Hola amiguetes y amiguetas,

 

¿Qué tal están? Ayer no miré Eurovisión. Me hubiera gustado, pero coincidió con una maratón de La casa de empeños y me fue imposible. En cuanto salen el viejo, Chumlee y Rick, me pierdo. He sabido que la apuesta de TVE no quedó demasiado bien en la clasificación y lo siento por los chavales, que me caen bien. Además, en cuanto he visto que lo más retrógrado de este país ha empezado a cargar contra ellos, les he cogido aún más cariño. Espero que tengan una larga y provechosa carrera y una buena vida lejos de las garras de los mamarrachos.

 

Dicho esto, abróchense el cinturón porque esta semana empieza el desembarco estadounidense de blockbusters que solo tendrá una pausa durante la celebración del mundial de Rusia (otro evento que me la trae al pairo hasta extremos insospechados) y que promete convertir 2018 en el año más provechoso para Hollywood después de que 2017 fuera más bien regulero, sobre todo por el reventón de Star wars en China, país en el que la película (que a mí me encanta) se dio la hostia de su vida.

 

Este fin de semana llega Deadpool 2. He visto solo fragmentos de la película (que tienen  guardada bajo 17 llaves, lo que no siempre es bueno, pero no tiene por qué ser malo) y promete tanta diversión como el original, que fue un –merecido –exitazo en todo el mundo, gracias a un protagonista en estado de gracia y a una mala leche que no habíamos visto aún en ningún comic mainstream (lo de Kickass es para comer aparte, obviamente) y que no tenía problemas para atravesar todas las líneas rojas que pueblan habitualmente el cine de superhéroes.  Y esto empezaba con un señor llamado Ryan Reynolds, por el que nadie daba un duro como personaje principal. ¿Por qué? Porque se había hartado de hacer películas de mierda en las que hacía de guapo entrañable.

 

En Deadpool nuestro amigo Ryan sale ,o bien desfigurado o bien con máscara, toda la maldita película, y estoy casi seguro de que su agente le desaconsejó aceptar la película, ya que esta acabaría con su imagen de sex-symbol. ¿Y saben qué? Efectivamente enterró su imagen de sex-symbol y le proporcionó una mucha mejor: la de un cachondo mental. La de un actor sin complejos al que nadie había visualizado como nada más que un tipo guapo medio gilipollas.

 

Deadpool era una salvajada, con chistes de una faltosidad sin límites, llena de referencias a la propia carrera de Ryan (lo que dice mucho del sentido del humor del actor) y una verdadera joya para los fans del comic hartos de la corrección política que parece imperar en algo que podemos considerar por méritos propios un género en sí mismo: el cine de superhéroes.

 

De lo visto puedo deducir que esta segunda parte sigue la misma línea que la primera, sin miedo de pisar callos, ancianas, niños y seres vivos de toda clase y condición. Además, incorpora a uno de los tipos más intimidantes que he entrevistado, el señor que interpreta a Thanos en la magnífica Infinity war y al que considero un actor supremo: Josn Brolin. Brolin es uno de esos hombres capaz de robarle la función a cualquiera y para darse cuenta basta con ver No es país para viejos o Sicario, dos películas de un calado descomunal en las que Brolin se lo come todo. En Deadpool hace de malo. Otra vez.

 

¿Hace falta decir algo más?

 

Y nada, que la veré esta semana y les contaré.

 

Pórtense bien.

 

T.G.

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