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Buenas señores y señoras,

¿Cómo lo llevan? Yo aquí, de domingo tarde, viendo El último mohicano (obra maestra) y pensando en si clavarme un tenedor en la sien o tirarme de un entresuelo. Ya saben, siempre pensando en positivo.

Arrastro una gripe desde hace seis o siete semanas y estoy empezando a pensar que podría ser ébola. Quizás he estado expuesto a algún tipo de virus alienígena y empiezo a desarrollar súperpoderes, como una megatós que me permitiría arrancar árboles o una macroafonía que me dejaría la voz de Clint Eastwood en versión original, o quizás ambas cosas. Con la suerte que tengo lo más probable es que me salga un tercer pezón o desarrollé un insaciable apetito por los neumáticos usados.

Recuerdo que en 2014 pensaba “joder, que se acabe ya el año, y que llegue 2015”. Ahora pienso “joder, ¿y si el año que viene es peor”. Claro, no sé que podría pasar para que fuera peor. Bueno, el otro día una amiga me dijo: “Sería peor si cogieras un cáncer muy chungo”. Nada como tener amigos para sentirte mejor, ¿eh?

Espero no coger ningún cáncer, ni chungo, ni de los otros, prefiero morir de una erección. Lo he buscado en google y no hay casos conocidos de muerte con ese diagnóstico, al menos tendría un sepelio original.

Bien, ya les he contado mi estado de ánimo. A final de año tenía que irme a Nueva York. De algún modo eso me mantenía en pie, saber que acabaría 2015 allí, en la ciudad que siempre me pone las pilas. Ahora –por razones que no viene a cuento comentar- tampoco me voy a Nueva York. Claro que sí, ¿para qué iba el universo a regalarme un final de año agradable? Creo que en lugar de eso me quedaré en casa mirando Perdidos, a ver si esta vez la entiendo.

Mil gracias, universo.

Este fin de semana fui a ver Marte, la película que me ha hecho recuperar la fe en Ridley Scott. Ya sabrán de qué va: el astronauta de una tripulación que está explorando el planeta rojo queda abandonado allí cuando sus compañeros creen que ha muerto. Lamentablemente, el tipo está vivo y coleando. Dado que una misión de rescate tardaría cuatro años en volver a por él (Marte está a 225 millones de kilómetros de la tierra) tendrá que aprender a sobrevivir por sus propios métodos.

El filme se basa en la novela de Andy Weir, un escritor que colgó su novela gratis en internet y luego la vendió a una editorial. Se forró. En parte porque la novela es espléndida y en parte porque es absolutamente realista. La propia NASA ha afirmado que el 90% del libro es perfectamente factible.

La película es esplendida: bien construida, dinámica, extremadamente entretenida, estupendamente comercial. Una obra que hubiera podido firmar Robert Zemeckis (el de Forrest gump o Regreso al futuro), una de esas que te hace recuperar la esperanza, que te hace sentir un poquito mejor persona. No sé si la humanidad evolucionará con películas de este tipo, pero al menos no sentiremos el deseo de salir del cine y golpearnos la cabeza contra una farola. Como me pasa cuando veo una del mamarracho de Haneke, vamos.

Matt Damon está impresionante (no voy a mentir, me entusiasma este actor) y le da tal poderío a la película que cuesta apartar los ojos de la pantalla. No podría aspirar a tener un mejor actor al frente del reparto, ni nosotros a disfrutar más del carisma de un intérprete.

Son 9 euros bien gastados. Háganme caso, abandonen este jodido planeta de mierda durante un par de horas y piérdanse en Marte. Ya me lo agradecerán más tarde.

En un par de días les hablo de La cumbre escarlta, que es otra de esas películas que se va a meter la hostia padre en taquilla y que sin embargo a un servidor le alegran –un poco- la vida.

No me pidan estos días que me vaya a ver películas intensas, ni obras de autor. En mi horno ya no caben más bollos, el que quiera drama que venga a casa a verme.

Hasta 2016 sólo pienso ir a ver cine escapista.

Me retiro a gozar de mi incipiente depresión, sean buenos/as.

T.G.

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