sobranlaspalabras

Ustedes ya me conocen: aparte de procrastinador soy un escéptico y un cínico. Claro, que muchos ya han visto al cordero que se esconde en mi piel de lobo, pero la mayoría –no se engañen- piensan que soy como esa pareja de viejos de los teleñecos que está todo el día quejándose y gruñendo.

 

Y la verdad es que sí, me quejo y gruño todo el día. De todo y de todos.

 

Sin embargo, hoy les voy a hablar de una película que me hizo sonreír como un estúpido durante una hora y media (es cierto que hubo detalles extra-cinematográficos que contribuyeron a ello, pero los hechos son los hechos) y me hizo salir del cine con fe renovada en el ser humano. Se me pasó en 5 minutos, pero –de nuevo- los hechos son los hechos.

 

Vi esta película ya hace unos meses en el festival de cine de Toronto. Se llamaba Enough said y en España la han titulado (con buen criterio, sin tratar de innovar y sin hacer el ridículo) Sobran las palabras. La interpretan la magnífica Julia Louis-Dreyfuss (a la que los fans de la tele conocerán por Seinfeld) y el maravilloso James Gandolfini.

 

Esta fue la penúltima película del gran Gandolfini antes de morir de un ataque al corazón y dejarnos un poco más huérfanos de talento.

 

En Sobran las palabras uno puede reconocer al actor que ha llegado a su plenitud, que sabe que le sobran tablas para comerse a su personaje, que transmite tal naturalidad que es imposible no querer meterse en la película y pedirle que te de un abrazo.

 

Gandolfini interpreta a un tipo normal, salido de un mal divorcio (supongo que no los hay buenos, pero los habrá mejores y peores) que conoce a una masajista (divorciada a su vez) que podría ser la mujer que busca. Un guión sencillo, lleno de diálogos sencillos, rodado con sencillez y –sin embargo- de una brillantez indiscutible.

 

Si uno es amante de la vieja escuela de comedias hollywoodienses (de esas que ya no existen porque el público –dicen- demanda otra cosa) que se rodaban en los 50 y 60, encontrará en Sobran las palabras un agradable refugio: son los personajes los que arrastran la acción y no al revés, la narración es amable y pausada y la directora se toma su tiempo para dejar que sus criaturas se nos metan dentro.

 

Y ya está. Los diálogos son certeros, y agudos, con la justa cantidad de amargura y el punto preciso de desconfianza. Y poner a recitar esos diálogos a Louis-Dreyfuss y a Gandolfini es como pedirle a Ian Thorpe que te enseñe a nadar: un seguro de excelencia.

 

No puedo relatar (o quizás podría, pero necesitaría reposarlo unos días) la sensación que supone ver en la gran pantalla a un hombre del carisma de Gandolfini metido en los zapatos de un hombre normal, uno de esos tipos a los que la vida no se cansa de darles hostias. Uno puede oler a kilómetros el alma del actor, respirar sus pasos, sentir eso que llaman ‘empatía’ y envolverlo todo en el halo de nostalgia que supone reflexionar sobre su perdida, sobre el hecho de que no le verá más en algo parecido… que no le verá más. Seguramente es una paradoja que un tipo duro como Gandolfini (conocido por su papel de Tony Soprano) se despida del cinéfilo con su papel más tierno y puede que en esa huída hacía las Antípodas del personaje que le había hecho famoso hayamos visto el verdadero rostro del genio: el gángster que soñó con ser un humano cualquiera.

 

Yo no podría haber imaginado mejor despedida para uno de los actores más poderosos que ha dado el cine en las últimas décadas y por eso Sobran las palabras estará en la lista (que no voy a hacer) de mejores películas del año.

 

Si disfrutan ustedes de cuando en cuando de un plato de sopa caliente, una manta y una chimenea, esta es su película.

 

Hasta siempre, Jim.

 

T.G.

 

 

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