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Fórmula 1 olímpica, ¡ya!


Si el lema de los Juegos Olímpicos es “más alto, más fuerte, más rápido”, ¿por qué la Fórmula 1 no forma parte del programa olímpico? Ninguno de los musculados Hércules que compiten en Pekín, ya sea corriendo, en barca o en bicicleta aguantarían 50 metros ante la aceleración del bólido de Raikonnen o Hamilton, ni siquiera del de Fernando Alonso.

De modo que el COI debería plantearse muy seriamente incorporar esta noble disciplina a Madrid 2016 o, si es demasiado prematuro, a Antananarivo 2020. Claro, que si se abre la puerta al automovilismo habría que hacer lo propio con el motociclismo y, por qué no, con las competiciones de coches de ruedas gigantes que destrozan otros coches más pequeños, que vendría a ser el equivalente mecanizado de la gimnasia deportiva.

Y si no compiten en los Juegos Olímpicos, ¿por qué diantres se empeñan los medios de comunicación en meter las noticias sobre vehículos propulsados por nafta en la sección de deportes?


El RACE ha comprobado empíricamente lo que todos intuíamos: en un choque frontal entre un utilitario y un todoterreno los ocupantes del primer vehículo tienen muchas papeletas para morir, mientras que los del segundo probablemente salgan ilesos o levemente magullados. La altura del morro y de las cabinas de uno y otro coche explican los desiguales efectos de un mismo impacto.

En realidad, lo que para los expertos en seguridad es un defecto de diseño de los 4×4 es uno de los motivos que lleva a sus propietarios a comprarlos: no por su capacidad para liquidar al resto de los conductores, ojo, sino por su invulnerabilidad a los golpes ajenos. Es lógico que cada conductor se preocupe de su seguridad y la de los suyos, de modo que tenderá a elegir el vehículo que más posibilidades tiene de salir indemne en un accidente. Así, mejor un Volvo que un Astra, mejor un Land Rover que un Volvo y mejor un Hummer que todos los anteriores, excepción hecha del Hummer blindado.

En otras palabras: se trata de una “carrera armamentística” entre conductores, porque si todo el mundo conduce Ford Fiestas, por decir algo, y paulatinamente cambian a Volvo, en el momento que todo el parque esté compuesto de Volvos volvemos al punto de partida, valga la aliteración. Evidentemente hay otros factores además de la seguridad a la hora de elegir un coche pero parece ser que es la fuerza detrás de la “escalada armamentística” de los SUVs en Estados Unidos, frenada en Europa –a Dios gracias- por el aumento del precio de los combustibles.

Esas mamás que recogen ufanas a sus párvulos en el Porsche Cayenne y esos señores que avanzan la vida en su X5 y su encanto es el de ayer tan sólo ejercen su soberana libertad para elegir vehículo. Pero esa elección tiene consecuencias. Esta carrera, igual que la que protagonizaron EEUU y la URSS, sólo puede resolverse con la destrucción total o el armisticio entre las partes.

Sin duda ustedes ya conocen el argumento de la muy hiperpublicitada nueva película de Pixar “Wall-E”: el mundo se ha convertido en un enorme basurero y lo que queda de la Humanidad viaja hacia ninguna parte en un crucero espacial, a la espera de que la contaminación terrestre se diluya, se evapore o el robot protagonista la empaque. Lo que suceda antes. Lo que viene a continuación es un spoiler, como suele decirse, así que si todavía no han visto “Wall-E” creyendo que se trata de una película para niños dejen de leer esto y vayan a verla. Los integrantes del éxodo galáctico que habitan la nave “Axioma” son seres posthumanos, gordos e infantiloides, cuyos músculos han quedado atrofiados tras generaciones de sedentarismo. En esencia, los humanos del siglo XXVIII comen y se entretienen a través de una pantalla perpetuamente conectada, mientras unos vehículos/sillón individuales les trasladan de un lugar a otro. Son esclavos de las máquinas que fueron construidas para servirles.

