
Estaba preparando un artículo con el título que ven arriba cuando me topé con una carta al director en El País de ayer lunes, titulada (no sé si por su autor, José Antonio Peces Aguado, o por un redactor) “El automóvil, un mal innecesario”. Por su interés (y porque el periódico no la ha volcado en su edición digital), me tomo la libertad de reproducirla aquí:
El director general de Tráfico y el ministro de Sanidad nos explican que consumir drogas (entre ellas el alcohol) es la causa de 1.500 muertes al año en accidentes de tráfico.
Me gustaría que también explicaran mínimamente a la opinión pública que se exima que 16.000 muertes anuales se deben al simple hecho de respirar el aire contaminado de nuestras ciudades. Y detrás está fundamentalmente la contaminación atmosférica procedente del escape de los automóviles, los conduzcan beodos o sobrios. Y para estar expuesto basta con el simple hecho de respirar, lo que no es capaz de evitar ni el propio ministro.
Además, me gustaría saber qué está haciendo al respecto como responsable de la salud pública. Me gustaría que, en vez de culpabilizar al conductor por su forma de conducir o si se ha dormido, por el alcohol y las drogas que ha consumido, encausara definitivamente al automóvil como elemento concurrente de todos los accidentes de tráfico y no como un mal necesario del que no se discute. Un borracho caminando representa cierto peligro para sí, pero casi ninguno para los demás. Un coche conducido por el mejor piloto es una masa de más de 500 kilos que, aun a una velocidad inferior a los límites ilegales, es capaz de matar no sólo por impacto, sino por los gases que suelta por su tubo de escape.
Los coches son, además, responsables de gran parte de la contaminación acústica (tampoco podemos evitar oír), cuyo impacto en salud hay profesionales que estiman más graves que el de la contaminación atmosférica. Y también propician el sedentarismo.
Muchos médicos dicen que si el cigarrillo se inventara hoy, no conseguiría salir al mercado porque no obtendría un permiso sanitario. De inventarse hoy, los coches tampoco lo obtendrían, perlo que tienen detrás es mucho más poderoso que la industria tabaquera. Por todo esto, me gustaría oírle decir al ministro: “Si bebes, no conduzcas; si no bebes, tampoco”.
Como la mayoría de los grandes medios (o pequeños como este que me acoge), El País vive en buena parte del maná de la publicidad automovilística y derivados (de Repsol a Desguaces La Torre) y, en consecuencia, se halla atrapada en lo que en periodismo se conoce como “la espiral del silencio”, proceso por el cual un tema determinado está excluido de la agenda de los medios y, por tanto, del debate sobre el mismo, retroalimentando tal silencio.
En el caso del automóvil, los medios informan puntualmente de los nuevos modelos de coches en el mercado como si se tratara realmente de una noticia (¿se hace lo propio con los lavavajillas?). Y entra dentro de lo periodísticamente correcto cubrir los habituales atascos de las carreteras y, ¡ay!, la terrible contabilidad de muertos y heridos en las mismas, inevitable tasa del progreso. Pero poner en duda la propia idoneidad de ese mamotreto de hierro y metal que roba espacio, silencio y aire en las ciudades a quienes no lo deseamos –y somos legión- es un tema que queda atrapado en la espiral del silencio.
De ahí que brinde por el escribiente y por el periódico, aunque me permita corregir el título: podrá ser letal pero no por ello es innecesario. Desde aquí sugiero el título que encabeza este texto: “Conductores pasivos”. Al fin y al cabo, los conductores pasivos sufrimos los (malos) hábitos de los conductores aún más que los fumadores pasivos sufren a los fumadores. Y ya es decir.