Soy fan de Kathryn Bigelow desde que tengo uso de razón. Me encantó Los viajeros de la noche, Le llaman Bodhi me chifla, Dias extraños se adelantó mucho tiempo (en estética y dirección) a una gran parte del cine que hemos visto después en el ámbito anglosajón. Ganó el Oscar (merecidamente) por The hurt locker, y hay pocos tipos/as por ahí que tengan su pulso y sus ovarios a la hora de hacer lo que les da la gana. La prueba más palpable de lo dicho es esa obra maestra llamada La noche más oscura. Un filme con tanto veneno que cuesta no apartar la vista de la pantalla y que cuenta la historia que Estados Unidos quiere borrar y que habla de su ceguera ante el terrorismo y lo que pasó después del 11-S, todas las líneas rojas que cruzó sin ni parpadear y las consecuencias (morales y sociales) que tuvo esa política en la vida de las personas que tuvieron que aplicarla.

 

Así pues, hay que reconocerle a Bigelow algo que es difícil encontrar en Hollywood: personalidad. Además, la directora estuvo casada con James Cameron y para aguantar a ese hombre hay que tener paciencia y espaldas muy anchas. No es sencillo.

 

Dicho todo esto: Bigelow vuelve con un peliculón llamado Detroit, una película que parece hecha a medida para ella y que cuenta la terrible historia real de tres jóvenes negros asesinados en la ciudad estadounidense en 1967, después de ser brutalmente agredidos por tres policías blancos y un guarda de seguridad negro (nada es lo que parece, no estoy haciendo spoilers). El relato, visualizado con un realismo casi sucio, vuelve a sus signos de identidad, con un montaje que puede parecer desquiciado pero que sirve para estructurar el relato y un nervio fílmico tan brutal que cuesta no sufrir un intenso dolor de estómago mientras se ve la película.

 

La directora llega además con el filme cuando en Estados Unidos se vive una situación de tensión racial que nunca ha dejado de latir por debajo de esa sociedad aparentemente sólida que en realidad necesitaría una chispa para mandarlo todo a tomar viento.

 

Detroit es el gran estreno de esta semana: seguro que no verán anuncios de la película cada cinco minutos o extensos reportajes en sus revistas de referencia pero les aseguro que vale cada euro de la entrada, aunque se les atraganten las palomitas. Como siempre, les aconsejo que intenten no saber nada de nada, más allá de lo que ya les he contado.

 

Y hecha la recomendación, déjenme hacer otra, pero esta vez televisiva: ayer arrancó en Estados Unidos la nueva serie de Seth McFarlane, The orville, una especie de Star trek en clave de comedia con la que he disfrutado bastante. No sé cómo seguirá pero al menos el primer episodio cumple lo que promete: entretener. Cuenta la historia de un fracasado al que otorgan el mando de un crucero de la flota interestelar. Naturalmente, el delirio está asegurado. Échenle un ojo, por los medios que consideren apropiados.

 

Y recuerden protestar si no les gusta algo de lo que recomiendo. Protestar en general, vaya.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 

 

 

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