Hola de nuevo amigos/as, dentro de unas horas tengo que coger un avión a tierras lejanas y antes de partir quería dejaros con mis humildes (aunque profundas) reflexiones sobre esa obra maestra de la estulticia llamada Los mercenarios.

Confieso que soy fan de las películas de los 80’, incluso de las peores: disfrute como un enano (que no se ofendan las personas pequeñas, es sólo una expresión) con Comando y hasta disfrute plenamente de Cobra en su aturulada narrativa campestre. Amanecer rojo me parece excelente y Conan El Bárbaro o Depredador son obras maestras. Naturalmente he visto Acorralado una docena de veces y Contacto sangriento otras tantas. Hasta Steven Seagal conseguía hacerme sonreír cuando practicaba el milagro de los panes y los peces con las columnas vertebrales de aquellos chavalotes que se atrevían a vacilarle.

Así que nadie podrá acusarme de ser refractario a la torta y al disparo porque pocos/as han disfrutado del hechizo de la testosterona tanto como un servidor. Pero, señores/as, lo de Los mercenarios es vergonzante. No sólo malo, no, sino vergonzante.

Admiro el coraje del buen amigo Stallone, capaz de regalarse primeros planos a pesar de tener la cara como un buñuelo. Aprecio también el esfuerzo de su doblador para subrayar con su trabajo la pobre condición de la boca de éste. Sin embargo, lo de dirigir siempre le ha venido grande y como ahora las estrecheces de su rostro le han agarrotado los ojos (atrapados entre sus hiper-pómulos y esas cejas de drag-queen) el pobre hombre se ve obligado a rodar con esa parte de su cuerpo que se localiza entre el final de su espalda y el principio de sus anabolizadas piernas.

El resultado del sinsentido es inenarrable: un paraje de cámaras movedizas, diálogos sin sentido (“solo la luz es más rápida que yo”), actuaciones que ahondan en el ridículo más espantoso y un tono general que le lleva a uno a pensar si no sería más entretenido tratar de afeitarse con una sierra mecánica o hacerse la manicura con un martillo neumático. Y no sólo eso chavales/as, es que el conjunto es soporífero.

El cameo de Schwarzenegger en la iglesia, que podía haber sido un momento memorable acaba convirtiéndose en un de esos momentos en que el espectador se tapa los ojos y trata de no escuchar lo que dicen: es francamente embarazoso, patético, ridículo… cabreante. Lo de Willis es aún peor: “venga, fílmame y dame el cheque que he dejado el coche en una plaza para inválidos”. No lo dice, pero se le nota.

Hay un buen puñado de escenas para mear y no echar gota: el desenlace del personaje de Dolph Lungdren; todas y cada una de las apariciones del personaje del general (en ese palacio lleno de velas, donde a Michael Boltón le darían ganas de masturbarse con frenesí); Jason Statham saliendo por un hueco en el morro del avión mientras Stallone pilota con esa cara suya de “Dios mío, tampoco puedo mover la mejilla izquierda, maldito cirujano”; la visita de Stallone y Statham al país suramericano diciendo que son ornitólogos; las charletas de Mickey Rourke en su estudio de tatuajes, haciendo confesiones a media voz, con esa jeta de señor que ha visto fotos de Stallone en una revista y ha pensado “eso lo supero yo en un periquete, sí señor”.

Todo en Los mercenarios adquiere un nivel de patetismo que no veíamos en este país desde Mentiras y gordas, aquel clásico del cine español con guión de la ínclita ministra de cultura, esa señora capaz de hablar durante una hora sin decir nada en absoluto. Y es que hay algo claro: el cine de los 80’ tenía su gracia en los 80’, trata de hacerlo en el s.XXI con una sobredosis de colesterol y el producto resultante será tan digestivo como una patada en la entrepierna con unas botas de escalador.

Eso sí, el doblaje es memorable: Stallone es aún más delirante en versión española.

Hala, un abrazo, si son ustedes atrevidos/as y no saben como gastar el dinero que ganan ya saben: Stallone, el nuevo hombre-albóndiga, les espera en la gran pantalla.

Salud,

T.G.

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