Big Bad Wolves poster

 

Ayer se estrenaron media docena de películas. ¿Y por qué? Se preguntarán ustedes/as, “si era miércoles”. Pues porque, amigos y amigas, el sábado hay fútbol. Y como la semana pasada la taquilla cayó a mínimos históricos, pues los cerebros de siempre han pensado que igual si estrenamos en miércoles, a tutiplén, nos va un poco mejor la taquilla. Otra idea sería bajar las entradas el fin de semana y ponerlas a cinco euros, buscarse una manera de animar al público no futbolero, que es mucho. Pero no, se estrena el miércoles.

 

Bueno, pues oiga, yo creo que deberíamos echarle un poco más de imaginación al asunto. Un poquito, solo.

 

En fin, esta es la industria y así son las cosas. No sabría muy bien qué decirles así que vamos al lío.

 

Grace de Mónaco. No se rían aún, déjenme un momento. Grace de Monaco es una de las películas más horrendas que tendrán ustedes/as el gusto de ver este año y probablemente del lustro. El filme es tan delirante que cuesta creerse que alguien ha pagado por él (si quieren ustedes llorar de la risa por favor no se pierdan el personaje de Paz Vega, esa Maria Callas de serie Z, memorable) y, especialmente, que alguien ha contratado a Nicole Kidman para interpretar a la protagonista. Hay que tomar muchas drogas y acompañarlas con mucho alcohol para creer que la señora Kidman, en su estado actual, puede dar vida a otra cosa que no sea un ficus. El bótox que se inyectó tiempo ha le ha causado un daño irremediable en la cara y cada día se parece más a Tita Cervera. Asusta y sorprende por igual ver a una actriz tan maravillosa arrastrarse por la pantalla grande por culpa del complejo de la eterna juventud.

 

Aun así, si quieren echarse ustedes unas risas no dejen de verla. Puede ser la comedia (involuntaria) del año.

 

La otra cosa que quiero comentarles es Big bad wolves. Es una película pequeña cuya característica más destacada –a priori– es su nacionalidad: israelí. Eso no sería determinante sino fuera porque esta (excelente) película es de género. En Israel, y supongo que por condicionantes socio-políticos, las películas de terror brillan por su ausencia, así que, cuando uno se da bruces con una, hay que ir con pies de plomo.

 

Sin embargo, Big bad wolves se acerca mucho (a base de mala hostia y de terca conciencia política) a los territorios del peliculón. Con un guión que narra en paralelo (el cruce de caminos se intuye desde el inicio y está trenzado a la perfección) la historia de tres perdedores condenados a encontrarse: un policía con alma de vengador; un profesor de religión acusado de asesinato, y el padre de la última víctima de un misterioso asesino en serie.

 

A Quentin Tarantino le pareció la mejor película del año, quizá por la relación bastante clara que tiene esta película con su opera prima, Reservoir dogs. Por tener tiene hasta una escena de tortura (con su contexto y todo, no vayan ustedes a creer que esto es Hostel) que a muchos/as les recordará aquella famosa imagen de Michael Madsen, navaja de barbero en mano, al ritmo de K-Billy’s Super Sounds of the Seventies.

 

En suma, una película salvaje, densa, con un tono de cine negro que le hubiera alegrado el día a Jean Pierre Melville; cine sin complejos, veraz y con un punto de arrojo que sólo pueden tener los que se atreven con todo.

Esta es una película pequeña, pero aun así ambiciosa, y seguro que va a ser difícil encontrar una copia en una sala que no sea de una capital de provincia, pero si tienen ustedes/as la intención de ver algo distinto, con agallas y ganas de molestar al espectador (en la acepción más orgánica del término) no se lo piensen.

 

Luego, como de costumbre, van y lo cascan. Aquí, concretamente.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 

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