inumerables e-mails (a veces hasta 50 en el mismo día) que me escribía.
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Unos buenos tacones

Querida doctora

Las cuestiones metafísicas me aburren y, en general, creo que la vida interior está muy sobrevalorada.

¿No le parece que damos poca importancia a lo superficial? ¿No se arreglan más relaciones con unos buenos tacones que con conversaciones interminables? ¿La frivolidad puede ser una disfunción?

Gracias y un saludo

Pamela P.R.

*   *   *

Querida Pamela:

Gracias. Su pregunta me ha conectado con algo que muchas veces me ha rondado por la cabeza. Una “casi idea”, dijéramos. Un  tipo de proto-pensamiento sin asentar que su pregunta formula muy bien. Lo llamaría, por darle un nombre,“la profundidad de la superficialidad”.

¿Ha visto usted la película Capote? No sé si  la versión doblada en castellano el título es Truman Capote. Se estrenó en 2005 y fue protagonizada por Philip Seymour Hoffman, que recibió el óscar al mejor actor por su papel, (creo que le nominaron a varios más por actor secundario en otras pelis. Yo le hubiera dado ese y más. Me parece magnífico). Bueno, da igual. Tal vez haya leído A sangre fría, la novela en que se basa. Si no lo ha hecho, se lo recomiendo.

El guión se sitúa en el periodo de tiempo en que Truman Capote escribió la novela. Con ella inició, según él mismo, un nuevo estilo de narrativa basada en novelar hechos reales. En este caso, el asesinato de una familia de granjeros “bien” (padre, madre y dos hijos adolescentes) en su propia casa, a manos de dos reos escapados de prisión que habían tenido un soplo sobre una cantidad importante de dinero que luego en realidad esa familia no poseía.

El mismo día en que leí su carta me entraron ganas de verla. La tenía en DVD y no la había puesto nunca.  T.C. es uno de mis escritores favoritos y había disfrutado mucho de sus narraciones, sobre todo de los cuentos cortos . Leer A sangre fría me dejó impactada. Una historia dura.

En la película se explica el procedimiento que T.C. siguió para escribir el libro y se refleja muy bien su personalidad. Un hombre muy amanerado, sumamente preocupado por su imagen, siempre elegantemente vestido, adicto al alcohol, a las fiestas de sociedad, con una gran habilidad para mantener siempre el papel de protagonista en cualquier evento, exhibicionista hasta la saciedad. Un hombre más que frívolo, amante de la frivolidad.

Tras una larga investigación sobre la desgraciada familia Clutter, T.C. se centró en la indagación sobre la personalidad  y la biografía de los asesinos. Especialmente la de Perry Edward Smith, el ejecutor directo de las muertes, con el que entabla una serie de entrevistas en la cárcel y finalmente una relación que muchos calificaron de tortuosa incluyendo matices relacionados con la abierta homosexualidad del autor. Hasta que ejecutaron al hombre.

Al parecer a Capote le costó mucho recuperarse de la intensidad con la que vivió el desarrollo de su proyecto. Se llega a sugerir que luego no fue capaz de escribir nada de una calidad parecida (y creo que es verdad). Entró en una debacle de autodestrucción que le llevó a la muerte y que muchos creen consecuencia de lo vivido.

Bajo mi punto de vista el Truman C. que la película refleja, es alguien muy superficial, pero a la vez profundamente complejo. Uno no es capaz de saber si utiliza al  pobre criminal, seduciéndole con su atención y compañía para sacarle la información que necesita. O si realmente se está compadeciendo profundamente del preso condenado a muerte, del hombre maltratado por la vida que llega a la delincuencia por la vía del determinismo. Incluso si  habiendo pasado por una infancia  también profundamente difícil, T.C. se identifica con Perry a través del niño profundamente abandonado que él también fue.

Como dijo mi hija adolescente al terminar la peli (la vio conmigo): “en esta película no puedes elegir por quién tienes más pena, todos sufren”. A pesar de la brutalidad del asesinato, igual que en la novela, uno acaba sintiendo también el destino terrible del asesino.

