Siempre estoy pidiendo disculpas por lo mismo pero déjenme que me repita: siento no haber actualizado estos últimos días. Me encuentro ahora mismo en Los Ángeles haciendo el burro, trabajando cuando me dejan y molestando siempre, como tengo por costumbre.

Lo peor de estar en Los Ángeles es… estar en Los Ángeles. Un día me pararon camino de Century City porque estaba caminando. Un policía me dijo –literalmente- que era “sospechoso caminar en Los Ángeles”. Intenté convencerle de que en casa camino a todas partes y de que el camino desde mi hotel a mi destino final era relativamente breve así que no había razón para no hacerlo. “Nadie camina en Los Ángeles” fue su frase final antes de devolverme mi pasaporte. Supongo que sino lo hubiera llevado habría acabado en comisaría. Ya se sabe, todos los terroristas van a pie.

Dicho esto, déjenme que les cuente lo mejor de esta ciudad: el cine. Sí, el cine. He ido a ver un montón de películas, un auténtico montón. Me he tragado Blue Valentine, The Fighter, True Grit (de nuevo) y Rabbit Hole. Y joder –con perdón- que atracón de buen cine: valiente, relevante, profundo, brutalmente auténtico.

En España son ahora las cuatro de la mañana y mi cuerpo sigue notando los efectos del maldito jet lag pero déjenme que les cuente algo: hoy he visto al ganador del Oscar al mejor actor secundario, su nombre es Christian Bale y –simplemente- no tiene ninguna competencia.

Esta tarde me ha acercado a los AMC de Wilshire Boulevard en Beverly Hills. Son unos cines de solo cuatro salas (no esas ridículas salas de cuarenta asientos que abundan en España donde la cabeza del de la primera fila es más grande que la pantalla y el sonido está laboriosamente estudiado para resultar inaudible) donde se pueden ver películas junto a gente educada que no parece que esté esnifando las palomitas en lugar de metérselas en la boca. No había demasiado para escoger así que he cazado la película que más me apetecía y la que me quedaba por ver: The fighter.

No he conseguido averiguar cuando se estrena la película en España, espero que no tarde mucho pero – de cualquier manera- volveré a ella en cuanto aterrice en las salas españolas. De momento quiero decir que esta obra maestra es una brutalidad fílmica de tal calibre que en algunos momentos me he sentido como si Tyson me estuviera abofeteando.

Seguro algunos pensarán que exagero pero The fighter podría ser la mejor película de boxeo de la historia del cine.

De eso hablaremos en su momento pero ahora me quedo con el papelón de Christian Bale, un actor cuyo talento solo es igualable a su inestabilidad mental (léase “que está como una cabra”). Su personaje en The fighter, el adicto al crack que trata de enderezar su vida torciéndola aún más, es una maravilla, un trabajo de tal profundidad que viéndole asomar su jeta de drogata en la pantalla uno no puede evitar pensar en lo grande, lo inmenso, lo descomunal que puede ser el séptimo arte cuando los astros se confabulan.

Bale construye un personaje de tal complejidad que los demás candidatos al Oscar –en un mundo ideal- no deberían de tener ninguna posibilidad. Bale es un adicto: su manera de moverse, de hablar, de respirar, de mirar… si no supiera que este tío es un actor pensaría que habían fichado a un adicto al crack para el papel.

El cine está vivo señores y señoras, y últimamente me ha dado varías patadas en el culo. ¿Y eso por qué? Por hablar mal de él, por ver tantas pelis malas, por todo.

Las últimas ocho películas que he visto (El discurso del rey, 127 horas, Animal Kingdom y Never let me go – la preciosa película de Mark Romanek- más las cuatro antes mencionadas) han resultado ser jodidamente buenas.

Así da gusto, coño.

Volveré pronto, lo prometo.

T.G.

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