Aunque se trata de una parodia, la asociación entre obesidad y deterioro medioambiental no ha sentado bien a la nutrida comunidad de gordos estadounidenses. Según ellos, el sobrepeso no es consecuencia del consumismo, como sugiere la cinta, sino del mal consumo: esos alimentos hipercalóricos que suelen ser la única opción gastronómica, es un decir, de los habitantes de los suburbios americanos.

A pesar del enfado de los gordos, la relación entre sedentarismo y obesidad existe y está bien documentada. En su libro El mono obeso, el fisiólogo José Enrique Campillo explica la creciente epidemia de obesidad en el mundo por una cuestión biológica: nuestros antepasados los monos eran esencialmente frutívoros y, como no tenían garantizado el sustento diario, tendían a acumular grasas para superar los períodos de escasez: la evolución premia al genotipo ahorrador. En la actualidad, las condiciones de vida han cambiado –la mayoría tenemos acceso ininterrumpido a alimentos sin apenas necesidad de gasto energético para conseguirlos- pero no así nuestro cuerpo, que sigue guiándose por las condiciones para las que fue diseñado. Un reciente estudio pronostica que el 86% de los norteamericanos estará obeso en 2030. Ese mismo año el coche será la quinta causa de muerte en el mundo. Por supuesto, cualquier relación entre ambas cifras es pura demagogia especulativa.

De modo que los infantiloides gordinflones que habitan en “Axioma” no son los culpables del desastre ecológico sino sus víctimas: conducidos, que no conduciendo, por sus coches de un parking a otro y de ahí a un cómodo sofá frente a un chorro de entretenimiento mientras sus redondeados cachorros hacen lo propio en casa porque la calle es peligrosa: está llena de coches.

No se pierdan “Wall-E”, una distopía con recado.

El tema del cénit del petróleo es controvertido en su propia esencia. Los que creen que el punto máximo de producción ya se ha alcanzado o incluso se ha superado suelen tener un perfil conservacionista y/o de izquierdas. Serían los apocalípticos de Eco. Por su parte quienes posponen ese punto álgido sine die suelen tener una fe a prueba de balas en el progreso; son los integrados del semiólogo italiano.

La escasez de datos públicos y fiables sobre las reservas existentes provoca que un debate que debiera ser científico derive en ideológico.

En concreto, la reciente escalada del precio del petróleo es achacada por unos a la inminente escasez, prueba concluyente de que estamos frisando el cénit, mientras que otros la justifican, aunque sea en parte, por la especulación. Miguel Sebastián, flamante ministro de Industria, se apunta a la segunda categoría con un artículo de alto interés que publica hoy el diario Público.

Según Sebastián, la reciente bajada del 20% en el precio de la materia prima se explica por un cambio reglamentario que la SEC estadounidense impulsó el pasado 15 de julio para frenar la especulación en el mercado de futuros. Desde entonces buena parte del dinero que había huido de las acciones de los bancos hacia el petróleo como valor refugio han vuelto a su origen, según muestran las ilustrativas gráficas que aporta el ministro.

Lo cual no quiere decir que no exista tal cosa como el cénit del petróleo. Está por ver si, como decía el Ahmed Yamani, fundador de la OPEP, “la edad de piedra no se agotó por falta de piedras y la edad del petróleo no se extinguirá por falta de petróleo”, que se ha convertido en uno de los mantras favoritos de los liberales.

Imagen gentileza de Anuska.

El ascensor, la lavadora y la carretilla han sido grandes avances para la humanidad. Descargar una parte del esfuerzo físico en una máquina puede mejorar sustancialmente nuestras vidas. Se calcula que gracias al petróleo cada uno de nosotros (de los que pueden leer esto, por ejemplo) disponemos del equivalente a 80 criados a nuestro servicio. Dada la evidente mejora en calidad de vida de los humanos gracias a la mecanización se tiende a pensar –erróneamente, a mi entender- que cuanto menor sea el esfuerzo muscular mejor para todos. De esa mentalidad surgen las persianas automáticas, los abrelatas eléctricos o los “andadores”, empezando por ese bluff que viene siendo el Segway, que se ha convertido en un aparatoso y carísimo patinete para turistas, y siguiendo por el Winglet, que acaba de presentar Toyota y que se anuncia como “el Segway killer”. Vaya mérito.

