Buenas,

Aquí el bloguero de múltiples identidades. Ahora soy cuatroruedas pero en un plis-plas soy otro/a y gracias a mi condición de escritor estiloso no notarían ustedes/as nada.

Este fin de semana he visto Carlos. También he visto Código fuente y Caperucita roja. Para que luego digan que no soy abnegado: pobre pero honrado.

Empecemos por el principio (y para mi gusto lo mejor de la semana con ciertos “peros”): Carlos.
A este señor (por llamarle algo) le conocemos por sus méritos terrorísticos. Durante décadas fue el chalado más temido del mundo mundial. Eran tiempos en que los servicios secretos y la tecnología no casaban bien y en que el planeta se dividía en infinitas facciones que cambiaban de postura de la noche a la mañana.
En ese caos infinito creció Illich Ramirez, un tipo cuyo padre era un venezolano chiflado, leninista y amante de los viajes revolucionarios. Así el niño pasó por Cuba, Moscú y demás ambientes ideales para un niño en pleno proceso de formación ideológica.

Naturalmente cuando el niño tuvo la edad necesaria para agarrar una pistola agarró una pistola. En los años que siguieron y después de entrenarse como Dios manda el buen Carlos (nombre de guerra) se entregó en cuerpo y alma a su causa: el coche bomba, el tiro en la nuca, la extorsión y el chantaje.

Así fue como se convirtió en el rey del mambo criminal, bomba arriba, bomba abajo siempre con la excusa adecuada (los palestinos, Irak, Libia, etc, etc) hasta poner al mundo bajo sus botas, su boina y su cigarrillo. Un genio, vaya. (Al final le llamaron El Chacal, un nombre muy bonito y adecuado).

Total, que un tipejo así se merecía un repaso exhaustivo.

Olivier Assayas, un director francés con personalidad de sobras recogió el testigo lanzado por Canal + Francia, aceptó los 13 millones de euros de presupuesto e impulsó un proyecto con miras televisivas (pensado para estrenarse en formato de mini-serie) pero que pretendía saldar con un plus –nunca mejor dicho- de calidad.

El resultado es doble: por un lado un largometraje de dos horas y media de duración (lo que se puede ver en España) y por otro la citada mini-serie (cinco horas y cuarenta minutos) que va a emitir Canal + (el de España).

La primera, el largo que puede verse en las salas está bastante bien. A pesar de haber pasado la tijera a lo bestia la narración sigue siendo robusta y la interpretación de Edgar Ramírez (un actor venezolano impresionante) no pierde ni un ápice de contundencia. Dicho esto, comparar esta versión con la de cinco horas y pico es como comparar El hombre tranquilo con Torrente 4… bueno, quizás un poco menos.

Mi recomendación es que hagan ustedes/as lo que sea necesario para hacerse con esa versión integra, que en Francia, Alemania y el Reino Unido ha provocado colas en las salas y en España no podrá verse en pantalla grande (Olé). Lo dicho: hagan lo que sea necesario porque en esta versión lo de Edgar Ramírez es memorable y tiene momentos de cine que consiguieron que una lagrimilla asomara en el ojo derecho de este humilde servidor suyo.

En cuanto a Codigo fuente, ¿pues qué quieren que les diga oigan? Muy buena peli, buen guión, buenos efectos especiales y –sobre todo- la sensación de que Duncan Jones (el hijo de Bowie, director de la magnífica Moon) va a ser un pedazo de realizador.
Su modo de rodar, pausado con el punto de aceleración justo, me recuerda al de directores como John Carpenter o David Fincher. Este hombre tiene personalidad y eso, visto lo visto, es una virtud impagable. Esperemos que Hollywood no le asesine a base de contratos millonarios y cláusulas absurdas. La peli ,por cierto, gira en torno a una unidad secreta capaz de enviar a alguien al cuerpo de otra persona unos minutos antes de que suceda algo terrible. No voy a ser yo el que divulgue más información porque no les aportaría nada. Es buena, todo lo demás es cháchara inútil.

De Caperucita roja añadiré que hubiera agradecido que el lobo le hubiera arrancado la cabeza a todos los habitantes del pueblo antes del minuto veinte del metraje. Después podría dedicar otros diez minutos a orinar en los árboles del condado para advertir a los demás humanos que se abstuvieran de acercarse por allí a rodar una secuela.

Creo que no voy a añadir nada más.

Abrazos/as,

T.G.

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