Sí, se que estaban ustedes pensando que un servidor había fallecido. Bueno, quizás no eran tan trágicos/as pero como mínimo se preguntaban (de noche, antes de cerrar los ojos, cuando le invaden a uno los pensamientos absurdos) qué sería de mí.

Bien, he vuelto, aunque no pretendo que suene como una buena noticia. Simplemente, no van a librarse ustedes de un servidor tan fácilmente.

Antes de empezar una pequeña explicación de mi periplo: durante dos semanas he arrastrado mi ajado cuerpo por los canales venecianos, tratando de seguir el ritmo a La Mostra, que este año –encima- ha sido espectacular.
Después de esos 13 días de locura cinematográfica he vegetado durante un breve periodo de tiempo (la vida me persigue) y hoy sábado vuelvo a la vida para regocijo de la humanidad y disgusto de las personas.

Dicho todo esto (había que decirlo), nada mejor para arrancar de nuevo este legendario blog de cine a las cuatro ruedas que hablando de El árbol de la vida. La película de Terrence Malick ha debutado como número uno en nuestro país lo que demuestra que aún podemos tener fe en que no somos tan cortos como parecemos.

Ahora les hablo de eso pero les prometo que pronto les deleitaré con esa jodida maravilla de que es Drive. No sé si han oído hablar de ella (si no es así háganse con el libro que adapta, con el mismo título y de James Sallis) pero les aseguró que es como si William Friedkin, Michael Mann y John Frankenheimer se hubiera puesto a hacer una peli a seis manos: hace lustros que no se veía algo igual. La cosa –déjenme contarlo- va de un especialista en fugas al volante que se mete en un lío de mil pares de entrepiernas. Las persecuciones de Drive son gloriosas. Así: GLORIOSAS.

Pero no nos desviemos: estábamos en El árbol de la vida, la maravillosa película de Terrence Malick.

Vi la película haces unos meses en un terrible certamen de la República Checa. De hecho lo único bueno de aquel terrible certamen de la República Checa fue que vi El árbol de la vida.

Advertencias primerizas para el espectador con “peros”:

1) A algunos/as se les puede atragantar la primera hora de película, especialmente cuando Malick pasa de lo específico a lo descomunal para contar el origen de la vida. Ya se ha dicho hasta la saciedad así que no pasa nada porque yo lo repita: salen hasta dinosaurios.
2) La película tiene muy pocos diálogos y eso, en un mundo de hiperexcitación y toneladas de blablabla puede ser un muro contra el que uno se la pega una y otra vez.
3) Sean Penn solo sale cinco minutos. Si alguien va a ver la película porque ha visto su nombre en el cartel ya puede ir cambiando de opinión.
4) Los que huyan del cine reflexivo e integral o no gusten de los retratos intimistas de primer grado es mejor que vayan a ver Conan.

Dicho todo esto: El árbol de la vida es una maldita obra maestra, un cuadro en el que quedarse embobado, una canción que se repite para sonar cada vez mejor.

Les puedo ahora atosigar con datos y valoraciones y demás memeces pero lo que tengo de decirles es muy simple: si son ustedes/as amantes del séptimo arte deberían ya estar desfilando en busca de esta película. Por el contrario si son ustedes/as adultos/as esperando disfrutar de una tarde de domingo tipo Tele 5 lo mejor es que se vayan a ver Los pitufos o Linterna verde.

El árbol de la vida es solo para cinéfilos profesionales, los aficionados que se abstengan.

Sé que entre ustedes/as se esconden algunos pros. No me fallen.

T.G.

P.D.: nos ocuparemos de Almodóvar esta misma semana. Traigan el delantal porque va a haber sangre, mucha sangre.

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