latigazo

 

 

Sí, lo sé, me lo merezco. Prometí y no he cumplido. Aguantaré sus insultos y menosprecios sin parpadear pero intentaré establecer mi coartada. Como si esto fuera un episodio de Perry Mason.

 

Me fui a Toronto perjurando que les explicaría qué tal estaba Rush en cuanto la viera. Ese fue mi juramento y me disponía a cumplirlo sin demora. ¿Qué pasó? Yo nunca había estado en Toronto (en la ciudad sí, en el festival no) y mis planes se fueron al traste tan pronto como pisé la ciudad.

 

La primera película que fui a ver transcurrió tal que así:

 

-Hola, ¿es esta la cola para Prisoners?

-Sí, pero tiene usted que ir al final.

-¿Qué final?

-Siga la cola.

 

Cuatro calles después llegué al final de la cola.

 

Al día siguiente tuve que entrevistar al reparto de la película (Hugh Jackman, Jake Gyllenhaal, Maria Bella, Paul Dano, Terence Howard, etc.) y estuve seis horas encerrado en un hotel. De las tres películas que quería ver vi una. Era una mierda. No era Rush.

 

Ese día, el 6 de septiembre, un servidor tenía que haber visto Rush para contársela a ustedes querido público. En lugar de eso acabé en un hotel fantaseando con que un señor con un cinturón de explosivos y un turbante entrara, gritara alguna frase en árabe y me librara de aquel infierno. Sí, quizás exagero un poco, pero la decepción que iban a sufrir ustedes, cuando les dijera que no había visto la película que les quitaba el sueño, lo merecía.

 

Ya no pude verla en ningún otro pase. Todo se me cruzaba, mezclaba y pisaba. A veces tenía dos y tres entrevistas a la misma hora y llegaba tarde a todas partes.

 

(Si ya les ha empezado el llanto pueden dejar de leer, ir a coger un pañuelo y volver enseguida, aún no he acabado.)

 

Llegué sudado y tembloroso a entrevistar a Jessica Chastain y estuve nervioso todo el tiempo porque llegaba tarde a entrevistar a Scarlett Johansson y ello conduciría irremediablemente a un gran retraso en mi entrevista con Naomi Harris.

 

¿Me entienden ahora? ¿Me entienden? (Ahora estoy llorando yo.)

 

Esta triste historia se repitió durante una semana: esclavo de una agenda inhumana, diseñada por un cirujano nazi o un político español. Cuando por fin me liberé, sólo daban películas de mierda o sin ningún interés, y hasta alguna europea, de esas de autor.

 

Ahora he vuelto y veo que han estrenado la película en cines de toda la piel de toro. La duda me carcome: ¿aún desean ustedes mi opinión? Si es así me acercaré a un cine próximo, pagaré mi entrada y mañana mismo se la ofrezco. Si no es así, y desean ustedes arrancarme la piel a latigazos o hacerme cosquillas en los pies con un soplete industrial, sólo es necesario que se pongan en contacto conmigo y pasaré por sus respectivas casas a recibir mi –merecido– castigo.

 

Hablen sin miedo. Estoy preparado.

 

Besis,

T.G.

 

 

 

 

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