Hay muchos personajes que darían el prototipo de frívolos a los que admiro sinceramente. Marilyn Monroe y su profunda superficialidad tentadora en el apartamento de arriba. La  propia Srta. Golightly, protagonista de Desayuno en Tiffany´s ,(curiosamente el culmen de los caracteres superficiales entre los de su también superficial autor T.C.) La presumidísima Escarlata O´Hara, resolviendo situaciones profundamente difíciles tras la guerra de secesión vestida con una cortina verde para mantener el tipo ante ese Clark Gable irresistible.

Y hay más que, como Truman Capote, abordan el fondo desde la superficie. Sin metafísicas ni nada. Con una frivolidad de lo más profunda. Capaz de llegar a todos los registros del tema.

Se me olvidaba contestar a su pregunta, (dentro de nada  cambio mi polémico seudónimo por Dra. Alzheimer): ¿La frivolidad puede ser una disfunción? Pues, en mi opinión, solo si crea problemas, como cualquier rasgo de personalidad. No le veo problema si es creativa, vitalizante, movilizadora.

Y luego, todo depende del gusto de cada cual. A mí me gusta.

Adiós Pamela. Suerte con los tacones.

Dra. R. Love

 

 


“Una amiga atrevida”

Doctora, le escribo porque necesito que me dé consejo para una amiga.

Mi amiga vive en España y ha conocido un hombre en Buenos Aires a través de internet, a través de una página de intercambios, citas, contactos o como se llamen.

Mi amiga está a punto de cumplir 50 años, es una buena profesional en el paro y tiene proyectos para irse a trabajar a Caracas, pero ha conocido a este hombre que tiene nueve años más que ella, fue a visitarlo a Buenos Aires, se gustaron, luego se han encontrado una semana más en no sé qué país latinoamericano y ahora ella ha decidido que va a pasar un mes a su casa en Buenos Aires para conocerlo mejor. Si después de este mes las cosas funcionan a gusto de los dos, ella piensa que lo mejor es que se vayan los dos a vivir a Caracas. Él tampoco tiene trabajo en Buenos Aires y puestos a buscar trabajo le da igual un lugar que otro.

Mi pide consejo. ella dice que no tiene nada que perder, que necesita compañía. El otro día, despistada en casa, mientras hablábamos de pronto dice: “la verdad es que no conozco a este hombre de nada y me voy a vivir con él a Caracas”. Luego me dijo dirigiéndose a mí: “Es que lo veo así como blandito, acogedor, cálido”.

Lo de que no lo conocía de nada lo dijo porque no sabía si tenía dinero o no, si iba a tener opportunidad de encontrar trabajo o no porque no conoce su historial laboral ni educativo… no conoce nada de él y no le ha preguntado.

Yo le digo que no tiene nada que temer, salvo que ese hombre se quede colgado de su brazo. Yo le digo si se equivoca, que eche marcha atrás, como si estuviera en España, que no hay tanta diferencia. Lo único que le he pedido es que se asegure de que el hombre es independiente, que no va a depender económicamente de ella, que ella no se va a sentir obligada a estar cerca de él si algún día se quiere separar porque él no tenga nada de qué vivir.

Yo no quiero perjudicar a mi amiga. Quiero aconsejarle bien. Según mi mentalidad aconsejarle bien implica correr riesgos.

*  *  *

Querida lectora:

Mientras leía su carta me estaba imaginando una escena: usted y su amiga sentadas a la mesa, conversando mientras comparten un café, la cena o unos vinos. Los ojos de ella brillantes al contarle la(s) noticia(s) y pidiéndole opinión sobre un importante cambio en su vida. Ilusionada y a la vez inquieta. Mezclando ganas e incertidumbre en la misma baraja. Y en el dorso de la baraja, otra imagen, la complementaria: el hombre que le gusta a ella, tomando algo con su mejor amigo que, tras escuchar el proyecto de su colega, habla. “¿Y estás seguro de que conoces bien a esa mujer? A ver si se te va a colgar para apoyarse en ti porque está sola. ¿Y si sus proyectos no van bien? Encima,  estando fuera de su país sin más familia ni amigos que tú, te va a dar pena dejarla si la cosa no funciona”.

