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Señoras y señores,

¿qué tal están ustedes?

Aquí me hallo, somnoliento y cabizbajo, pensando en mis cosas.

Permítanme que les haga una pregunta (muy seria): han intentado ustedes alguna vez ser amigo/a de alguien a quien hayan amado. Y más importante: ¿lo han conseguido?

(Lo sé, es lunes por la mañana y no están ustedes para soplapolleces, pero sírvanse usar la sección de comentarios para ilustrarme. No es para mí, es para un amigo. Un amigo muy cercano con mi nombre y apellidos. Ya saben, “un amigo”. No me ven, pero les estoy guiñando el ojo y muevo las cejas arriba y abajo muy rápidamente, como si estuviera sufriendo algún tipo de electrocución)

Me encuentro ahora mismo encerrado en la cueva de Platón mirando mi sombra (que cuando me giro aprovecha para hacerme cortes de mangas) y me ha sobrevenido esta duda existencial. O sea, o la resuelvo o me tiro de un entresuelo o intento acabar con mi vida a base de comer nubes de algodón.

Sé que ustedes/as pueden ayudarme porque son listos/as, guapos/as y –probablemente- estén de vacaciones.

Como compensación, y entre las mejores respuestas, sortearé un paquete de 100 gramos de Navidul. Compréndalo, el presupuesto de este blog es modesto y yo soy catalán y autónomo, lo que significa que no tengo dinero y que aunque lo tuviera no pensaba gastarlo en comprar jamón del bueno.
Dudas existenciales aparte (háganme caso, no se enamoren jamás de nadie y si les pasa cómprense una sartén antiadherente y dense golpes con ella en la cabeza, bien fuerte, hasta que se les pase) esta semana me he ido a ver la quinta entrega de Misión imposible. Quería ir a ver una de la Coixet y así sentirme menos miserable (es como cuando uno se siente pobre y piensa en los piratas de Somalia, que ni siquiera pueden ir a sacar dinero al cajero porque allí no hay bancos. Bueno, allí de hecho no hay nada) pero –inexplicablemente- ya no la dan. Así que me fui a ver a Ethan Hunt y a su equipo… y qué bien me lo pasé coño.

Yo soy muy fan de la franquicia de Misión imposible y de Tom Cruise, de ambas dos. La única que –la repasé ayer- no me gusta nada es la segunda. John Woo se ha quedado tan antiguo y lo de Anthony Hopkins es tan cutre, y la primera es tan buena, que aquello no se lo traga nadie.

Sin embargo la primera, la tercera, la cuarta y la quinta son peliculones. Mi favorita es la primera pero la cuarta… ay la cuarta, joder qué maravilla.

Pues la quinta, oigan bien lo que les voy a decir a continuación, es –casi- mejor que la cuarta. La dirige Christopher McQuarrie (el guionista de esa obra maestra llamada Sospechosos habituales) y el hombre sabe muy bien lo que se hace: buenos diálogos, un uso del personaje de Cruise que es absolutamente sensacional (potenciando el carisma del actor y sacando todo el provecho de su vena cómica, que es estupenda), la incorporación de la despampanante Rebecca Ferguson, que es un descubrimiento absoluto porque su química con Cruise es fantástica y porque, señores y señoras, qué pedazo de actriz. Y luego, pues los sospechosos habituales: Ving Rhames, Jeremy Renner (este tipo está en todas) y ese genio llamado Simon Pegg.

Y claro, los sets de acción que son el rizar del rizo al cubo y que tienen el morbo de comprobar lo loco que está Tom Cruise, que sigue insistiendo en hacer él los trucos. Por ejemplo: la escena donde se agarra a la puerta de un avión que despega, pero también una persecución en moto que ríase usted de Jason Bourne. Y todo ello con un ritmazo despampanante que durante dos horas te mantiene enganchado al asiento.

Por mi pueden seguir haciendo Misiones imposibles hasta el día del juicio final, que –por cierto- a ver si llega pronto ya, porque estoy empezando a cansarme de ser un ser tan circunspecto. Les juro que si un día me asomo por la ventana y veo el meteorito llegando le diré hola con la mano e iré corriendo a ponerme una copa de champán (eso sí, en casa nunca falta alcohol, algo es algo).

Abrazos/as,
T.G.

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