Queridos y queridas,

 

Qué tal están? Espero que más que bien. Si no es así, dedíquense a mejorar de inmediato.

 

He visto un par de películas bastante cojonudas (una de ellas, Only the brave, me ha gustado entre bastante y mucho. Hablaremos de ella más adelante) y leído críticas de Hereditary, la que dicen que será la mejor peli de terror de 2018, y aunque aún no ha acabado enero tengo expectativas muy altas. Espero que no me decepcionen porque tengo dos bidones de gasolina y una caja de mecheros a punto.

 

Pero hoy –tal y como prometí- he venido a hablarles de Call me by your name, la nueva y preciosa película de Luca Guadagnino, nominada a cuatro Oscars y que promete ser uno de los grandes títulos de este principio de 2018.

 

Debo decirles para empezar que no soporto las anteriores películas de Guadagnino. No soporté Io sonno l’amore (creo que en España la titularon Yo soy el amor, pero soy vago y no lo he mirado) porque me pareció una película tan impostada de principio a fin que acabó recordándome a aquel ventrílocuo que olvida que el truco es no abrir mucho la boca, no sea que al final el muñeco parezca él.

 

Lo mismo me pasó con Cegados por el sol: un montón de tipas y tipas que me importaban un pito metidos en un entorno donde el astro rey siempre cae en el lado correcto del rostro y que huele a bronceador, perfume del caro y hierba recién cortada. Vamos, que está muy bien si te apetece ir a un balneario, pero que me resulta cargante en el cine.

 

Sin embargo y contra toda expectativa, Call me by your name me ha encantado. Y además –bendito sea yo mismo- sé explicar por qué.

 

En esta película se explicar un romance veraniego (el mágico primer amor) entre dos jóvenes que coinciden en el opulento norte de Italia en 1983. Uno es el asistente de un señor rico y bienpensante y el otro su hijo (el del señor rico y bienpensante). Entre ellos surge la pasión y ambos aprenden a vivir uno de esos amores que se entierra en los rincones más luminosos del alma. Y por primera vez en mi historia personal con el señor Guadagnino, me he creído a sus criaturas, se me han colado en la cabeza, han rondado por mi hipotálamo y me han parecido reales, creíbles, veraces.

 

Me ha gustado su sentido del humor (el de la película), su agilidad, su energía, su capacidad para que olvides el sexo de los enamorados, su habilidad para meterte en sus vidas como si fueras un rumor, que te entra por el oído y se queda en tu interior un rato, rebotando contra las paredes de tu cráneo. Me ha gustado su inteligencia para jugar con conceptos trillados y aparecer al otro lado con algo nuevo, fresco y sencillo. Me ha encantado su luminosidad natural, su poco empeño en apretar el acelerador.

 

Como si fuera un truco que has visto hacer antes pero que es tan brillante en su ejecución que no puedes evitar que te parezca nuevo.

 

Por eso la recomiendo fervientemente a aquellos/as que deseen ver un filme en el que fondo y forma se dan la mano de un modo tan armónico que dan ganas de saltar y bailar.

 

Ya saben que yo nunca digo estas cosas, así que háganme caso y corran a su cine más cercano. Corran coño.

 

Abrazos/as,

T.G.

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