Queridos amigos y amigas,

 

Otro día de mierda en la tierra. Excusen mi vocabulario, es lo que tiene encender el teléfono a las 8 de la mañana y que el muy hijo de perra solo te ofrezca malas noticias. Como la mejor terapia para estas cosas es tratar de seguir haciendo lo que uno hace e ignorar la voluntad del universo de someterle a sus terribles designios, he pensado en escribir un bonito post. Una terapia inútil, pero entretenida.

 

El otro día me quedé a ver la Superbowl. No me juzguen, últimamente me cuesta dormir y me tragaría cualquier cosa. No sé mucho del rugby con casco, me hace gracia la concepción del espectáculo que tienen los americanos y no miraba un partido desde tiempos de los 49ers con Jerry Rice y Joe Montana. Bueno, digamos que sé un poco, pero no soy un gran fan y no sigo la NFL de forma regular.

 

En realidad lo que me interesaba más era ver los trailers que meten en la pausa,  cuando sale algún majadero a cantar sus cosas (este año fue Justin Timberlake) y en la tele (y en internet, cosas de la evolución) emiten los avancen de las películas más esperadas.

 

¿Cuál fue la gran sorpresa? Pues que Netflix anunció en esa pausa que no solo había llegado a un acuerdo para hacerse con los derechos de una de las pelis más esperadas del año, sino que inmediatamente después de la final, se colgaría en la plataforma. ¿Resultado? Histeria colectiva, coño.

 

Yo fui uno de los muchos, muchísimos imbéciles que picó. Fue la película más ‘cool’ del año, hasta que la vimos. Virgensanta, amigos y amigas.

 

La película se titula The Cloverfield paradox y es la tercera entrega de la franquicia Cloverfield. La primera película se llamaba Monstruoso y era cojonuda; la segunda fue Calle Cloverfield, y era aún mejor que su predecesora. La última es una cosa incomprensible, absurda, involuntariamente cómica.

 

Yo les cuento: es el año 2028 y la tierra está a punto de agotar sus recursos energéticos. Como último intento para detener el final de la humanidad tal y como la conocemos, un grupo de científicos son enviados a una estación espacial experimental para testar una fuente de energía limpia e infinita que llaman ‘la partícula de Dios’. Naturalmente, el experimento desencadena una serie de efectos inesperados que parecen bastante peores que el agotamiento de recursos energéticos.

 

Joder, pensarán ustedes/as, ¿cómo es posible que con una premisa tan interesante todo se vaya al garete de esta manera? Pues porque utilizan todo eso con tanta torpeza que uno acaba pensando que el axioma es solo una excusa para acabar metiendo en el filme toda clase de memeces que quedan justificadas ‘porque yo lo digo’.

 

Les pondré un ejemplo. Hay un momento en que uno de los miembros del equipo pierde un brazo. ¿Parece traumático, verdad? Pues no, oigan, no es para tanto. Al tipo no parece afectarle mucho y cuando descubre que el brazo que ha perdido sigue funcionando por sí mismo, pues aún menos. “Parece que quiere decirnos algo, dadle un boli” se le oye decir al tipo. No miento, no me lo invento: lo que acabo de contarles pasa en la película.

 

A partir de ahí, cuesta abajo y sin frenos.

 

Una subtrama ridícula en la tierra, toda clase de licencias absurdas en nombre del espectáculo y un final que roza el esperpento, simplemente porque trata de unir las tres películas y demostrar que todo lo que hemos visto tiene sentido.

 

El cabreo que me pillé fue épico. Pero por suerte no estaba solo. Miles de tontos indignados como yo empezaron a montar el pollo en redes en una de las muestras de odio/enojo más épicas de la historia de internet.

 

Así se escribe la historia. Un tío te para por la calle y te pregunta si puede darte con un palo en la jeta, muy fuerte. “Seguro que te gusta” te asegura. Luego, ya con la cara hecha un cristo piensas “qué coño…”. Ese tío se llama Netflix y le das dinero cada mes.

 

Abrazos/as,

T.G.

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