Como puede apreciarse en las imágenes, el Winglet es sensiblemente menos voluminoso que el Segway, aunque sigue siendo un pequeño trasto, teniendo en cuenta que alcanza una velocidad de 6 Km/h, el equivalente a un peatón andando deprisa o a un coche por el centro de Madrid. Viene a ocupar lo mismo que unos patines con su bolsa, aunque la velocidad que se alcanza es mucho menor. Eso sí, según relata una redactora de PC World, es bastante más fácil de manejar que los patines.

El Winglet es un vehículo surgido de lo que eran los laboratorios robóticas de Sony, que Toyota adquirió hace un año. Incorpora el celebrado giroscopio del Segway, que detecta los movimientos del usuario para avanzar en la dirección correcta. Si el reducido tamaño es la mayor ventaja del vehículo de Toyota, la velocidad es su gran pero: Segway alcanza los 20 Km/h, el triple que el nuevo Winglet.

Dado lo precario que resulta el equilibrio sobre el Winglet no creo que los ancianos o las personas con problemas de movilidad vayan a hacer cola para hacerse con uno, así que acabará siendo un objeto geek o un vehículo para vagos redomados.

Benicassim cuenta desde este verano con uno de los mejores carriles bici de la costa española: un amplio pasillo de 15 kilómetros que enlaza el pueblo con la larguísima playa: no menos de 8 kilómetros de larga, contando sólo el casco urbano. De pronto, la localidad castellonense está inundada de locales, veraneantes y fibers que se mueven en bicicleta, que ahorran toneladas del vilipendiado CO2 a la atmósfera, mitigan los absurdos atascos playeros y, por el mismo precio, están en forma. Todo bien.

¿Todo bien? En absoluto. El PP local ha puesto el grito en el cielo por este atentado contra la libertad que supone –lo han adivinado- quitar espacio al sacrosanto coche. El comunicado que puede verse en las calles de Benicassim (ver imagen) está a mitad de camino entre el delirio victimista y el involucionismo. Involucionismo, sí, porque contradiciendo la supuesta ley de la evolución movilística el coche representa el pasado y la bicicleta el futuro. Y no me refiero a llegar a Benicassim desde Lugo o desde Madrid sino a circular por esa bella, larga y llana localidad.

Según el Grupo Municipal Popular () la queja no es por el carril en sí sino por la “manera dictatorial” con la que el alcalde lo ha impuesto. Valga como prueba de esos modos soviéticos el descacharrante punto 5: “Descontento de ciclistas, por el peligro al pasar por vados privados”. Qué humor, qué chispa.

Parece ser que todos los “descontentos” se resumen en dos: 1. El de los propietarios de los ostentosos chalets a pie de playa, que de la noche a la mañana han perdido la plaza de aparcamiento de su preceptivo 4×4 y 2. El descontento, ahora sí, de los vecinos de Castellón de la Plana, a los que no les hace ni pizca de gracia aparcar su vehículo más allá de 100 metros de la arena benicassimera. Los oriundos de Benicassim con los que pude hablar estaban más que contentos con su flamante carril-bici. Lo usaran o no.

Por cierto, gracias al carril-bici y a las bicicletas que el Ayuntamiento presta generosamente a cualquier visitante este cronista pudo llegar puntual al conmovedor concierto de Leonard Cohen en el pasado FIB, mientras varios de sus amigos languidecían en anacrónicos atascos.

¡Albricias! Carlos Sastre acaba de proclamarse campeón del Tour de Francia 2008, convirtiéndose en el séptimo español en lograr el título. Sumado a la Eurocopa y al Wimbledon de Nadal, el triunfo de Sastre tal vez añada alguna décima al alicaído PIB español.

