No sé cuantos años tenía (ya les he advertido que tengo muy mala memoria) pero digamos que entre catorce y dieciséis, por decir algo.

Mi profesor de historia por aquel entonces, un señor con gafas y redondeces varias y un tipo bastante interesante (esto último lo he descubierto ahora, en su momento pensaba- obviamente- que era un memo) nos dijo que para variar un poquito nos iba a poner una película y que después deberíamos hacer algo parecido a un comentario de texto.

Ya se sabe que cuando uno va a la escuela cualquier cambio en la rutina diaria se convierte en una delicia… pero cuando el profesor –lo siento, ni siquiera recuerdo su nombre- le dio al PLAY y empezó una película en blanco y negro al colectivo le sobrevino un bajón generalizado: “¿una película en blanco y negro?”.

En aquellos días el color era sinónimo de frescura, de buen rollo, hasta con suerte podías ver un par de tetas (discúlpenme las féminas que estén leyendo esto, no tengo ninguna intención de ofenderlas, es simplemente que lo que yo y el resto de mis compañeros esperábamos –ansiábamos- ver era unas buenas tetas. No aspirábamos a un culo porque eso no podía ser, un culo era imposible. Eso era de mayores.

Bueno, volviendo a lo dicho, la película en blanco y negro arrancó y aunque hubo protestas nos la tragamos hasta el final. A mi, la verdad sea dicha, me hizo gracia. Al resto, la verdad sea dicha, les pareció una mierda. “Y encima en blanco y negro” se oía en los corrillos.

Como lo prometido era deuda tuvimos –encima- que currarnos el comentario de texto prometido.

Aún recuerdo el impresionante título de mi trabajo: “Comentario de texto de Uno, dos, tres de Billy Wilder. Por T.G.”.

Este mítico trabajo (que me valió un estupendo notable) es de las pocas cosas que conservó de mi atribulada adolescencia. La película, una obra maestra de Billy Wilder, sigue conmigo. De hecho la veo dos o tres veces al año, aunque solo sea para recordar lo bueno que era ese director austriaco, lo maravilloso que era James Cagney y lo difícil que es conseguir que me ría con la boca abierta. De hecho, ya casi nunca me río con la boca abierta, lo que –bien mirado- es una tragedia.

Uno, dos, tres es una jodida gozada, una maldita y gloriosa película de esas que solo puede firmar un genio. El protagonista, el señor McNamara es un tipejo ambicioso (pero de buen corazón y mejor cartera) que trabaja en Berlín para la mítica Coca-Cola. Han pasado pocos años desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el muro separa la ciudad en dos bandos y lo de vender el bendito jarabe azucarado en un sitio como ese no es nada fácil.
Pero el señor McNamara tiene un as en la manga, él será el responsable de que Coca-Cola cruce por primera vez el telón de acero. Lamentablemente, la llegada a la capital alemana de la hija del mandamás de la compañía echará por tierra los planes del ejecutivo.

Con una trama tan sencilla (y al mismo tiempo tan cómica) como la que apenas he detallado, el señor Wilder se planta en tres patadas en el ámbito del peliculón. ¿Y por qué? Pues muy sencillo: un enjambre de secundarios que no se los salta un gitano (con perdón); un protagonista que rebasa cualquier adjetivo; una música que le pega como un guante, y –no lo olvidemos- unos diálogos tan brutales que cuando uno ve una comedia moderna le dan ganas de ponerse a llorar (por comparación, obviamente).

En el apartado de secundarios hay dos que no pueden dejar indiferente a nadie/a: el asistente de porte sospechosamente sospechoso, andares prusianos y pasado turbio y el comisario político ruso enamorado de la secretaria buenorra que haría cualquier cosa por llenarse el bolsillo y largarse cagando leches de la Madre Rusia.

Señores/as, si no han visto esta película deberían hacerlo ustedes. Háganlo ya, quiero decir hoy, mañana máximo. Al ritmo en que se desarrollan los acontecimientos en Corea puede que no quede mucho tiempo para seguir viendo películas… ni para ninguna otra cosa que no incluya vestirse con pieles para no morir de frío, cazar animales (ratas inclusive) o escapar de los caníbales que quieran devorarnos.

Aprovechen el tiempo que les quede en la tierra para irse con una sonrisa en los labios: si hay que morir que sea con buena cara.

He dicho.

T.G.

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