Francamente, la obsesión de Hollywood con las formulas siempre me ha parecido una auténtica memez. Ellos son los primeros que deberían saber que las formulas no existen, que lo que te funciona una vez no tiene porque funcionarte una segunda o una tercera o una cuarta.

El caso es que esto es solo cierto a medias: sí, las formulas Hollywoodienses son un auténtico churro artístico pero como artefacto financiero son inigualables y de alguna manera los de siempre acaban forrándose de nuevo. La culpa es nuestra por supuesto, pero el mérito es todo suyo.

El resacón 2: Ahora en Tailandia es uno de los mejores ejemplos de esa tesitura que acabo de exponer hace tan solo un par de líneas. Con la primera entrega un servidor casi pierde el ombligo por culpa de las contracciones provocadas por la risa. Con la segunda casi me salto un ojo por culpa de los bostezos. Con la primera salí del cine con la sensación de haber visto una comedia cojonuda. Con la segunda tuve la impresión de que me habían vendido una maldita fotocopia por 9 eurazos (después fui a la papelería y me dijeron que una fotocopia solo cuesta unos céntimos y que me habían timado. Me lo dijo un señor con barba que parecía saber de que hablaba).

De entrada ya mosquea que los tipos del original tengan que irse a Tailandia a correrse una juerga en lo que parece una de esas maniobras dignas de los Transformers, que en cuanto destruyen una ciudad se van a por otra y así hasta el infinito, sumando idiotez y movilidad como el que no quiere la cosa.

También mosquea (aún más si cabe) que se repitan los mismos chistes -que la segunda vez ya no hacen la misma gracia, dicho sea de paso- con la misma cadencia del original, esa de ir poniendo parches al puzzle a la espera de saber qué cojones ha pasado con esos tres tíos de fiesta.

Una de las grandes cosas de Resacón en Las Vegas era que resultaba fresca, nueva, potente. Era una comedia perversa y faltona, como si los Monty Python se hubieran disfrazado de borrachos por un día y hubieran hurgado en las miserias de un pasote descomunal, torciéndolo como si fuera un lápiz de goma.
Naturalmente la propuesta tiene sentido si te atreves con todo y no si juegas a repetirte pretendiendo sonar a nuevo cuando estás contando el mismo chiste en el mismo garito a los mismos chavales que te escuchan con la cerveza aguada.
El que se vaya pues a ver esta segunda entrega con la esperanza de descubrir algo nuevo, de reírse con una historia bien hilvanada o de –simplemente- disfrutar de la mejor comedia estadounidense, mejor que se vaya olvidando o que se compré la primera en dvd: más sano y más barato.

La gran aportación de Resacon 2 a la comedia moderna es un mono que fuma. Sí, un mono que fuma. Esa ha sido la gran polémica en Estados Unidos, las reacciones de los indignados (allí también hay pero son distintos) que acusaban al director de haber hecho fumar a un mono. A tanto llegó el asunto que tuvieron que salir los productores diciendo que el animal no fumaba nada sino que todo se hizo con efectos especiales.

Ya pueden respirar amigos y amigas: el mono no fumaba. Sé que se les había puesto un nudo en el estómago.

A esto hemos llegados señores y señoras, que la irreverencia de una comedia y su supuesto impacto se midiera por la cantidad de humo que salía de la boca de un mono que tiene más entidad narrativa que los tres protagonistas juntos.
“Joder, no será para tanto” dirán algunos/as de ustedes/as. Pues a lo mejor no, a lo mejor hasta me reí dos o tres veces, pero es que me cabrea ir a ver una película y encontrarme con la autopsia de un clon. Como la película ya ha superado largamente la recaudación de su predecesora nos espera –sin duda- una tercera entrega donde vaya-usted-a-saber qué aventuras acechan. Yo propongo que se vayan de fiesta a Afganistán o a Libia, el resultado podría ser esperanzador.

Piénsenlo y díganme algo.

T.G.

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