Este fin de semana se estrena The fighter (creo que en nuestro país la van a titular justamente así: The fighter). Hablé en su momento de ella y comenté que en mi –sesgada- opinión podía ser la mejor película de boxeo de la historia del cine. Y digo “podía” porque por medio está Toro salvaje y cuando oigo ese título me pongo de pie y alzo la mirada al cielo.

Así que lo dejaremos en que es una de las mejores pelis de boxeo de la historia del cine y una de las mejores pelis que veremos este año en nuestro país.

La historia de The fighter no pasa por ser un prodigio de originalidad pero al estar basado en una historia real (con todas las licencias que se toman en estos casos, ya saben, a veces la vida real no es lo suficientemente emocionante) se acepta pulpo como animal de compañía: las historias sencillas si se cuentan bien no tienen porque ser simples (ejemplo: la mayúscula Una historia verdadera, de David Lynch).

Este es el caso de este filme, dirigido por David O’Russell (que a mi ya me gusto –y mucho- en Tres reyes) y protagonizado por Mark Wahlberg, Christian Bale, Melissa Leo y Amy Adams.

Vamos por partes: Wahlberg esta magnífico, medido, regio, sólido, detallista. Su papel de boxeador fundido por las circunstancias nos da una idea de lo que este chaval (listísimo, que nadie lo dude) puede llegar a conquistar cuando el material es bueno.
Leo, una actriz semi-desconocida para el gran público es una auténtica sorpresa: una señora de pinta ridícula, madre del personaje de Wahlberg, que trata de hacerle de manager sin saber nada de nada. Es odiosa y entrañable a partes iguales, una perdedora a la que parece haber peinado su peor enemigo. Ojo al Oscar que se acerca peligrosamente a sus dominios.
Amy Adams, acostumbrados como estamos a su sonrisita y su mirada de “ay, que contenta estoy de que el mundo sea tan bonito y agradable y que de todos nos queramos tanto” va y se sale. Su papelón de tipa fuerte, casi despiadada pero con un punto dulce, tan decidida que no la pararías ni con un tanque es lo que le hacía falta para demostrar que puede hacer lo que le de la gana y quedarse tan ancha.

Y luego está Christian Bale. Bueno, de Bale uno no sabe nunca que decir porque afirmar a estas alturas que es el mejor actor de su generación es quedarse corto. No es solo que tenga la entidad suficiente para comerse cualquier papel (ya sea el de Batman o el de un mecánico que pesa veinte kilos) sino que ha llegado a un punto de gracia en el que es capaz de combinar su descomunal energía como intérprete con la sensibilidad de una bailarina. Los matices que le da a su personaje, el hermano de Whalberg, un yonqui al que darías de tortas un minuto y abrazarías al minuto siguiente, son de tal calado que mucho después de que haya acabado el filme sigues pensando en su jeta, en su coronilla, en su forma de hablar, en su sonrisa. Tanto talento no cabe en ese tipo y supongo que por eso está tan absolutamente chiflado (cualquiera que le haya entrevistado sabe a que me refiero, esa sensación de que te han puesto en la jaula con un tigre de bengala y te han asegurado que no pasa nada, que está amaestrado, hasta que te das cuenta de que como hagas un mal gesto el tigre amaestrado te arrancará la cabeza) y es capaz de pasearse por cualquier película con esa insultante sensación de superioridad.

El Oscar a mejor actor secundario ya tiene nombre.

The fighter es una de esas películas por las que vale la pena ir al cine señores/as, no quiero contarles mucho más, excepto que el cine se hizo para cosas como esta.

Si encima les gusta el boxeo ni les cuento, yo la fui a ver con un amigo que se dedica al pugilismo y me dijo “está de cojones” y viniendo de él, hombre de pocas palabras, me sonó a “obra maestra”.

Y con esto y un bizcocho,

T.G.

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