Su amiga es una mujer adulta, según refiere bien preparada y, como usted no da noticias de lo contrario, voy a dar por supuesto que también madura. Y atrevida. Se está planteando la aventura que incluye país nuevo, trabajo nuevo, pareja nueva. Son cambios importantes, con muchos cabos que ella misma tendrá que ir atando conforme vayan surgiendo las cosas. Dispuesta a afrontar este desafío cuando está a punto de cumplir los cincuenta años. Valiente.

Por otro lado, no parece que sea una mujer impulsiva. Ha estado con este hombre varias veces y piensa probar la convivencia durante un mes. Supongo que en ese tiempo encontrará muchas ocasiones para enterarse mejor de quién es él y responderse esa pregunta que se  hizo en su casa, como pensando en voz alta: ”¿qué sé de él?”

Simplemente con que su amiga se formulase esa cuestión gracias a la conversación que ambas  mantuvieron aquel día, podría darse usted por satisfecha. Puede que con eso ya la haya ayudado bastante.

Tal como están las cosas, creo que deberíamos acostumbrarnos a que la estabilidad laboral no vaya siendo ya un criterio de conveniencia a la hora de escoger una opción de pareja (de la modalidad que sea). Incluso que no vaya siendo un criterio fiable para nada. De hecho, como “estado” parece que es algo a extinguir. Por mucho que lo peleemos puede que no haya más remedio que adaptarse de alguna manera, organizarse con lo que haya. Para lo cual podría ser de utilidad deshacerse de algunos estereotipos como:

“Hombre sin trabajo que convive con una mujer que trabaja = zángano”,

“Relación entre hombre y  mujer: no puede ir bien si ella le mantiene a él”

“El valor de un hombre  se mide principalmente por su capacidad de tener un trabajo remunerado”

Etcétera.

¿Ha pensado en preguntarle a su amiga si en realidad le importa tanto que él trabaje o no? ¿Puede que finalmente ella no considere ni un inconveniente ni un peligro mantener económicamente a su pareja? ¿Y si lo que necesita es alguien “blandito, acogedor y cálido” que la reciba cuando llegue a casa después de trabajar?

Un abrazo, querida amiga de sus amigas.

Dra. R. Love

 

 

 


La madre de mis hijos murió hace dos años. Desde entonces vivo solo con los tres, a los que trato de cuidar lo mejor que sé, pero se me hace muy duro. Se me hace duro todo de todo. Se me hace duro saber que llegaré a casa y que no habrá ni una mirada cómplice, ni una discusión, ni un enfado entre adultos, ni una caricia, ni ver una película a la vez en la tele o comentar una noticia del telediario. Ni nadie por quién llevar cervezas o con quien beber un poco de vino. No le voy a decir que la vida con mi mujer fuera un camino de rosas porque sería mentir, pero sí le puedo decir que la echo mucho de menos, todavía hoy.

Todavía me duele decir que murió y me duele mucho más decir la causa. Me da rabia que se muriera, nunca pasó por nuestras cabezas que enfermara, no estaba en nuestros planes. Tengo un trabajo aceptable, pero sin los ingresos de mi mujer y sin la posibilidad de pagar una ayuda externa todo es dificilísimo.

Son tres chavales buena gente y desde que son huérfanos estudian más, ayudan en casa, se portan bien, pero no puedo con ellos. A veces me da miedo que la rabia que siento la sienta también hacia ellos, que no tienen la culpa de nada pero, son a quienes tengo más cerca y no son capaces de sustituir a su madre.

El mayor es mucho mayor que los otros. Tiene 14 años y los dos pequeños nueve y siete. No me dan problemas concretos, pero siento que todo es un problema, desde primera hora de la mañana, por con qué se visten, y no le hablo de comprar la ropa, hasta lavarse los dientes y acostarse. Los veo serios y tristes. Yo no tengo hermanos. Mi mujer tiene dos hermanos, pero no me ayudan y los abuelos son un estorbo más que una ayuda, sobre todo los padres de mi mujer, que me parece que están más pendientes de que respete la memoria de su hija que de cuidar a los niños.

