Queridos y queridas,

 

¿Van sobreviviendo ustedes al Mundial? Yo apenas. En mi círculo hay mucho futbolero irredento que considera necesario tenerme al día de los diversos partidos y resultados. Estoy pensando en bloquearles a todos, los muy hijos de su madre.

 

Como ya les dije en mi anterior post, esta semana que viene se estrenan sobre todo cosas pequeñitas y en la siguiente estaremos igual. Cosas del fútbol.

Pero como también les dije, en medio de esta debacle de los grandes estudios a los que acojona el deporte rey, se pueden encontrar auténticas joyas.

 

Una de ellas se estrena este viernes y se llama Tully. La firma Jason Reitman (hijo del gran Ivan Reitman, que –entre muchas otras cosas- era el maravilloso Igor de Los cazafantasmas), que llevaba ya un tiempo sin asomar la cabeza. La última que le recuerdo era una peli con Kate Winslet y Josh Brolin que era un desastre sin paliativos. Y solo la recuerdo porque tuve que ir a Londres a hacer las entrevistas a los actores y Brolin me dio mucho miedo.

 

Por cierto, el carrerón de Brolin este año es desmesurado: Thanos en Infinity war y Cable en la segunda entrega de Deadpool. Ahí es nada.

 

La cuestión es que vuelve Reitman, que se hizo famoso por Juno. Aquella película sobre una adolescente deslenguada que a mí no me entusiasmo, pero que al mundo en general le pareció estupenda. Luego solo le he visto medianías y cosicas reguleras, hasta que ha llegado Tully.

 

Esta película escrita por Diablo Cody (la habitual de Reitman), cuenta las vicisitudes de una madre de tres, interpretada por una fabulosa Charlize Theron, a que la vida le va grande. No puede con su alma, no tiene energía ni para ir al súper y debe cuidar de tres demonios mientras su marido trabaja. La historia de muchas mujeres en todo el mundo (y de muchas de nuestras madres, aunque gracias a Dios los tiempos han cambiado… o están cambiando). La cuestión es que el hermano de la protagonista decide que va a intentar ayudarla contratando a una niñera de noche. La niñera (una actriz inmensa que en un par de años estará arrasando, Mackenzie Davis) resulta ser el antídoto perfecto a ese momento de la vida en que todo parece ponerse cuesta arriba sin que llegue jamás el final de etapa.

 

Tully es ideal como comedia con un punto de drama, pero –sobre todo- es una brutal reflexión sobre la maternidad, sobre sus altos y sus bajos, sobre lo complicado de vivir una vida monopolizada por algo que amas y deseas, pero que te consume.

 

Me ha gustado mucho Tully, me ha gustado su manera de hilar un discurso coherente que se sitúa en la dicotomía producida por una contradicción evidente:  1) lo bonito que es ver crecer algo que has engendrado; 2) que eso que has engendrado exprima tus recursos físicos y emocionales, llegando a provocar un planteamiento vital virtual que se plantea una vida sin esas ataduras. Es un tema casi tabú, porque parece que la maternidad no tiene ningún inconveniente y que cada vez que una madre abre la boca para contar que sí, que hay un conflicto inherente entre el desarrollo personal y la parentela, los padres fundadores de la ética y la moral se le lanzan a la yugular.

Es una peli pequeña, muy bonita, francamente divertida, paradójicamente seria y tremendamente entrañable. Uno de esos filmes que pasan desapercibidos y que todos/as deberíamos ver, para hacernos una idea de que hay otros mundos y que también vivimos allí.

 

Recuerden: Tully. Vale la pena.

 

Abrazos/as (a las madres, sobre todo),

T.G.

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