http://youtu.be/W3sfXkyqOFg

¿Han ido ustedes al cine o están en misa? Que conste que las dos opciones me parecen perfectamente válidas. Además la segunda es gratis y te dan algo de comida.

 

En todo caso, salgan ustedes de casa y hagan algo de provecho, que sólo se vive una vez, damas y caballeros, porque dentro de unos meses, cuando un café valga 2.000 euros y el mundo haya quedado arrasado por el conflicto entre Corea del Norte (qué cara de mamarracho tarado tiene el niño coreano) y Estados Unidos, para salir de casa necesitarán una mascara, un traje sellado y un par de lingotes de oro, además de su pasaporte ruso, porque, no les quepa ninguna duda, dentro de dos días, todos soviéticos.

 

Espero que les guste el vodka.

 

Y, después de esta reflexión socio-política tan profunda, vamos al grano: he tenido la desgracia de ver Una bala en la cabeza y llevo arrepintiéndome desde entonces. No es que sea la primera vez (ni será la última por desgracia) que veo una mala película, pero cuando veo una mala película de un director al que amo entonces paso un mal rato. Ya experimenté algo parecido con Theward, aquel engendro de John Carpenter (mi director favorito de todos los tiempos), que me hizo llorar sangre. No es que fuera una aberración, pero, señores/as, es que hablamos de el director de La cosa, Halloween, La niebla, Golpe en la pequeña China, Asalto a la comisaria del Distrito 13, 1997: Rescate en Nueva York, El príncipe de las tinieblas, Están vivos o El pueblo de los malditos. Claro, me enseñas una memez sobre unas chicas encerradas en una especie de sanatorio y me da un jamacuco.

 

Algo parecido me ha sucedido con Una bala en la cabeza, una película dirigida por Walter Hill, aquel señor que años ha nos regaló Thewarriors, Los amos de la noche, Límite 48 horas o el guión de Alien. Es decir, un puto genio.

 

La primera cagada del buen Walter es darle el papel protagonista a ese personaje llamado SilvesterStallone. Ojo, no es que Stallone me caiga mal y reconozco que me lo pasé de coña con Acorralado y con Rocky (las primeras entregas de ambas) y que hasta encontré disfrutables Copland y Tango y Cash (sí, yo también tengo mis pequeños vicios), pero tanto Los mercenarios como los nuevos Rocky y Rambo me parecieron una auténtica gilipollez y el careto de este hombre ya no sirve para nada más que para enseñar a los niños que con los bisturís no se juega, que luego pasan cosas.

 

Hill sigue dirigiendo bien y tiene buen ojo para las escenas de acción, pero, entre un guión paupérrimo (no me hagan que se lo resuma, tengan piedad) y el impedimento que resulta ser incapaz de ver más allá del rostro (por utilizar una palabra generosa) de Stallone, la película acaba por convertirse en un rollazo épico al que parecen haberle extirpado el alma con unas tenazas. Nada funciona, ni la música, ni el vestuario, ni los decorados… nada. Encima súmale al señor Silvestre (estamos entre amigos, podemos llamarle como nos venga en gana) y ya tenemos una buena fiesta de cumpleaños con una tarta de abono… les pido disculpas por la imagen que acabo de introducir en su hipotálamo.

 

La lástima es que yo esperaba que esto fuese algo así como su retorno a la pantalla grande y en cambio parece ser su despedida. Como Richard Donner, Wolfang Petersen, Paul Verhoeven, John McTiernan o John Milius (ojo, que brutalmente brillante que es el documental sobre su persona que se estrenará el año que viene), Walter Hill pertenece a esa generación de directores maravillosos que nos regalaron cosas como Supermán, La jungla de cristal, La tormenta perfecta, Conán el Bárbaro, Starshiptroopers, Instinto básico, Lady halcón, Depredador, Desafío total o Arma letal. Un buen día Hollywood decidió que ya era hora de retirarles y de un día para otro todos ellos desaparecieron del panorama. Desde entonces el cine de aventuras ya no es el mismo que solía ser o –mejor dicho– ya prácticamente no hay cine de aventuras.

 

Con cosas como Una bala en la cabeza lo único que se consigue es que parezca que esos ineptos que firmaron la defunción de un género cojonudo sabían lo que se hacían.

 

En fin, amigos/as, ya viene la primavera y el aire huele a desahucios, ajustes, corralitos, quitas, preferentes y –también– a guerra nuclear. ¿No es un mundo maravilloso?

 

Abrazos/as,

 

T.G.

 

 

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