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Todo lo que me vayan a decir ya lo sé. No puedo dejarles sin mi inmenso talento tanto tiempo seguido. Soy plenamente consciente de que están ustedes colgados del botón de actualizar, apretándole continuamente para comprobar si –finalmente– he colgado un nuevo post.

 

Bueno, si no es así es algo así. La cuestión es que no he escrito en semanas y les pido perdón (en este momento estoy arrodillado. Casi).

 

He estado cuatro semanas en Canadá y Estados Unidos, viendo cómo se vive en un sitio donde los autónomos no pagan IVAs, donde se puede constituir una empresa en menos de 24 horas, donde te recibe hasta el Papa sin necesidad de que seas un tipo importante… en fin, un sitio en el que está permitido tratar de mejorar. Sí, está lejos de ser perfecto, estamos de acuerdo, pero desde un punto de visto puramente emprendedor volver a España y a sus impuestos y sus bases impositivas y sus cuotas al alza y a su legislación fiscal es para entrar en una terrible depresión.

Dicho esto, que no es más que la pura verdad. Podemos proceder a la chicha de este bonito post.

(Suenan las trompetas)

Y ahora, aprovechando que vi algunas películas en mi periplo estadounidense, déjenme hablarles de Noé, la película de Darren Aronofsky sobre la inmortal historia de el Arca, que la mitología católica se ha ocupado de convertir en una especie de dogma.

Había algo de miedo en los productores de que la (gigantesca) comunidad religiosa no acudiera en masa a ver la película. Ya se sabe que ellos solitos pueden hacer que una película triunfe o fracase. La religión, amiguitos y amiguitas, es algo muy poderoso.

 

Finalmente, y a juzgar por el aspecto (llenísimo) del Imax donde pude ver la película, parece que ésta va a ser un triunfo comercial sin paliativos.

 

Antes de empezar, un pequeño matiz: hace años acudí a una charla de un tipo que hablaba sobre el tema del Arca y explicaba que en la época donde la biblia sitúa la historia había unas 16.000 especies animales. Eso significa que la dichosa arca hubiera tenido que tener unos 100 kilómetros de largo para acoger a los 32.000 ejemplares.

 

(Subtexto: lo del Arca no se lo creen ni ellos.)

 

La cuestión es que la historia, contada tal cual, sería un auténtico rollazo, así que Aronofsky (que la verdad no tengo ni idea de que hace metido en este berenjenal, siendo como ha sido un hipster de tomo y lomo con películas como Pi o Réquiem por un sueño) ha decidido contar la historia como si fuera 300: una guerra en ciernes, tipos vestidos como si acabaran de salir de Braveheart y una imagen dura, con una paleta de colores oscuros y una fotografía cruda, casi de película de terror.

 

Russell Crowe aguanta bien la antorcha de Noé, es un actor ya veterano, de presencia poderosa y extremadamente solvente. Jennifer Connelly, tres cuartos de lo mismo (la arruga es bella, y ella es la prueba de que a algunas actrices el tiempo les sienta muy bien). Sus vástagos, los niños de Noé, son un auténtico coñazo y ese es, casi, el mayor problema de la película: cada vez que salen recitando sus líneas dan ganas de echarse a dormir o salir a fumarse un pitillo.

 

Sin embargo, la visualización del diluvio es brillante y el malo, Ray Winstone, es una auténtica bestia, y eso –unido al dueto actoral antes comentado– hace del filme un producto muy entretenido que hacia el final adquiere dimensiones de fantasía psicotrónica: cuando lo vean ya me dirán si tengo razón o no. Debe ser que el director tragó agua, pero el tramo final de la película es un delirio divertidísimo.

 

(No se les ocurra tomárselo en serio o creerán que están viendo un panfleto pseudo-religioso, lo importante es mantener una actitud escéptica y las risas vendrán solas).

 

Yo me reí, no miré el reloj y me lo pasé notablemente bien. Tal como están los tiempos, no es poca cosa.

 

Los que deseen pasar un mal rato pueden acercarse a ver Need for speed, que es una de las películas más insustanciales del año y la más demencial, sin ninguna duda.

 

Prometo volver pronto. Aunque yo no creería mis promesas.

 

Abrazos/as,

T.G.

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