Bueno chavales/as,

Hoy es la noche de los Oscar.

He de advertir que a mi me importan dos pitos las estatuillas, los peinados, los vestidos, Penélope, Cameron y compañía. Nunca me ha atraído el cine por el glamour o por los premios. Es más, las mejores interpretaciones que he visto en años en una sala han salido andando del palacete ese de Los Ángeles sin premio de ninguna clase.

Uno se llamaba Bill Murray, que me llegó hasta el tuétano con Lost in translation y que vio como el premio se lo llevaba el flojeras de Sean Penn por Mystic River. Pues vale, con su pan se lo coman, porque Bill Murray le daba mil vueltas (mil) al señor Penn.

El segundo fue Mickey Rourke, que no ganó por The wrestler. ¿Y adivinan quien se lo llevó? Pues sí, Sean Penn, por esa peliculilla (así lo digo, peliculilla) llamada Mi nombre es Harvey Milk donde él estaba tan sobreactuado que provocaba vergüenza ajena.
Vale, no quedaba bien que Rourke, un tipo que ha visitado lugares a los que nadie quiere ir, se llevara un premio en las narices de todo ese atajo de personajes sin oficio ni beneficio que forman las tripas de Hollywood. Ellos tienen el derecho a darle el premio a quien les de la gana y yo tengo todo el derecho a cabrearme como una mona. A cada uno lo suyo.

Dicho esto, hoy espero que se haga justicia y que la mejor película sea para mi amado Tarantino, que ha vuelto a casa, al cielo de las buenas películas, con esa maravilla llamada Malditos bastardos. Si no gana él que se la lleve Up, o The hurt locker, o Up in the air. A Avatar no le hace falta ningún Oscar, ni impulso en taquilla de ninguna clase, ni nada de nada.

An education me gusta, mucho, pero creo que sería ciencia-ficción si se lleva algo. De Precious ya dije lo que pensaba: una aberración fílmica para saciar las ansias de algunos que necesitan ver mal a un tercero para no sentirse tan jodidos. Lo sé, perdón, la película me molestó profundamente.
District 9 estaba muy bien (pasé un buen rato pero el tiempo transcurrido le ha hecho daño en mi afectada mente, reduciéndola a nada, borrándola sin remedio… mala señal).

Y The Blind side, la película de Bullock sobre una gran chavalote afroamericano que juega al fútbol (americano) no la he visto, pero –sinceramente- no creo que vaya a entusiasmarme, a pesar de que estas películas de superación personal acaban gustándome. Nadie es perfecto, yo reconozco mis debilidades.

Con eso, con la victoria de Clooney o mi amado Jeff Bridges en la categoría de mejor actor, la de Christoph Waltz (joder, que pedazo de descubrimiento) como mejor secundario y la no-victoria de Mo-Nique en la de mejor actriz ya me daría por satisfecho.

Hablando de Bridges, no sé si alguno de ustedes se ha regalado el visionado de su película, Corazón rebelde, pero si no lo han hecho les aconsejo que lo hagan. Mi película favorita del inmenso Jeff es Los fabulosos Baker Boys. No sé si es por la música de Dave Grusin, o la presencia de Michelle Pfeiffer, o su esencia de drama disfrazado de espadachín, dando estocadas aquí y allá hasta que al final uno se da cuenta de que le han hecho más agujeros que a un queso de gruyere. A lo mejor era porque la fuerza de Bridges se mide en cosas tan simples como una calada de cigarro o un perro al que quiere más que a su propia vida.

Y yo que sé.

Salí tocado de oír a los Baker Boys y desde entonces les he visitado en infinidad de ocasiones. Siempre he tenido esa sensación de que me estaban contando algo que me ha pasado a mi, lo cual –dicho sea de paso- es absolutamente imposible.

El caso es que Corazón rebelde es otra prueba de que hay una verdad irrefutable en eso de que un buen actor puede salvar una mala película. No es que ésta sea mala, pero sin Bridges arriando la vela mayor nadie hubiera dado un duro por ella.

La vi por él y, oigan, que gustazo.

Ya saben, si tienen tiempo que perder, pues a ver los Oscar. Si mañana tienen que currar, pues a dormir. Total, vamos a tragar resumen hasta el mes de mayo.

Cuídense, háganme ese favor,

T.G.

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