Hace un mes conocí a una mujer divorciada en una comida de celebración con otra empresa con la que mi empresa ha firmado un buen contrato parece ser. Los dos estábamos allí de casualidad. De hecho ahora pienso que quizá lo hicieron a propósito, porque ni ella ni yo teníamos relación con ese contrato. Pero como nos dejaron allí en una esquina, nos pusimos a hablar y rápidamente vimos que encajábamos bien. Tiene tres hijos. Dos niños y una niña, que es la más pequeña y que tiene la misma edad que el mío pequeño. El mayor tiene doce años.

Ella tiene prisa. Nos hemos visto tres días más, en un café. Ni siquiera le he dado un beso, ni siquiera sé si me atrae, ni sé si lo necesito, porque mis problemas que solucionar son otros. No la conozco, tiene algo que me gusta y algo que me genera desconfianza. Necesitaría tiempo para conocerla, no se hace usted una idea de lo consciente que soy de ello, y sin embargo me gustaría que se casara mañana conmigo, que nos ocupáramos a medias de nuestros hijos, aunque sean el doble de hijos.

No he pensado como sería esa convivencia, sin conocerlos de nada, sin que se conozcan entre ellos.

La casa de Paloma es mayor que la mía. Nos tendríamos que mudar. Es un lío, es muy precipitado. Pero a mí se me hunde todo lo que tengo alrededor. No puedo con todo.

Gracias por escucharme

* * *

 

Querido amigo:

Me intento hacer cargo de los sentimientos tan amargos por los que ha tenido que pasar a lo largo de estos dos años y seguro que no lo consigo. Con la muerte de su esposa no ha sufrido tan solo la pérdida de la madre de sus hijos. Ha perdido un montón de gente en una sola mujer. La compañera de fatigas, la amiga, la pareja sexual, la socia en la empresa familiar, la persona con la que discutir por cosas que no se discuten con nadie más…Y, como usted bien dice, hasta la amiga con quien ir al cine o por la que comprar unas cervezas al volver a casa se marcharon  con ella.

Sus hijos, por lo que cuenta, le apoyan. Simplemente no dándole mucha más guerra que la que conlleva el trabajo de la crianza ya hacen mucho.  Y ¡menos mal que los tiene para darle a usted tarea! Seguramente que, aunque cuidarles fuera cansado a veces o difícil de asumir, por otro le ha venido bien. Sus demandas (silenciosas o explícitas) tal vez hayan podido acoplarse a la necesidad de usted de rellenar la soledad con algo en que ocuparse. Aunque  a la vez, para cuidarles, haya tenido que sacar fuerzas de flaqueza y haya quedado exhausto. Tres hijos son mucho,  incluso para dos. Y si están tristes valen por seis o más.

Pena,  desconsuelo y desesperanza habrán sido comprendidos en su entorno. Al menos en un principio. Hay otro tipo de sentimientos que son menos aceptados. Por los demás y por uno mismo. Se suele comprender que se sienta rabia hacia el coche que la atropelló, hacia los médicos que no la curaron, hacia la enfermedad que se la llevó por delante. Casi nunca se entiende que uno sienta rabia frente a la persona fallecida, por ejemplo. Rabia porque nos ha dejado solos. Porque no se cuidó lo suficiente. Porque ha dejado colgadas las tareas en las que colaboraba.

También es difícil que la familia y los amigos comprendan la duración de la sensación de vacío. La imposibilidad de disfrutar. A veces por intensa y otras por duradera. Suelen desear que uno se anime antes de poder hacerlo. Plantean entretenimientos, diversiones o tareas que hasta mucho más adelante no somos capaces de acometer. Nos quieren ver felices de nuevo y pronto. Otras veces piensan que el duelo tiene que durar mucho más tiempo y censuran intentos de distracción que aparezcan “demasiado temprano”.

No sé si su nueva amiga ha hecho aparición por obra y gracia de sus compañeros, que se han puesto a celestinos improvisados, llenos de ganas de verle acompañado de nuevo. O es que usted ha mejorado un tanto y eso le ha permitido ver a esa mujer que el destino (o lo que sea) le ha puesto ante los ojos. Solo usted puede saber en qué punto se encuentra respecto a la posibilidad de iniciar algún tipo de relación con ella.

