Señores y señoras,

 

¿Qué tal va todo?

 

Confieso que escribo este bonito texto con una resaca del demonio. A ciertas edades uno no debería beber determinados licores en determinadas cantidades. Así no se acaba en un bareto comiendo patatas fritas con un mejunje que podría ser mantequilla de cacahuete, mayonesa de ajo o ninguna de las dos cosas, a las tantas de la noche. Esta mañana el paquistaní de abajo me ha mirado al pasar con mi perro y me ha dicho “Tú, mal”.

 

“Tú, mal”.

 

Qué manera de tan precisa de definir mi vida. Solo dos palabras: “Tú, mal”.

 

En fin, amigas y amigos.

 

Vamos a lo importante: Isla de perros.

 

Primero debo confesar que tengo sentimientos encontrados con Wes Anderson. He visto dos veces Hotel Budapest; en una de ellas me pareció maravillosa y en la otra detestable. Debería verla de nuevo, porque aún no tengo claro si me gusta o no (sí, soy un poquito gilipollas). En cambio, Viaje a Darjeeling me parece una auténtica patochada, sin matices. Y me pasa un poco lo mismo con Life aquatic, que aunque contenga a mi queridísimo Bill Murray, me aburre soberanamente.

 

Luego está Fantástico mr. Fox, que ni fu ni fa.

 

Y eso sí, estoy enamorado de Rushmore y Los Tenembaums.

 

A esa lista (la del amor) añado Isla de perros, que para el que esto firma es un peliculón y la mejor obra de Anderson. La mejor.

 

La película rodada en stop-motion (ya saben, esa técnica de animación clásica a la que pertenecen escenas míticas de Jason y los Argonautas o películas como Pesadilla en navidad) cuenta la historia de un perro enviado a una isla habitada únicamente por criaturas de su misma especie. Allí exilian a todos los perros de una gran ciudad japonesa, por razones que ya descubrirán ustedes mismos. Y hasta ese lugar remoto, que en realidad es un vertedero, llega un niño de 12 años dispuesto a dar con su mascota.

 

Con un guión delicioso, toneladas de comedia de clase alta, un envoltorio visual maravilloso y la dirección de un tipo en el pico de su madurez creativa, Isla de perros es una delicia de principio a fin. Una de esas películas que te reconcilia con este planeta de mierda en el que vivimos. Es una película tierna, viva, divertida. Es brillante en concepción y brillante en ejecución. Es sensible pero no sensiblera, emocionante sin resultar manipuladora. Es un compendio de todo el universo fílmico de Wes Anderson sin ninguno de sus defectos.

 

La singularidad del realizador siempre ha sido una de sus grandes bazas y –por qúe no decirlo- uno de sus grandes impedimentos. Cuando la esencia es repetir “mira lo diferente que soy” en una especie de bucle eterno, uno acaba por cansarse y agarrarse a lo convencional.

 

Me atrevería a decir que en Isla de perros todo eso es superado por la calidez de una historia trazada con hilo fino. Es la vez en la carrera de Anderson en que contenido y continente se han ensamblado con mayor delicadeza y eso trasciende durante todo el metraje de un modo imperial.

 

¿Debo decir más? Yo creo que no. Vayan y disfruten de una película sencillamente redonda, a la que no le sobra ni le falta nada. Se lo pasarán pipa.

 

Hala, abrazos y abrazas.

 

T.G.

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