¿Qué tal señores y señoras?

 

¿Hablando aún del interesantísimo debate sobre el estado de la nación? No me extraña, es lo más apasionante que he visto desde la última película de Isabel Coixet.

 

Para seguir con mi tono positivo de las últimas semanas ayer me fui al velatorio de un amigo que había acabado de cumplir los 50. Hace seis días (seis) me dijo que se encontraba mal y que debía ser cansancio (el hombre era un currante). Murió antes de ayer. Eso es lo que duró en el hospital.

 

¿Saben? A veces veo a los políticos destinar partidas millonarias a supuestas campañas de concienciación, o a gigantescas obras de arquitectura o a rotondas con barco, mientras que o científicos se ven obligados a buscarse la vida. Luego veo a un buen amigo morir de un cáncer tan agresivo que no le ha dejado vivir una semana y me pregunto si realmente se hace todo lo posible para erradicar la enfermedad, para prevenirla o para detectarla. Y no entraré aquí en mi opinión real para que no me tachen de demagogo, pero la multiplicación de casos de cáncer, especialmente en mujeres jóvenes, debería conllevar algún tipo de reacción.

 

Por supuesto, en un país que durante meses ha dejado morir a de hepatitis C -aun teniendo la medicación para parar el golpe- tampoco le vamos a pedir peras al olmo. Sí, ya sé que algunas enfermedades son imparables pero me gustaría mucho que dedicaran más tiempo a preguntarse por qué lo son y menos dinero a sus gilipolleces.

 

Descansa en paz, Manel.

 

Lamentando empezar este post con una nota póstuma, hablemos de la película de la semana. Y del mes.

 

No sé si les he hablado alguna vez de mi devoción por Mark Millar.

 

Millar es un cabrón escocés con una mala hostia diabólica y que decidió desde bien joven dedicarse a escribir guiones de cómic. El hombre se hizo famoso por Kick- Ass (y la película consecuente) y –sobre todo- por los Ultimates, una revisión de Los vengadores que reventó las de tebeos, trascendió el ámbito de la novela gráfica y le colocó de golpe y porrazo en todas las quinielas de los aficionados al cómic.

 

Si quieren ustedes empezar por algo realmente espectacular (y uno de mis comics favoritos de los últimos años) cómprense El viejo Logan, una maravillosa fábula sobre una América muy distinta de la actual en la que un Lobezno envejecido que hace 20 años que no saca las garras recorre el continente en busca de una respuesta. Un magistral que merodea por el universo Marvel con una inteligencia insultante.

 

Corran a su tienda de cómics. Bueno, mejor por la mañana que igual han cerrado… malditos gandules.

 

Todo esto viene a colación por el estreno de la adaptación de otro de sus cómics: Kingsman: The secret service.

 

La película la historia de un crápula adolescente metido en mil líos que se ve metido en una misión que incluye agentes secretos, súper-villanos y mujeres sumamente atractivas con cuchillas en los pies… o pies en forma de cuchillas.

 

Con un reparto impresionante que incluye a Sofia Boutella, Mark Strong (qué grande este ), Samuel L. Jackson y un imperial Colin Firth, en uno de los papeles más cachondos que le recuerda un servidor. Huelga decir que los efectos especiales son de sobresaliente y que el diseño de producción no tiene nada que envidiar a ningún Bond.

 

Kingsman es una de esas películas que recuerdan al espectador que es posible hacer cine comercial de primera clase con el que olvidar – dos horas- la cantidad de porquería que tiene uno que tragar en su día a día.

 

Y con

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