Pero lo podrá tener claro solo si consigue soltar antes todos los prejuicios que puedan enturbiar sus deseos más genuinos. Por supuesto los primeros prejuicios de que deshacerse son los que vienen de fuera, los prestados. Tal vez usted ya  haya lidiado con ellos a través de sus allegados. Puede que con su suegra, a la que menciona, por ejemplo.

Pero los obstáculos más importantes son los que se pone uno mismo. Entre ellos hay uno muy frecuente que suele entorpecer todo aquello que uno hace para sobreponerse. Bueno, en realidad son dos:

Por un lado está la creencia de que si uno camina en dirección a la mejoría, está queriendo eliminar el recuerdo de la persona fallecida, la está expulsando de su memoria, abandonándola definitivamente. La sensación de culpa, en este caso, puede hacer que uno retrase su recuperación y se quede estancado para poder tolerar el remordimiento que le produciría el hecho de progresar para llegar a estar bien.

En segundo lugar, la sensación de que la persona con la que deseamos iniciar una nueva relación va a sustituir a la que perdimos. Como usted ya sabe esto es imposible. Todos lo entendemos (de cabeza). Pero el “entendimiento” afectivo no es el mismo que el racional. Y a veces nos puede jugar malas pasadas.

Para llegar a completar el proceso de duelo, hay que poder llegar a reconstruir el mundo (y a uno mismo) en ausencia de la persona que se fue. Pudiendo dar así un sentido a las nuevas situaciones, construyendo una nueva realidad. Si uno no ha podido cerrar suficientemente (y digo suficientemente y no completamente) las heridas emocionales relacionadas con la muerte del ser querido, corre el riesgo de buscar una anestesia, un tapón para tapar el dolor en lugar de una relación como tal. ¿Y qué habría de malo en ello?, tal vez se pregunte.

Pues nada. Pero si a Paloma le da el  papel de ser un molde para encajar en el hueco que Ella dejó, la añoranza podría invadirle de nuevo, reactualizando la pérdida a cada momento. Las comparaciones suelen dar ventaja a lo que hemos perdido y pueden arruinar el intento de iniciar una nueva historia. Si mira a Paloma como una versión de su mujer, esta “versión” siempre será de segunda clase.

Si al acercarse a Paloma (yo creo que sería mejor hacerlo progresivamente) puede sentir que  puede verla  tal y como es, con virtudes y defectos propios de ella, que aceptar o rechazar, es que la cosa va yendo bien.

¿Quiere decir esto que no se va a acordar de su esposa?, ¿Qué no va a echarla de menos nunca? Pues está claro que no. Precisamente cuanto más acepte a su mujer como ausente, cuando ella sea más  recuerdo que  presencia es cuando su proceso de reconstrucción está suficientemente avanzado. Cuando tenga completamente aceptado que no va a volver. Ni encarnada en otra persona que la supla.

Es entonces cuando su amiga podría ayudarle en esta reconstrucción que le digo. Ser su compañera, ayudarle a cuidar de sus hijos, compartir con usted los gastos, acompañarle al cine, amarle…Siendo otra persona, distinta de su mujer.

Los ritmos de acercamiento, el tiempo que necesitan, lo tienen que marcar ustedes. Tendrá que hacerse algunas preguntas (y respondérselas sinceramente) para ir dando los pasos con seguridad y sin engañarse ni engañar a nadie.  Le sugiero algunas: ¿Tengo que estar enamorado para compartir mi vida cotidiana con alguien? ¿Necesito estar loco de deseo por ella para compartir la cama? ¿Prefiero probar como nos va el sexo antes de liarme a vivir con ella? ¿Quiero priorizar la colaboración y el apoyo y asumo que lo demás ya irá surgiendo, sea lo que sea?

También  quería comentarle que el grado de avance en el proceso de duelo no es el mismo en todo el grupo de personas que lo han sufrido. Me refiero a sus hijos. Estaría bien que pudiera hablar con ellos de la nueva situación que se plantee. Distinguiendo bien a Paloma de su  madre.  Ayude a que puedan darle un lugar junto al recuerdo de su madre (y no encima ni debajo).

Hay un libro que me gustaría recomendarle. Está escrito para profesionales y también para personas que están superando una situación de duelo, ofreciendo posibilidades de autoayuda. Se llama “Aprender de la pérdida”. El autor es Robert A. Neimeyer. Creo que está editado por Paidós. Neimeyer es un terapeuta muy moderno en sus planteamientos y nada prejuicioso. Creo que su lectura  puede ayudarle en muchas cosas.

