Lo digo ya de entrada para evitar confusiones: no me ha gustado Robin Hood.

Lo siento, tampoco me gustó Gladiator, ni El reino de los cielos, con lo cual la historia del tal Hood (que en realidad no es Hood, y el que no lo pille que vea la película o que se lea algún argumento pormenorizado) que es sólo una mezcla de ambas con más o menos fortuna, me resbala sobremanera.

Tampoco es que fuera yo con demasiadas esperanzas a ver el filme en cuestión pero es que hasta tuve ocasión de aburrirme y eso ya me parece excesivo.

Vale, Russell Crowe está bien, de acuerdo, Cate Blanchett también. William Hurt está mal o muy mal. ¿Y el resto? Pues un notable para mi querido Michael Strong, que es un actor que me fascina. Le daría un excelente si no fuera porque sus diálogos parecen escritos por un chimpance, con profusión de tópicos y demás chirigoya.

De acuerdo, Scott ya no es aquel chalado que se atrevió a firmar Blade Runner y Alien. Ya no es el novato que dirigió una película tan arriesgada como Los duelistas. En cambio cada vez se parece más al hombre de Tormenta Blanca y La Teniente O’Neill, películas que no tienen demasiado sentido en la carrera de nadie y mucho menos en la de un tipo que tiene talento… o al menos lo tenía.

El gran problema de Robin Hood es que se empeña en olvidarse de la historia en sí para contarnos una versión demasiada sui generis de la leyenda (si Ridley, es una leyenda) y además no puede evitar la sobredosis de épica de la misma forma que a Spielberg le puede la moralina.

No entiendo esas batallas gigantescas ni los vodeviles palaciegos, los líos con los franceses y demás. Es como si no les sirviera de nada todo lo que se ha hecho o dicho de Robin Hood y decidieran que tenían que inventarse la historia partiendo de cero. Eso no estaría mal si tuvieran ideas frescas y algo que aportar pero es que no hay manera. Encima hay que aguantar algunas concesiones al esteticismo que resultan dantescas. Esos alaridos de Robin Hood a cámara lenta y los malditos tiros con el arco y el maldito Principe Juan, que recuerda al hijo de Longshanks en la -esta sí- magnífica Braveheart , con el mismo rollito afeminado, como si todos los malos tuvieran que ser un poco gays para parecer más pérfidos.

¿Dos horas y media para contarme una historieta tan diminuta? Amigos/as, hay que joderse.

Lo que peor me sabe es que Brian Helgeland, el tipo que escribió L.A. Confidential (una auténtica obra maestra) se haya marcado una muestra de indolencia por escrito como esta. ¿Tanta batalla, tanta epopeya, tanta chachara para contarme qué?

Yo seguiré enganchado a la versión que mi amado Michael Curtiz dirigió en 1938 y que sigue siendo el perfecto ejemplo de que las películas de aventuras demandan sencillez.

También quería decir que la primera media hora de Canino, la curiosa película griega que se ha estrenado esta semana, es esplendida. El resto es el juego de las repeticiones, un bucle inofensivo e insustancial.

Lástima que no fuera un corto, porque la idea es buena (o hasta muy buena) y tengo que reconocer que lo de Flashdance, lo del gato salvaje y lo del castigo con las cintas de VHS me hicieron reír a mandíbula batiente. El resto… no.

Hala amigos/as,

T.G.

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