gravity

 

Hola amiguetes/as,

 

No se quejarán, tres posts en menos de diez días: estoy que me salgo.

 

Bien, hoy voy al grano.

 

Gravity: obra maestra.

 

Ahora ya lo puedo decir, ya que, cuando la vi hace unos tres meses en Londres y me dejé la camisa llena de baba, me hicieron firmar un papel en el que prometía no abrir la boca hasta que la estrenaran y, como adoro que me lleven a sitios a ver películas cojonudas, no tuve más remedio que callarme.

 

Seguramente, muchos de ustedes ya la habrán visto a estas alturas pero –por si acaso– advierto que hay ligeros (lo que yo tomo por ligeros) spoilers. En realidad la imaginería (quizás debería decir hiperrealismo) visual es tan brillante, tan sofisticada, tan jodidamente brutal que, aunque les contara el guión entero, seguiría sin haberles desvelado nada.

 

¿Qué es Gravity? Pues miren, justo después del mencionado visionado en Londres, nos juntamos con algunas personas de la productora para comentar nuestras sugerencias de cara a la campaña de marketing de la película. En primer lugar, Gravity no es ciencia-ficción y eso es algo que tiene que quedar claro: toda la película está basada en hipótesis que son perfectamente factibles. ¿Un accidente causado por basura espacial? Cualquier día de estos. Así pues, vender el filme como una epopeya (en cierto modo lo es) de ciencia-ficción sería un desastre. Por el otro lado, ¿cuántas películas que acontecen en el espacio pueden ser consideradas un thriller o un drama por encima de su condición de pertenencia a un género? Las hay, claro, empezando por 2001, que trasciende ampliamente el formato, pero no es fácil venderlas. De hecho, un día se lo contaré, hay un precioso ensayo sobre la película que afirma que el gran éxito de la película de Stanley Kubrick es que a los jóvenes americanos les parecía casi un acto de rebeldía ir a verla, porque sus padres la encontraban insufrible (además del componente psicodélico  el auge del LSD en ambas costas de los Estados Unidos).

 

Pero no nos desviemos: la fábula espacial (porque tiene un componente espiritual innegable, amplificado por el propio escenario del relato) de Alfonso Cuarón no puede medirse en términos convencionales. Por eso, en aquella reunión, yo dije que la película era tan gigantesca, tanto en intenciones como en resultados, que debería venderse como un enigma, porque, si se publicitaba como una película de ciencia-ficción, se perdería un buen montón de audiencia y, si se decía que era un drama espacial, sería aún peor.

 

Al final, no es mérito mío, pero creo que la campaña de publicidad ha sido absolutamente brillante: focalizada en el factor humano y en la excelencia (créanme que es así) del formato tridimensional. Pocas veces se ha visto un uso tan inteligente de las tres dimensiones, con momentos de un impacto visual (la primera –y la segunda– tormenta de objetos) tan enorme que resulta difícil asimilar todo lo que está pasando en la pantalla. Creo que la expresión “colapso sensorial” es la que le hace más justicia a la película.

 

¿Los actores? Pues, sin compartir el entusiasmo desmedido por Sandra Bullock (muchos ya la ven levantando el Oscar y yo no soy de esos), debo convenir que hace un trabajo magnífico. Sin embargo, George Clooney se la come viva en cada escena que comparten y a él sí que deberían llevarlo en hombros hasta la estatuilla dorada. De todos modos, que quede claro, su oficio es excelente. En ambos casos.

 

Y en cuanto al resto: pues vayan y flipen. No habrán visto un espectáculo así en lustros.

 

Si no les gusta, no les devolveré el dinero porque no lo tengo, pero escucharé sus quejas con atención y les contestaré con desdén a continuación.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 

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