Un abrazo.

Dra. R. Love

 

 


En el ascensor

Dra. Love.

Estoy asustada y recurro a usted para ver si me puede ayudar.

Muchos días por la tarde cuando llego a casa y estoy esperando el ascensor en el portal entra el vecino del sexto y sube conmigo en el ascensor. No dice nada, no hace nada, es educado y casi no habla.

Lo conozco de muchas veces, de muchas tardes, pero no sé nada de él. Me asusta que coincidamos tantas tardes y creo que no puede ser casualidad. Ni se acerca a mí, ni me mira y casi ni me habla. Todos los días dice buenas tardes y nada más, me deja pasar primera, yo me pongo a un lado, él se pone al otro, le doy al botón del quinto y del sexto y cuando el ascensor llega nos despedimos me bajo y ya está. Nunca hablamos de nada y es siempre un momento muy tenso.

Me pregunto si no será que me espera en la calle y entra justo detrás de mí. Es mucha casualidad.

Muchas gracias doctora.

Lola

* * *

Querida Lola:

 

Creo que el tema que plantea tiene mucho que ver con un malestar cuya causa no termina de poder identificar bien.

Cuando uno se siente amenazado por algo  muy objetivo, algo que cualquier persona identificaría  como un peligro evidente si se encontrara en la misma situación, (tipo incendio, pongamos por caso), la relación causa-efecto está muy clara. El problema que aparecería en primer lugar sería como ponerse a salvo rápidamente y de forma eficaz. Luego cada uno tendería a solucionar la situación según sus posibilidades y forma de ser: bloqueándose, echándose a correr para salir el primero, arriesgándose para salvar a los demás, echando cubos de agua,  organizando al personal, poniéndose a llorar o llamando a los bomberos). Pero todos sabrían exactamente de qué  se están defendiendo.

 

Cuando el desencadenante es más confuso, las cosas se complican. Sobre todo si no lo podemos localizar o no entendemos bien de dónde viene.

¿Por qué tiene uno una fobia a los gatos si nunca tuvo un percance con un felino? ¿Cuál es la razón por la que síntomas de ansiedad  se disparan sin motivo aparente, provocando taquicardia, dificultad para respirar o un dolor precordial similar al del infarto, molestias que, de forma idéntica, se podrían poner en marcha en algunas de las víctimas del incendio de más arriba, pero sin incendio ni causa tangible alguna?

 

A veces el origen del miedo está en nuestro interior. Anna Freud (Viena, 1985-Londres, 1982),  explicó muy bien en su trabajo “El yo y los mecanismos de defensa”, -que regaló  a su padre tras la primera edición, en 1936-, como nuestras propias estrategias defensivas podían hacernos trasladar a la realidad nuestros conflictos internos, de manera que a veces pareciera que el problema viniese de fuera. Simplificando (mucho, mucho, muchísimo), el choque entre nuestros deseos e impulsos más inconfesables e inconscientes, -a veces brutales- y nuestras normas morales introyectadas a partir de la educación recibida, creaba situaciones conflictivas entre las distintas instancias psíquicas (ello/yo/superyó). Y los mecanismos de defensa intentaban parar la explosión de angustia producida por el encontronazo.

Así, el temor a la sexualidad, podía ser desplazado al miedo a salir a la calle, convirtiéndose en agorafobia. O el sentimiento potente de odio no aceptado como propio, se proyectaba a un hipotético agresor externo haciéndonos sentir el temor a ser atacados,  para pasar a sentirnos víctimas en lugar de verdugos.

 

Pero más allá de las incidencias de nuestro mundo afectivo según la concepción psicoanalítica,  la interpretación de las situaciones peligrosas  es difícil. Porque la propia realidad lo es y no siempre nos da indicios claros de lo que va a pasar a continuación. Sobre todo en las relaciones interpersonales, que suele ser donde más nos perdemos.