La vuelta ciclista a Francia deja un extraño sabor a deja vú, como dicen allí. Cada año toman la salida un par de centenares de corredores, jóvenes y aparentemente sanos. A las primeras de cambio se enfunda el maillot amarillo una estrella emergente, que igual sube puertos que esprinta como una centella en las metas volantes. Indefectiblemente, en la segunda semana el portento es cazado en un control anti-doping, con unos cuantos más que pasaban por ahí. La escena es un clásico: gendarmes, registros, nubes de cámaras…la EPO toma los titulares.

La escenificación de la caza del drogadizo se convierte en un criba: los tramposos quedan a disposición judicial y los limpios prosiguen su pedaleo hacia París. Y luego suele ganar un español. Albricias.

¿Pero qué está diciendo usted, buen hombre? ¿Acaso está contra la bicicleta, el medio de locomoción llamado a sacar a las ciudades del atolladero en que las ha sumido el coche? En absoluto, pero es cierto que el Tour me crea sentimientos enfrentados. Para empezar, el ciclismo televisado me parece un soberano tostón. Al contrario de lo que sucede con el sexo, ver a un profesional manejar la bicicleta aporta muy poco a la experiencia del aficionado.

Para continuar, la barrera entre tramposos y limpios es arbitraria. Depende de la definición o la disolución de sustancias estimulantes en la sangre. El ciclismo, como la mayoría de los deportes profesionales, es una lucha entre hábiles químicos y tenaces sabuesos que se juega a nivel molecular.

Por otra parte el efecto de las vueltas ciclistas en la psique colectiva es ambivalente. Por un lado, el público comprueba que es posible desplazarse a entre 5 y 10 veces más rápido que caminando usando únicamente el cuerpo y una sencilla máquina. Sin embargo, esta epifanía queda eclipsada rápidamente por otra evidencia: el pelotón avanza ciegamente de A a B sin motivo ni razón aparentes. Va hacia París como podría ir a Verdún: lo único que importa es pedalear. Y hacerlo más rápido que los demás, claro.

Y esta segunda enseñanza es la que moldea las mentes de algunos políticos, para los que la bici es: a) un juego de chavales, b) un artefacto para hacer deporte o c) un medio de transporte ecológicamente correcto y que, por tanto, hay que promocionar. Convenientemente agitadas estas tres actitudes dan como resultado fantásticos anillos ciclistas como el de Madrid: un donut de 60 kilómetros que, como en un cuadro de Escher, conduce a sí mismo y en el que los ciclistas nos podemos desfogar.

El equivalente en el mundo motorizado sería hacer una autopista espiral de 1.000 kilómetros en Badajoz, por ejemplo, para que los conductores pudieran saciar sus ganas de conducir allí. En Badajoz.

Es el precio del progreso. Millones de personas están saliendo de la pobreza en Asia y América Latina y, en cuanto tienen ocasión, corren al concesionario a hacerse con un coche, verdadero prescriptor de clase social. El incremento del parque móvil, sumado a unas infraestructuras defectuosas, van a elevar la mortalidad desde los 800.000 muertos anuales (1999) hasta los 1,3 millones en 2020, con el 90% de las víctimas en países en desarrollo. Según la Organización Mundial de la Salud (.pdf), los accidentes de tráfico, que en 2004 suponían el 2,2% de las muertes en el mundo, pasarán a ser la 5ª causa de mortalidad en 2030, por delante de la diabetes, el sida o el cáncer de pulmón. Una de cada 28 personas morirán directamente por culpa del coche en esa fecha.

La pandemia de los accidentes de coche remite poco a poco en los países más desarrollados, generalmente mediante leyes draconianas. Entre tanto, sorprende poco que las tasas de mortalidad más altas del planeta se den en países como Etiopía, Uganda o Malawi. El coste global de los accidentes de tráfico supuso en 1997 el 2% del PIB mundial, unos 518.000 millones de dólares. El propio informe sostiene que esta estimación es a la baja, en tanto “muchos de los costes están ocultos, pues ocurren en accidentes de baja escala, más que en grandes accidentes, como los de avión o tren”.

