Tom Hanks

 

Hola niños y niñas,

 

Papá está de vuelta. Esta semana me ha tocado ir la capital del Reino, aunque no me he tomado ninguna relaxing cup of coffee sino unos cuantos relaxing gintonics. Por cierto, ¿saben ustedes que el tipo que –dice que– se inventó la frase cobró un millón y medio de euros por entrenar a la señora que dijo la frase? ¿Se imaginan lo que haríamos ustedes y yo por un millón y medio de euros?. Un servidor sería capaz de enseñar a un cactus a saltar a la comba y jugar al póquer. Lamentablemente no le sirvió a este indocumentado (americano, por más señas) para mostrar a su alumna, nuestra querida Miss Marple, el camino de baldosas amarillas hacia el noble arte de la oratoria.

 

Y así se escribe la historia, señores. De ese sujeto llamado Alejandro Blanco ya hablaremos otro día, que hoy tengo acidez de estómago.

 

En fin, no me distraigan que llevo chanclas y hablemos de lo importante: ese mojón carcelario que es El quinto poder. Una de las peores películas del año y puede que del siglo y uno de los delirios más remarcables desde que Alfredo Rubalcaba dijera hace unos días que él era el auténtico renovador del PSOE.

 

Hay muchas maneras de estropear una historia (infinitas diría yo) y El quinto poder las utiliza todas. Ahora que lo pienso, la puse a bajar de un burro en mi último post. Bueno, me apetecía hacerlo de nuevo. Además, sale Daniel Brühl, el cuarto jinete del Apocalipsis (los otros tres son Albert Espinosa, Isabel Coixet y Desigual). Soy catalán, pero sé ver los defectos de mi tierra madre.

 

En fin, aunque algunos (los listos) ya la habrán visto, les voy a hablar –aunque sea un poco– de esa maravilla que es El capitán Phillips. Vaya título de mier… flojo, por cierto.

 

La película, estoy seguro de que lo saben ustedes/as, va de la odisea de un barco mercante secuestrado por unos piratas somalíes y de la negociación hasta la liberación de estos (en realidad, no fue exactamente así, pero no quiero joderles la película con los spoilers).

 

Es una historia real (parece que el director y el guionista se han tomado ciertas libertades creativas a juzgar por las declaraciones de algunos de los marineros implicados en el secuestro) y eso puede ser un hándicap, excepto si el que está a los mandos es un señor llamado Paul Greengrass, uno de los mejores realizadores que ha dado Hollywood en lustros. Lo demostró en los Bourne, repitió en United 93 y lo vuelve a probar aquí: este señor sabe un rato de cine.

 

¿Lo mejor? Pues más allá de una dirección absolutamente maravillosa (si alguno quiere aprender cuál puede ser el uso dramático de la cámara en mano que le eche un ojo a la película) el regreso por la puerta grande de un actor descomunal llamado Tom Hanks. Joder, qué bueno es este tipo y como se merecía que alguien le volviera a regalar un lugar donde brillar. Obviamente, interpreta al capitán Phillips, y lo hace con una mezcla de sencillez y carisma tan absolutamente naturalista que uno se pregunta por qué hemos tenido que verle en gilipolleces del tamaño de Larry Crowne cuando le sale el talento por las orejas.


Hay otra cosa que me gusta mucho de la película y es el equilibrio entre buenos y malos. Era muy fácil (sobre todo para una película de estudio) caer en aquello de ennegrecer al pirata e iluminar al marinero. Hubiera sido legítimo pero hubiera llevado el filme a territorios ya transitados. El capitán Phillips otorga a los “malos” una dimensión humana que –inevitablemente– nos conduce a preguntarnos que haríamos nosotros si la única opción libre para (sobre)vivir fuera comportarnos como delincuentes. El dilema (ético y moral) ocupa una parte muy importante del metraje y sirve para dar un relieve dramático a la película que ya querrían muchos para sus desvaríos de autor o sus productos independientes.

 

En resumen: potente, profundamente humana, tensa como la piel de un tambor… sensacional.

 

Y encima no sale Daniel Brühl, ¿qué más se puede pedir?

 

Abrazos/as,

T.G.

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