Buenas, señoras y señores,

¿Han echado ustedes alguna vez tanto de menos a alguien que su ausencia se ha convertido en un ente en sí misma? Como si a su sombra le saliera un agujero y supieran que ya nunca serán seres completos de nuevo. Como uno de esos muñecos de los campos de tiro, acribillados a balazos, que a pesar de todo resisten de pie, con una diana en el pecho.

Es para un amigo.

Hoy no les voy a obsequiar con mis males terrenales, voy a procesarlos solito, con esa velocidad de caracol que sale después de la lluvia a dar un garbeo antes de que le aplaste un coche.

El otro día fui a ver La cumbre escarlata, de Guillermo del Toro. Debo confesar que amo a este tipo, me parece admirable su capacidad para resistir los tirones de Hollywood, su tozudez al no aceptar encargos y dedicarse a sus propios proyectos (o como máximo a producir los de sus amigos). La única vez que aceptó hacer algo para un tercero fue en El hobbit, y no sé si recuerdan lo trasquilado que salió.

Del Toro tiene algo de ese romanticismo de antaño, de los relojeros que podían dedicar media vida a construir un cronometro para decidir después que no querían venderlo. Esa vocación de artesano, de cineasta incorruptible que siempre ha hecho lo que ha querido (excepto en Mimic, de la que ha renegado una y mil veces) me inspira ternura y admiración a un tiempo. No puedo evitarlo, soy un fan. No soy fan de muchos cineastas (a medio plazo tienden a decepcionarme) pero a Del Toro se lo perdonaría todo.

Si son ustedes amantes de ese cine hecho sin aristas, extremadamente detallista, puramente personal, que practica este señor mexicano, La cumbre escarlata les llenará de gozo. Si son ustedes amantes del pragmatismo y las superproducciones de ‘aquí te pillo, aquí te mato’, les aconsejo que se queden en casa.

La cumbre escarlata enlaza directamente con el universo del Laberinto del fauno,  si a esta (obra maestra) le quitáramos cualquier connotación política. El personaje adolescente, la casa encantada (aunque con un encantamiento muy ‘sui generis’) y ese punto gótico que tienen todas las fantasías de Del Toro. Ese magma de mecanismos, trastos que se mueven impulsados por extrañas inercias que han resistido el paso del tiempo.

Hay algo profundamente nostálgico en el cine de Del Toro y esta podría ser la obra en la que más se intuyen sus costuras. Es ese algo de que cualquier tiempo pasado fue mejor, de que lo que se desvanece en las esquinas del presente volverá a aparecer en el futuro, transformado, disfrazado de algo nuevo, pero que ya no será lo mismo. Esa sensación de que lo que dejamos atrás acaba convertido en fango porque el que un día deberemos volver a caminar, es algo tan enraizado en el cine de este tipo que siempre calza lentes de investigador chiflado, como su conocida tendencia a comer bien.

Como romántico vocacional (aunque el romanticismo siempre acabe poniéndome la cabeza en un yunque y llamando a un herrero esquizofrénico para que me moldee el cráneo con un gigantesco garrote de acero valyrio) no puedo dejar de admirar esa maldita insistencia de Del Toro. Él quiere volver allí, una vez, y otra vez, y otra vez. No importa que sus películas se estrellen en taquilla. No importan que le cancelen los proyectos. No importa que cada vez haya más ejecutivos que le miren raro. Del Toro llegó a este mundo con una misión y piensa cumplirla.

Y nosotros, el humilde gremio de los nostálgicos, los miembros del clan de la morriña, los que nos negamos a enterrar el hacha de guerra del romanticismo, le seguimos a todas partes. No lo hacemos porque nos sintamos obligados o porque seamos partidarios de mirar siempre allí, atrás, donde se ocultan nuestros fantasmas. Lo hacemos porque es imposible no admirar a quien, en un mundo lleno de tipos que traicionan sus principios día sí, día también, se mantiene firme en algo: en una persona, en una idea.

Así que fui a ver La cumbre escarlata. Y pienso repetir.

Si son ustedes/as de mi gremio, no olviden verla. Si no lo son, déjenme en paz.

Abrazos/as,
T.G.

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