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Ya saben ustedes/as los problemas que tuve con mi pasaporte así que no insistiré en el tema. Esta semana me voy a los Estados Unidos y me temo que allí no me dirían “Messi” ni me dejarían suelto por sus benditas tierras, es probable que en lugar de eso me encerraran en Guantánamo con todos esos señores que gustan de lucir barba y hacer reverencias varias veces al día.

Total, que en previsión de mayores inconvenientes en la tierra donde los sueños se hacen realidad decidí ir a la comisaría de policía (previa cita, obviamente) para que me hicieran un nuevo pasaporte. Un agente uniformado me indico una mesa nada más llegar. Siguiendo sus instrucciones me senté. “¿Y quién le ha mandado sentarse aquí?” me dijo la señora al otro lado del escritorio. “Aquel señor “dije. Ella me miro a mí, miró al señor (supongo que evaluando el hecho de que aquel llevara pistola) y me dijo: “haga el favor de levantarse y esperar que le llamen”. “Pero no le he dicho aún mi nombre” argumenté.

“Ya le encontraremos” fue su respuesta antes de amenazarme con su mente (rollo Scanners) como si pudiera provocarme un jaqueca instantánea si no me alejaba inmediatamente de su mesa solo utilizando la fuerza de su mirada.

Me alejé, no quería morir de una migraña en una comisaría. ¿Qué hubiera dicho mi madre?.

La señora en cuestión debía tener unos 50 años pero aparentaba unos tres siglos más y estoy casi seguro de que dormía en esa misma mesa y que había aprendido a escribir en el Antiguo Egipto. A su lado se sentaba otra chica que parecía haberse escapado de la casa de la pradera (falda plisada, jersey con motivos navideños, gafas redondas tipo Gestapo) y que sonreía de una forma muy inquietante. Hablaba muy bajito y daba miedo, como si de un momento a otro fuera a levantarse y apuñalarte en el cuello con sus agujas de ganchillo.

Esperé una hora y finalmente la egipcia me llamó. Saqué el pasaporte que tantos problemas me había causado y se lo enseñé. Ella lo miró de arriba abajo, cinco o seis veces. Para acelerar el proceso le marque con el dedo la segunda línea de números en la base de la página. La señora me miró con desdén y me dijo: “aún no he llegado ahí”. Aparté mi dedo y miré hacía abajo, pensé que estaba a pocos segundos de ser detenido y extraditado al país de los memos.

Al cabo de un rato me dijo: “sí, aquí hay un error grave”. Al oír aquello la pequeña campesina de la Gestapo se levantó de su silla como un resorte y empezó a mirar mi pasaporte de la misma manera que yo miraba el Interviu cuando tenía 16 años. “Sí, sí… huuuuy, has tenido mucha suerte, un día nos equivocamos en un punto y a un señor que estaba de vacaciones en Australia lo metieron en la cárcel un mes”.

(Nota del autor: llegados a este punto algunos/as de ustedes/as estarán pensando que me lo invento: lamentablemente no tengo tanta imaginación).

Yo preferí callarme, no sabiendo muy bien qué decir. Las dos siguieron mirando mi pasaporte y al final la mayor llegó a la conclusión de que lo mejor era hacer un documento nuevo. Me pidieron una foto, las huellas, y –ahora viene lo mejor- 25 euros.
Dije que el fallo había sido suyo y que no creía que fuese justo tener que pagar otra vez por ello. La señora me miró durante unos segundos y extendiendo la mano dijo:

“25 euros”.

Ante aquel aplastante razonamiento no pude más que sacar la cartera y pagar los 25 euros. Me dijeron que podía ir a sentarme, que ya me avisarían.

Media hora después me llamaron: “Aquí lo tiene”.

Como ya estaba sobre aviso después de lo de la última vez lo abrí y lo miré: la página principal (la de los datos) tenía un borrón de tinta en la parte inferior izquierda. Pensé que era una broma y se lo dije a mi amiga. “Ay, sí, debe haber pasado algo al imprimir. Un momento…”. Se levantó y se fue por una puerta que estaba a sus espaldas. Volvió diez minutos después con un algodón y una botella de alcohol. Abrió el pasaporte por la página mojó el algodón en el alcohol y empezó a fregar la parte inferior del pasaporte hasta conseguir que lo que era un borrón de tinta se convirtiera en una inmensa mancha negra que llegaba hasta la zona de la barbilla de mi foto y me hacía parecer el protagonista de Águila Roja.

Lo miró contrariada y me dijo: “vamos a tener que hacer otro”.

Cuando dijo aquello miré al funcionario al otro lado de la sala, calculé cuanto tardaría en acercarme a él, golpearle con el móvil en la cabeza, robarle el arma y volver a la mesa. Solo hice ese plan por si aquella señora que había conocido a Tutankamon me decía: “son 25 euros”.

Juro que si llega a decirme “son 25 euros” la habría disparado.

Pero no lo dijo: volví a poner las huellas, la foto, y me retiré nuevamente a esperar.

Media hora después fui llamado de nuevo a la mesa de los horrores: “ahora sí…mmmm…a ver una cosa”.

El plástico se había despegado.

Esta vez las dos se rieron (no sé si de mi o del pasaporte) y me dijeron: “debes ser un poco gafe con estas cosas”. (Jajaja, qué risa)

Otra foto, otras huellas, otro pensamiento fugaz de “Dios, envíame un arma”, media hora más y…

Tachánnnn.

Mi pasaporte.

Lo he mirado y parece estar bien. Se lo he enseñado a un amigo falsificador y hasta he ido a Gijón con él (para probarlo y eso). El jueves que viene llegaré a Washington D.C. con esa pieza de orfebrería en el bolsillo. Si ven ustedes que no vuelvo a escribir envíenme por favor sus cartas al penal de San Quintín. La dirección se encuentra en Internet.

Abrazos/as,

T.G.

P.D.: mañana hablaremos de cine, finalmente.

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