Cuando escribo esto sobrevuelo el Atlántico… siempre había querido decir eso, me hace parecer un tipo importante. La gente me imaginará reclinado en mi butaca de piel mientras una azafata bellísima designada para satisfacerme colma todos mis deseos y me guiña el ojo cuando me trae un carísimo champán francés en un copa de cristal de bohemia especialmente tallada para mi por un viejo artesano.

Lo cierto es que voy apretado en una silla (no puedo calificarla de asiento) mientras a mi lado un mar de niños lloran, ríen y corren arriba y abajo golpeando sin piedad mi respaldo y desafiándome a que reaccione. Ya, dirán algunos de ustedes/as, son sólo niños. Yo mientras tanto pienso en Herodes, aquel buen hombre que trató de poner algo de orden con la chiquillería y al que la historia ha hecho tantos feos (ya saben ustedes que el pobre era más bueno que el pan y que todo son leyendas urbanas).

Bueno, vayamos al grano ya que me supongo que les importará un pito que me estén envenenando con comida de avión y que el piloto lleve cinco horas diciendo que “se advierten turbulencias”. Les entiendo, a mi también me importan un pito los problemas de los demás, no vayan ustedes a creer lo contrario.

A lo que iba: este fin de semana la cartelera trae tanta basura que podríamos llenar una docena de containers y no sobraría sitio. Sí señores/as, es lo que toca, cuando pensaban ustedes que el final del verano traería consigo un aumento de las películas decentes van ellos, esos tipejos con corbata y sin riego cerebral que viven en grandes mansiones con señoras operadas o esas tipejas con traje chaqueta que le sacarían los ojos a un tigre de bengala (los de Hollywood, ya saben) y nos inundan con un mar de cine de vocación idiotica. “¿Esos imbéciles del otro lado del Atlántico? Que les den” debe comentarse en sus despachos.

Empezaré por el remake de Karate Kid, aquella película que admirábamos secretamente en nuestra niñez (especialmente aquellos que sufríamos el ataque de los adorables hijoputas con infancias difíciles que de repente decidían hacernos tan miserables como ellos, así para que lo degustáramos, que “ a ver si te quito el bocadillo” que si “invítame a algo o te pego a la salida”, ya saben, los hijoputas). Todos queríamos ser Daniel-San, tener un profesor que diera ostias como el señor Miyagi y una novia tan deliciosa como Elizabeth Shue.

“Dar cera, pulir cera”. Ay, que tiempos aquellos.

Bueno, el señor Will Smith decidió que produciría el remake de la película para gloria eterna de su retoño, un niño (parece que hoy estoy monotemático) con trenzas y ojos tristes que quiere ser actor. De momento ya tiene padrino y dinero para parar un barco pero le doy cinco o seis años, hasta que se empiece a juntar con los demás chavales ricos del barrio a esnifar cola (o lo que sea que hagan los ricos) en un banco del parque.

La película dura dos horas y un buen pico, es nefasta pero igual alguno/a lo pasa bien y es una buena apuesta para llevar a la parentela y que aprendan el valor de las buenas bofetadas y a coger moscas con palillos. Como Miyagi se ha muerto y Hollywood anda corto de abuelos chinos decidieron darle el papel de profesor a Jackie Chan, que está gracioso. Sin más. Personalmente me hubiera gustado ver como tiraban al tal Jade Smith de lo alto de la Gran Muralla China, pero aunque me quedé hasta el final de los títulos de crédito no hubo suerte.

Por cierto, que un amigo mío entrevistó al niño Smith y me dijo que hubiera preferido hacer el amor con un puma. Sus palabras, no las mías.

Otra de los despojos de la semana se llama Predators y es de un director de nombre raro que ahora no recuerdo y no puedo mirar en Internet porque en el Atlántico el wifi va y viene. A ver si los de Telefónica instalan una antena tipo Contact y lo arreglamos.

Decía que el tío de nombre raro ha querido ir de listo y hacer una reinvención (un redux o como coño lo llamen) del universo inventado por el maestro John McTiernan en Depredador, una película que considero un peliculón y una joya, que quede claro.
Lo de la reinvención le ha quedado como un churro: que si el monstruo arriba y abajo, que si unos tipo/as muy peligrosos/as que se pierden en el bosque (hubo un momento en el que pensé que a ver si se cruzaban con Hansel y Gretel y la cosa se ponía interesante… una vez más no hubo suerte) y les cazan como a conejos. Ya lo he viiiiiisto. Aburriiiidoooooooo.

Que manera de corromper un concepto, la madre que los parió, estos/as a la madre Teresa la hubieran convencido de pasarse el porno en un par de reuniones.

Y el último título del que voy a hablarles se llama Conocerás al hombre de tus sueños (o algo parecido). La firma Woody Allen y sólo por el mero hecho de recordarla se me ha hinchado todo lo que vendría ser la zona situada entre la parte superior e inferior de mi cuerpo, aquella que se ubica hacía la mitad de mi suculenta figura. Que manía tiene el tío con reciclar chistes y personajes una vez y otra vez.

Gran reparto, chistes graciosos pero la misma letanía de siempre, con personajes planos y diálogos escritos mientras se comía unos churros. No se puede hacer una peli cada seis o siete meses sin que todo se resienta, caray.

(Consejo del cronista: Woody, vete con la coreana a Disneylandia o algo. Sí, te echaremos de menos pero trata de fundirte con la atmósfera por un tiempo, gracias).

Y se me acaba el espacio y aún no he dicho nada de esa criatura llamada González Sinde que hoy en El País se llena de gloria con unas declaraciones propias de una ministra que no tiene ni la más pajarolera idea de lo que está hablando… ah, sí, que eso es justamente lo que es.
Cada vez que la pusieran en la tele o en la radio deberían advertir que nada de manejar maquinaría pesada o cortarse las uñas mientras se la ve/escucha. Así es como suceden los accidentes. Cada vez que la Sinde abre la boca se sube el pan.

Ángeles, bonita, con lo elegante que estás callada. Propóntelo.

Tengo más cosas en el tintero pero con esto ya les vale, ¿no?.

Sean buenos/as, háganme el favor,

T.G.

P.D.: ¿les he mencionado que estoy sobrevolando el Atlántico?

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