Tal como usted cuenta su caso, Lola, parece haber mucho componente intuitivo, visceral, en su temor, si lo comparamos con la cantidad de razones objetivas que pueden llevarla a temer a su vecino. Cuenta de él que es un hombre callado, educado y que suele coincidir con usted muchas tardes. Ninguna de estas características tendría por qué convertirle en un psicópata frío dispuesto a someterla a cualquier perrería. Con estos datos podría tratarse simplemente de un señor tímido que vuelve del trabajo a la misma hora que usted. O de un vecino enamorado en secreto de su vecina del quinto que se muere de vergüenza en su presencia y se corta tanto que no puede articular palabra. O de las dos cosas a la vez.

Pienso que si las “pruebas” racionales que avalan su temor son tan pocas y tan pobres, el que usted esté asustada tiene que venir de otra parte. Seguramente de cosas que usted ha percibido y que vienen por otro canal, probablemente extraverbal. Los niños saben mucho de esto. Cuánto más pequeños y menos han desarrollado el lenguaje hablado más reciben los mensajes emitidos a través del cuerpo, del tono de voz, del olor, del movimiento. Después, al crecer, la capacidad de razonamiento tapona un tanto la capacidad de recibir esta clase de comunicación.

Este tipo de información, -lo que el “corazón” nos dice-, no se debe desechar. Es una forma de “entender” las situaciones  primitiva,  que proviene de una zona cerebral (sistema límbico) más antigua filogenéticamente que el córtex  (sede del razonamiento lógico).  La manera límbica de “comprender” es emocional. Se acerca a la realidad como  los bebés,  como los animales, que tienen que sobrevivir en la jungla.

 

Mi consejo es que escuche bien lo que intuye, que no lo desprecie ni lo desatienda. Si ese hombre le da “mal rollo”, de momento haga caso de sus sensaciones, que deben ser su guía. Luego puede preguntar, investigar, reunir datos, comprobar, organizarse, pensar. Y decidir lo que le parece mejor hacer (retrasar un cuarto de hora su llegada; subir acompañada por una amiga, llevarse por fin a su novio a vivir a casa…etc.). Tal vez después resulte que el señor es normalísimo y todo era pura coincidencia. Pero, por si acaso, hasta que se entere, sea cauta.

Un abrazo muy fuerte, Lola.

 

P.S.  Hay una película buenísima de Woody Allen que tiene que ver. Es una de mis favoritas. “Misterioso asesinato en Manhattan”. No se asuste por el título. Es una comedia genial.


Querida Doctora Love,

Yo le hago caso y quiero mucho porque me gusta querer.

Estoy enamorada de dos chicos y para mí no es ningún problema. Mientras que para uno de los chicos tampoco lo es, para el otro sí. Los dos saben que estoy enamorada de los dos, los dos saben quién es el otro y a los dos les he dicho que yo no quiero renunciar a ninguno de ellos.
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Doctora,

Mi mujer no es religiosa. Ella dice que no cree en Dios, pero yo no me lo creo porque me parece imposible no creer en Dios. Dios hace que todos creamos, aunque algunos no quieran enterarse.

No nos casamos por la Iglesia porque mi mujer me dijo que sería una falta de respeto y estoy de acuerdo. Ya desde entonces, desde que decidimos no casarnos por la Iglesia, sabíamos que tendríamos un problema con los bautizos.

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Doctora R. Love:

Mi mujer no quiere que me compre el coche que yo quiero comprarme. Tengo 55 años, nuestros hijos son mayores y quiero un descapotable. Es verdad que me quiero gastar una cantidad indecente de dinero para los tiempos que corren, pero tengo un capricho y me quiero comprar el coche. Llevo toda la vida trabajando, no me ha ido mal y el coche me gusta mucho. Mire, el coche es parecido a este.
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Buenas noches:

Me pongo en contacto con usted para hacerle una consulta.

Conocí un chico hace 8 años y hace 4 nos liamos pero ahí quedó la cosa.

En julio de este año retomamos la relación y todo iba muy bien. Nos divertíamos, hacíamos lo que toda pareja hace… el entró en mi vida y yo en la suya con total naturalidad. Estábamos muy bien juntos.

Cuando llevábamos 4 meses y medio, quedamos en su piso para pasar la tarde y ver películas. Estábamos estupendamente bien.
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