¿Qué tal, señoras y señores?

No podría juzgar demasiado bien la carrera de Daniel Radcliffe. No he podido tragarme ninguna película de Harry Potter pero esta misma noche pienso remediarlo empezando la primera por décimo-tercera vez. Las otras doce ocasiones en los que lo intenté me quedé dormido, pero estoy seguro de que esta será la buena.

 

Mi hermana era tan fanática de Potter que en casa no podía verse otra cosa y cada vez que ponía el pie allí tenía que tragarme sus peroratas sobre el maldito aprendiz de mago. Así que supongo que me pasa con él, algo similar lo del queso: mi abuela me obligaba a comerlo de pequeño y ahora no lo soporto. Lo sé: es muy duro.

 

Lo único realmente potente que he visto de Radcliffe (que por si algún despistado no lo sabe, es el actor que interpretaba al niño mago en la saga) es cuando me regalaron entradas para gozar de su papelón en  la obra de teatro Equus, en el West End londinense. Allí presencié a un actor con un gran potencial dramática tratando de alejarse a toda velocidad de alejarse del papel que había colonizado su adolescencia y –posiblemente- su carrera. Y eso que el tema se las traía: un psiquiatra tratando de reparar la avería de un chaval enamorado de un caballo.

No, no me lo invento.

 

Luego le vi en una peli en la que hacía de agente del FBI infiltrado en un grupo neonazi (él hacía lo que podía pero la película era un desastre) y en Horns, aquella adaptación del libro de Joe Hill (hijo de Stephen King) en la que a un tipo le salen unos cuernos que obligan a todo el que se cruza con él a decirle la verdad: él hacía lo que podía pero la película era un desastre (bis).

 

Hoy he visto Jungle, la película que Radcliffe ha estrenado en Itunes (ya saben, la modernidad) y que es una especie de mezcla de La presa con La playa y un mucho de Naufrago. Va de un tipo al que toman el pelo para irse a una jungla en el quinto coño y luego –por circunstancias que no vamos a desvelar- dejan allí tirado sin más ayuda que la de los ornitorrincos que corren por ahí. ‘¿Y qué tal?’ Se preguntará alguno de ustedes antes de irse a dormir o recién levantado. Pues: él ha hecho lo que podía pero la película era un desastre.

 

La peli forma parte de ese género en la que el actor debe (auto)destruirse para transmitir al espectador el sufrimiento que está padeciendo. Ya saben, un tipo abandonado en un entorno agresivo que debe hacer lo imposible por sobrevivir. Sin embargo, Tom Hanks y Daniel Day-Lewis resultan extremadamente creíbles en un contexto similar pero a Radcliffe le cuesta bastante más.

 

No es que el hombre sea mal actor, es que el tío tiene el mismo problema que Elijah Wood: esa cara de niño que no puedes tapar ni con una barba, ni con un gorro, ni con una operación de cirugía estética. Y es una putada, de verdad, pero es que le miro y sigue apareciendo el crio con la varita mágica. Quizás soy yo (no descarto nada) pero es que no puedo evitarlo.

 

Ese gigantesco problema hace desaparecer de mi mente cualquier atisbo de credibilidad que pudiera merecerme el personaje y hace que mire la peli desde una milla de distancia, con el escepticismo de un traficante de drogas colombiano mirando la segunda temporada de Narcos y pensando para sus adentros: ‘¿Pero qué mierda me estás contando?

 

Así que la he visto, se la he contado y ahora voy a empezar (otra vez) la saga de Harry Potter, porque de verdad quiero que me convenza este chaval. No sabría decirles por qué, pero le tengo cariño, queridos lectores/as.

 

De lo demás, ya saben, en boca cerrada no entran moscas.

 

Abrazos/as,

T.G.

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