Era a finales de 1982. Mis vecinos del cuarto, unos niños bastante cabrones, llamaron un día a mi puerta para invitarme a ver “una cosa”. Una vez allí sacaron una caja negra y rectangular de otra caja mayor, la introdujeron en un aparato imposible y de repente en la televisión apareció una película. Aquel día vi Conan El Bárbaro y no sé si me impresionó más el sadismo de Thulsa Doom, la espada del cimerio o el hecho de que uno pudiese ver la película que le diese la gana en su casa con tan solo ese aparatejo.

Después fueron mis primos lo que se hicieron con aquel trasto (Betamax, eran –y son- así de burros) y aquello ya fue demasiado: empecé a dar el coñazo con el video. Que si el video aquí, que si el video allá.

Un día mi madre me dijo “súbete al coche que vamos a un sitio”. El “sitio” era una tienda de electrodomésticos donde íbamos a adquirir nuestro primer reproductor de VHS. Lo pagamos a plazos, en casa no sobraba el dinero. Luego supe que fue mi madre la que decidió que valía la pena callarme la boca y comprarme el maldito video.

Sería mediados de 1983. Luego mi madre (siempre ella) me hizo socio de un videoclub muy bien surtido (aún recuerdo mi número: el 1029) y durante los siguientes 10 años vi más de 6000 películas. Cuando los otros niños estaban por ahí poniéndose tibios yo iba al videoclub y me tiraba allí horas. Volvía a casa con 12 películas y me las liquidaba una detrás de otra.

Después (pobre mujer) la obligué a hacerme socio de dos videoclubes más…

En total, hasta 1993 debí ver unas 10.000 películas, peli arriba, peli abajo.

A finales de los 80 ya me había comprado una libreta y apuntaba mis impresiones de lo que veía (algún día publicaré todo eso, con ánimo paródico y con pseudónimo, por supuesto).

Y nada, 29 años después, aquí me tienen: hablando de cine en el periódico de mayor tirada de este país, en un par de revistas cojonudas, en la tele –cuando me dejan- y en este bendito blog, que lleva ya tiempo aguantando mis sandeces. En resumen: me gano la vida con lo que ha sido mi pasión desde bien pequeño. Desde que veía westerns de John Ford en el sofá sentado con mi padre, al que le chiflaban John Wayne y Gary Cooper.

Me gano la vida gracias a que mi madre convenció a mi padre de que a lo mejor era buena idea darle al niño algo distinto a una paga semanal.

Gracias a ella, una mujer tozuda, buena, y seria hasta decir basta (nunca le hicieron gracia mis chistes, ni los orales , ni los escritos) confió en su instinto cuando el niño, el tocacojones que no levantaba cinco palmos del suelo, le dijo que se portaría bien hasta el fin de los días.

Mentí, fui un cabrón y la hice sufrir. Como todos y todas, supongo. Pero al final, ya con una vida más o menos arreglada, y aunque no me dijo nada, sé que estaba orgullosa de que las cosas me hubieran salido bien.

Este fin de semana (siguiendo la estela de este curro loco que me ocupa) tenía que irme a Londres. Las cosas se torcieron, yo me cogí un cabreo de mil pares de cojones y tuve que quedarme en casa. Gracias a eso pude estar con ella y hablar de chorradas y tratar de hacerla reír (repito: nunca tuve mucho éxito con eso).

Luego me fui a casa. Una hora después entraba en coma y al mediodía del sábado moría.

Tenía 62 años y era culpable de haberme hecho como soy. Supongo que lo pagará en el cielo. O en un sitio mejor. O quizás no, quizás cuando echemos sus cenizas al viento se nos peguen a la cara como en aquella escena de El gran Lebowsky y eso sea todo. (Sé que no te haría gracia este chiste, pero ya me conoces mamá).
Hubiera querido escribir algo mejor para ella, algún discurso que resonara en la eternidad y todas esas chorradas, pero lo cierto es que no me sale nada más.

Descansa en paz mamá. Y ríete más, por el amor de Dios.

Toni Garcia-Ramón

P.D.: y gracias a todos/as ustedes/as por el cariño. Hasta un cínico como yo es capaz de darse cuenta de esas cosas.

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