Lo dicho: un desastre que no deja de crecer.

Conductores pasivos

Estaba preparando un artículo con el título que ven arriba cuando me topé con una carta al director en El País de ayer lunes, titulada (no sé si por su autor, José Antonio Peces Aguado, o por un redactor) “El automóvil, un mal innecesario”. Por su interés (y porque el periódico no la ha volcado en su edición digital), me tomo la libertad de reproducirla aquí:

El director general de Tráfico y el ministro de Sanidad nos explican que consumir drogas (entre ellas el alcohol) es la causa de 1.500 muertes al año en accidentes de tráfico.

Me gustaría que también explicaran mínimamente a la opinión pública que se exima que 16.000 muertes anuales se deben al simple hecho de respirar el aire contaminado de nuestras ciudades. Y detrás está fundamentalmente la contaminación atmosférica procedente del escape de los automóviles, los conduzcan beodos o sobrios. Y para estar expuesto basta con el simple hecho de respirar, lo que no es capaz de evitar ni el propio ministro.

Además, me gustaría saber qué está haciendo al respecto como responsable de la salud pública. Me gustaría que, en vez de culpabilizar al conductor por su forma de conducir o si se ha dormido, por el alcohol y las drogas que ha consumido, encausara definitivamente al automóvil como elemento concurrente de todos los accidentes de tráfico y no como un mal necesario del que no se discute. Un borracho caminando representa cierto peligro para sí, pero casi ninguno para los demás. Un coche conducido por el mejor piloto es una masa de más de 500 kilos que, aun a una velocidad inferior a los límites ilegales, es capaz de matar no sólo por impacto, sino por los gases que suelta por su tubo de escape.

Los coches son, además, responsables de gran parte de la contaminación acústica (tampoco podemos evitar oír), cuyo impacto en salud hay profesionales que estiman más graves que el de la contaminación atmosférica. Y también propician el sedentarismo.

Muchos médicos dicen que si el cigarrillo se inventara hoy, no conseguiría salir al mercado porque no obtendría un permiso sanitario. De inventarse hoy, los coches tampoco lo obtendrían, perlo que tienen detrás es mucho más poderoso que la industria tabaquera. Por todo esto, me gustaría oírle decir al ministro: “Si bebes, no conduzcas; si no bebes, tampoco”.

Como la mayoría de los grandes medios (o pequeños como este que me acoge), El País vive en buena parte del maná de la publicidad automovilística y derivados (de Repsol a Desguaces La Torre) y, en consecuencia, se halla atrapada en lo que en periodismo se conoce como “la espiral del silencio”, proceso por el cual un tema determinado está excluido de la agenda de los medios y, por tanto, del debate sobre el mismo, retroalimentando tal silencio.

En el caso del automóvil, los medios informan puntualmente de los nuevos modelos de coches en el mercado como si se tratara realmente de una noticia (¿se hace lo propio con los lavavajillas?). Y entra dentro de lo periodísticamente correcto cubrir los habituales atascos de las carreteras y, ¡ay!, la terrible contabilidad de muertos y heridos en las mismas, inevitable tasa del progreso. Pero poner en duda la propia idoneidad de ese mamotreto de hierro y metal que roba espacio, silencio y aire en las ciudades a quienes no lo deseamos –y somos legión- es un tema que queda atrapado en la espiral del silencio.

De ahí que brinde por el escribiente y por el periódico, aunque me permita corregir el título: podrá ser letal pero no por ello es innecesario. Desde aquí sugiero el título que encabeza este texto: “Conductores pasivos”. Al fin y al cabo, los conductores pasivos sufrimos los (malos) hábitos de los conductores aún más que los fumadores pasivos sufren a los fumadores. Y ya es decir.

Despertares

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