Hace unos meses y después de una dura ruptura con la que creí que era la mujer de mi vida, decidí que debía comprarme un perro. Estaba entre hacer un curso de fotografía y un perro, y acabé con el perro. Lo llamé Groucho, igual que el primer perro que tuve, y era un precioso labrador negro de patas descomunales. Parecía inofensivo.

Unos meses después, el perro se había comido la mitad de mi casa, incluyendo paredes, muebles, pinzas de la ropa, calcetines, camisetas y dos estufas (los cables de las estufas, para puntualizar). Un día llegué a casa y se había comido el interfono. Había tirado del cable hasta que cayó el aparato y se comió la mitad. La otra mitad me la dejo allí, como testimonio de su barbarie.

Luego procedió con los cargadores: el del teléfono, el del ordenador, el de la cámara. Y finalmente, como última etapa: los mandos a distancia. Se comió el del blu-ray (un día explicaré por qué sale más barato comprarse un reproductor nuevo que intentar conseguir otro mando), el del home cinema, y para rematarlo: el de la tele.

Compré uno de esos universales: se lo comió.

Compré otro: se lo comió.

Ese día decidí que no compraría ni un mando más. A pastar. Ya me levantaría a cambiar el canal o a subir y bajar el volumen…todo mentira.

Nadie se levanta a cambiar el canal o a subir y bajar el volumen. Si alguien intenta que eso parezca realista en realidad está mintiendo como un bellaco.

Así que dejé la tele en un canal que me pareció razonable: el 23. Allí tengo Mega. Además -pensé yo- está a solo un click del 24 (Energy) y a dos de Divinity, que puede hacer que odies el universo gracias a sus problemas de gemelos atractivos que parece que van a arreglarte la casa pero siempre acaban encontrando una de las plagas capitales en cuanto arrancan el primer pedazo de parquet.

Cuando uno está desesperado siempre suele darse la razón a sí mismo con más facilidad: “He tomado una buena decisión” me repetí varias veces. Me levantaba por la mañana, encendía la tele (trabajo en casa) y en el 24 daban Hospital Central. En ese sitio se folla más que en Anatomía de Grey y mueren más personas que en The walking dead (no sé si lo uno es la consecuencia de lo otro). Además, tiene la voz en off más molesta de todos los tiempos: la de un tío que no sé si es enfermero o médico, que al final del episodio reflexiona sobre lo sucedido con la profundidad de un mapache al que acaban de golpear con una pala (he creído entender que el tío tiene un blog, o un diario, o un canal de youtube, y que esa es la excusa para que al final de cada episodio quieras salir a la calle a asesinar aleatoriamente a algún transeúnte).

Cuando no daban Hospital central, daban El comisario. Cuando no Rex. Cuando no CSI. Ahora dan Smalville. Dan más cosas, pero no las recuerdo. Algunas de las personas en esas series diría que me miran y piensan: “Por favor, sácame de aquí”.

La cuestión, amigos y amigas, es que por culpa de mi perro cada vez que quiero cambiar el canal tengo que hacer el mismo esfuerzo que un tipo de dos metros encajando en un asiento de vueling, pero -gracias a él- me he librado de ver Tele 5, Antena 3, TVE, La Sexta, La 2, TV3 y Cuatro. No he visto las noticias en meses. Gracias a mi perro, me estoy perdiendo las horas más oscuras de este país y en su lugar veo series malas, programas de empeños, gemelos que construyen casas y unos gordos que compran trasteros abandonados en Texas.

Al final, si que me salvó la vida el muy cabrón.

Gracias, Groucho.

Abrazos/as,

T.G.

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