Queridos y queridas,

 

Qué tal están?

 

Acabo de leer a un papanatas diciendo que Indiana Jones y el templo maldito y Up son películas que no valen tanto la pena. Me dan ganas de ir a su casa, atarle a una silla y ponerle las dos pelis en bucle hasta que le explote el cerebro.

 

Lamentablemente, no sé dónde vive.

 

Voy a seguir mi repaso de los Oscar (o sea, las películas que creo que competirán por la estatuilla dorada) con otra de mis favoritas, Shape of water. En España se estrena el 16 de febrero pero me apetece hablar de ella ya. Y en este dojo (que diría el malo de Karate Kid) se hace lo que yo se diga.

 

La forma del agua (que es como se va a titular en español) es una película de Guillermo del Toro. Del Toro es un tio que me fascina incluso cuando las cosas no le salen bien. Tiene tanta personalidad, y sus películas son tan singulares, que no me importa que no sean perfectas. Probablemente, su propia naturaleza les impide serlo. Las pelis de Del Toro tienen tanto de su director, que o te sumerges en su premisa o te parece que te están hablando en chino.

 

Me pasó con pelis fallidas como Mimic, y en cierto modo con otras que me gustan pero a las que veo flojear a medida que transcurren, como Pacific rim o Hellboy 2. Sin embargo, cuando veo en pantalla grande cosas como Cronos, Hellboy, El laberinto del fauno o esta preciosa La forma del agua, me reconcilio con su cine de tal manera que volvería a tragármelas todas de nuevo.

 

No sé en qué lugar colocaría La forma del agua dentro de su cine, pero lo que sí puedo decir es que es una película fascinante, provocadora, osada y hasta radical. Habla de una limpiadora muda (maravillosa Sally Hawkins) que trabaja en una instalación secreta del gobierno estadounidense en los años 60. Allí llega un día una criatura con la que los científicos de la instalación pretenden experimentar.

 

Con estos elementos y un pegamento que aúna lo onírico y la fábula (la de Chaucer, la de Poe, la de Borges), Del Toro construye uno de los relatos más bonitos, mágicos y rotundos que yo le recuerdo al séptimo arte. La escena –sin querer hacer spoilers- en la que Hawkins inunda el baño de su casa, o la relación de su personaje con el de Richard Jenkins, o la manera (delicadísima) que tiene el director de sugerir la relación de la bella y el monstruo, son de una belleza desarmante.

 

El mexicano es también capaz de introducir su particular sentido del humor y de inyectarle al filme algo del realismo mágico que tan bien ha casado con el cine latino-americano en el pasado. No quiero dejarme en el tintero a Michael Shannon, un tipo que lo hace todo bien y que construye un villano que mataría a James Bond disparándole en la cara y ya luego le contaría su plan para conquistar el mundo.

 

En fin, señores, una gozada cuya guinda es la descomunal banda sonora compuesta por el no menos descomunal Alexandre Desplat y que a mí entender es la candidata incontestable al Oscar en su categoría.

 

Apúntenla en la agenda, esta no pueden perdérsela.

 

Hala, sean bueno/as.

 

Abrazos/as,

T.G.

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