furious7

No señores y señoras, no me he ido. Ya saben, mala hierba nunca muere. Y su fidelidad y cariño es extremadamente bien recibida. Especialmente en estas fechas donde todos/as sienten la necesidad de huir a alguna parte cuando yo ni siquiera me movería del sofá sino fuera por recomendación médica.

Supongo que estarán ustedes/as por ahí de parranda y hacen bien. Disfruten y que se joda el mundo.

Yo ayer me acerqué al cine a ver Fast & Furious 7. Creo que es la primera vez en mi vida que veo la séptima parte de una película (la siguiente excepción va a ser La guerra de las galaxias), algo que intento evitar a toda costa. Siempre me acuerdo de aquel chiste de Aterriza cómo puedas donde en el fondo de un gag se puede ver un poster de Rocky 86. En el mismo aparece un tipo demacrado, de unos 90 años, que no puede ni levantar los guantes. Siempre que veo un 7 o un 8 detrás del nombre de una película me acuerdo de ese gag (magistral) y pienso: “¿Pero qué cojones estás haciendo aquí, lerdo?”.

Pero bueno, como decían los Blues brothers “estamos en una misión divina”, así que si ustedes/as quieren que yo vaya a ver Furious 7, pues allí que voy.

Oigan, deberían programar esta película en tratamientos contra la depresión porque me lo pasé como un enano. De acuerdo, mi opinión en estos momentos no pasaría una evaluación psiquiátrica pero sigue siendo válida como la de un simple miserable que escribe de cine cuando le dejan.

Para empezar diré que no soy un gran fan de la saga. No tengo especial afición por los coches (sí, lo sé, la paradoja es tan grande que podría comerse a Godzilla y le quedaría sitio para unas bravas) y lo de unos tipos yendo de un sitio a otro a toda pastilla para cumplir no-sé-qué-misión especial me parece especialmente ridícula. Ahora hay aviones y drones, y cosas peores. No necesitas un Porsche para recuperar un microchip. Pero vale, compro.

Me divertí con la primera, me aburrí con la segunda y-sinceramente- no recuerdo un pimiento de las otras (sé que una era en Tokio). Dicho esto, la penúltima me pareció decente y muy entretenida y se les iba tanto la castaña que me reí como el culpable de un crimen viendo como condenan al inocente a la silla eléctrica (vale, igual es mala comparación).

Con esta última tuve la misma sensación pero multiplicada por mil: estos tipos se han vuelto locos. Coches que vuelan, coches tirándose de un avión, coches persiguiéndose por montañas, parkings enteros yéndose a tomar viento y un final épico como pocos. Pues qué quieren que les diga, me agarré al asiento y pensé: “Dios mío, esto es lo que necesito: una jodida panda de enfermos mentales con sus jodidos cacharros haciendo explotar toda clase de cosas mientras (colateralmente) uno puede percibir lo que vendría a ser una ligera línea narrativa (me niego a llamarlo guión) que lleva a los protagonistas del punto A al punto B”.

Llegados a cierto punto, solo quería que Vin Diesel y Jason Statham se dieran más palos y más fuertes y que alguien embistiera un Carrefour con el coche y se llevara por delante la sección de congelados porque ahí es donde ocultaban los malos la llave de la salvación del planeta.

Todo muy loco. Extremadamente loco.

Y ahí reside la gracia (y el talento) de Furious 7: la idea de que no hay límite, de que puedes hacer la burrada que te de la gana porque el público ya sabe lo qué hay. ¿Qué hay que tirar cinco coches de un avión militar a 10.000 metros de altura y hacernos creer que aterrizan tranquilamente? Pues se hace. ¿Qué hay que creerse que a un tío le dan con una barra de hierro en la cabeza 57 veces y se le pasa con un paracetamol? Pues adelante. ¿Qué hay que ponerles alas a un coche para que vuele y saltarnos todas las leyes de la gravedad del planeta tierra y de otros planetas? Pues oye, se hace, ¿y qué pasa, EH? ¿Qué pasa?

Sin manías, sin complejos, a tope. Como el que va a un McDonalds y dice que quiere 5000 hamburguesas para llevar, 2000 de ellas sin queso y ve como el dependiente toma la nota y pasa el pedido, sin inmutarse. “5000 para llevar; 2000 sin queso. ¿Qué va a querer de beber caballero?”.

Naturalmente (no puede obviarse) el homenaje a Paul Walker. Un tipo que nunca me pareció mal actor (y el que lo dude que le eche un ojo a Running scared) y que se mató en un accidente de coche en el que parece que ni siquiera conducía él.

Y el homenaje es certero y delicado, probablemente el único momento de la película en la que el filme mira al espectador a la cara y le dice: “ojito, tete, que todo lo que has visto lo hemos hecho en unos talleres con unos aparatos muy caros: deja de hacer el mamarracho en la carretera”.

Me lo pasé bien, es espectacularmente entretenida, una de las películas más pasadas de vueltas que he visto en mi vida sin renegar nunca de ese carácter lúdico que deben tener los blockbusters.

Ahora bien, si quieren reflexionar ustedes sobre la vida y la muerte o presumir ante sus colegas de la profundidad dramática y narrativa de una película, esperen a que se estrena la próxima de la Coixet.

Abrazos/as,

T.G.

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