Señoras y señores,

 

¿Qué tal están?

 

Espero que sean muy felices, más que nada porque alguien tiene que compensar lo mío.

 

Ya estoy casi recuperado de lo de los Oscar. Ahora me falta recuperarme de lo demás.

Me levanto con las lamentables (y terroríficas) imágenes de toda esa turba de cavernícolas aparcados frente a un cuartelillo exigiendo que les entreguen a una sospechosa. Supongo que a esto hemos llegado, a revisitar la edad media. Personalmente, eché de menos unas cuantas horcas y algunas cuerdas, para darle al asunto un toque aún más primitivo.

 

A ver si llega ya el meteorito, que nos hace mucha falta.

 

(Por cierto amigos de TVE, no se pueden sacar menores en televisión amenazando a nadie con pancartas que ponen ‘asesina’. De hecho, no se pueden sacar menores en televisión. Si la memoria no me falla o las reglas han cambiado, claro. Lo digo por mejorar un poco el jodido telediario de mierda que hacéis)

 

Pero bueno, aquí hemos venido a hablar de cine aunque lo que me apetezca sea planear la extinción mundial. Sin distinción de género, ideología o religión. De clase sí: esos putos ricos serán los primeros en sufrir mi ira.

 

Me desvío.

 

El fin de semana pasado me acerqué al cine a ver La muerte de Stalin sin demasiadas expectativas. Bueno, miento. La verdad es que me esperaba pasármelo bien teniendo en cuenta que detrás del asunto estaban un buen número de cabrones y cabronas británicos y británicas que habían sido responsables de –entre otra cosas- The thick of it, una de mis series políticas favoritas de todos los tiempos.

 

La película cuenta la fratricida batalla que explota en la URSS inmediatamente después de la muerte de Stalin, cuando todas las familias del régimen unidas por el miedo al dictador empiezan a luchar entre si para hacerse con el control del imperio.

Ya, ya sé, parece muy serio, ¿verdad? Pues no, oigan. En realidad es un divertidísimo vodevil sobre la política y el poder, que encuentra la comedia en la verdad. La verdad es el caos que se desata en cualquier país de régimen forjado a sangre y fuego cuando muere el que lo forjo a sangre y fuego (otro ejemplo por aquellos lares sería la muerte de Tito que desemboco en el desmembramiento de los Balcanes y las masacres posteriores).

 

La muerte de Stalin nos enseña las vergüenzas de un régimen en el que todo era personalismo y lo único que importaba era el jefe. El momento de la votación en el Politburó (tan delirante que solo puede ser verdad) o el instante del hallazgo del cadáver del dictador, son perfectos ejemplos de la brillantez de esta película en su capacidad para esquematizar todo aquello que está podrido en el alma humana. Seguramente hay mucha gente por ahí que es todo nobleza y parabienes, pero la mayoría (siento ser tan pesimista) formarían parte de esa turba que antes mencionaba y que no sienten ningún tipo de vergüenza al hacerlo y luego irse a casa a tomarse una cerveza bien fría. Qué coño, hasta yo he sentido ansías de venganza alguna vez. De eso, de las manchas oscuras que a veces nos nublan el juicio, y de cómo si juntas muchas de esas manchas oscuras te sale un político, habla La muerte de Stalin.

 

Si les apetece un complemento directo a la película, no dejen de mirar The looming tower. Es la serie de Amazon sobre el tremendo desbarajuste en los meses previos al 11-S y como esa descoordinación entre la CIA y el FBI, y en general en toda la red de espionaje estadounidense, degeneró en el peor atentado de la historia del hemisferio occidental. Y puede que del Oriental también, aunque para eso deberíamos encapsular el significado preciso de la palabra ‘atentado’.

 

Échenle un ojo, va.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 

 

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