Querría haberles escrito antes, pero me cansa hasta cruzar las piernas. Sin embargo, he hecho un esfuerzo supremo y les voy a hablar de una peli que vi hace ya meses y que me pareció absolutamente magnífica. Se estrena este fin de semana, de ahí este bonito post.

 

Se llama The disaster artist, y es una obra que habla de otra obra. Ya saben, metacine, o cómo cojones lo llamen ahora. La protagoniza, escribe y dirige James Franco.

 

Ya, ya lo sé. Yo tampoco le soporto, siempre tengo la impresión de que acaba de salir de un fumadero de opio. No es que tenga nada contra los fumaderos de opio, ni mucho menos. Soy favorable a cualquier sustancia que uno decida consumir, siempre que sea esa persona (y solo esa persona) la que tenga que cargar con las consecuencias de ese consumo.

 

No, no lo digo por eso. Lo digo porque siempre le veo arrastrando las palabras, que no si es su estilo, el colocón o la desgana, pero que me provoca indiferencia absoluta hacía sus películas. Incluso en The deuce, dirigida por mi querido David Simon, él me parece muy irritante.

 

Ahora bien, esta película es una de las primeras en las que me lo creo, me gusta y me rio con él (que no de él, como hasta ahora).

 

Paso a contarles el argumento, que tiene chicha:

 

En 2003, un tipo llamado Tommy Wiseau escribió, dirigió, protagonizo y produjo una peli llamada The room. Se gastó seis millones de dólares de su bolsillo (no me pregunten de dónde los sacó porque no tengo ni pajolera idea) en acabarla y promocionarla.

El hombre pretendía que fuera un drama, pero lo cierto es que era tan extremadamente mala que la gente se reía a carcajadas. Aquel año entró en las listas de lo peor de 2003 y un crítico afirmó que ‘es la peor película que he visto en mi vida’. Simple y llanamente.

 

¿Qué hizo el hombre? Imprimir un cartel con todas las críticas y retar al público a descubrir si realmente era tan mala o los expertos le tenían manía.

 

Y así, con esta ingeniosa campaña de marketing se escribió la historia del filme.

 

Un año entero en un cine de Nueva York, otro en un cine de Los Ángeles. Pases para fans a lo largo y ancho de la geografía estadounidense y la transformación definitiva de The room: de ruina fílmica a obra de culto. Llegados a cierto punto, el señor Wiseau empezó a decir a propios y extraños que la película era una comedia hecha a propósito, cosa que negaron todos los que habían estado presentes en el rodaje. Uno de ellos, un pobre hombre llamado Greg Sestero, escribió sus memorias de aquella traumática experiencia.

 

El libro ha servido a Franco para escribir una película que –esta vez sí- es una comedia, y una de las más divertidas del año. El retrato que hace el actor del otro actor (bueno, por llamarle de alguna manera) es tan sagaz, tan salvaje, tan demoledor, que al cabo de un rato uno desea haber podido estar en la producción original.

 

Ya de paso, y sin que sirva de referencia, The disaster artists juega muy bien a ser una fábula sobre las terribles consecuencias de ser un idiota con dinero e ínfulas artísticas. De esos en este país tenemos muchos, pero ninguno del tamaño de Wiseau.

 

No se lo piensen y échenle un ojo a la película. En serio.

 

Si no les gusta se admiten insultos, pero no amenazas. Ni mayúsculas.

 

Mucha salud y felices fiestas, chavalería.

 

Abrazos y abrazas,

T.G.

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