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Señores y señoras,

¿cómo están ustedes? Espero que pasándolo bien en algún sitio de nuestra amada península ibérica. Aprovechen el momento y disfruten de cada segundo como si fuera el primero y el último porque son tiempos complicados. A mi alrededor (y perdonen que me ponga serio) parece como si todo el mundo estuviera atento a la última canción de los músicos del Titanic, los que no dejaron de tocar aunque el barco se hundiera.

Pero en fin, no nos pongamos trágicos, habrá tiempo para ello cuando se estrene la próxima película de Isabel Coixet.

Hoy escribo esta epístola esperando que hayan visto ustedes (si han tenido la suerte de tener cerquita algún cine donde la proyectaran) el maravilloso documental sobre la Cannon Films. Si no la han visto que sepan que pronto estará disponible en dvd y webs de pago por visión. Seguro que también estará por ahí pirateada pero creo que la gente que se ha gastado el dinero en hacer algo tan loco debería al menos recuperar un poquito del mismo, al menos para beberse unos gintonics. Aunque sean de Larios.

Pero bueno, vayamos al grano, y en esta ocasión no voy a hacer ningún comentario político aunque no me negarán ustedes que lo del informe falso de Hacienda hecho por el hermano de uno de los capitostes de la agencia donde se comparaba al PP con Caritas y la Cruz roja, daba para unas buenas risas. Ay, gracias amigos y amigas de la política por estos momentos de asueto.

Esta semana –por fin- estrenan una película que me ha interesado (y mucho). Se llama El año más violento.

Se titula así porque mirando las estadísticas (ya saben, las que nunca mienten, a menos que las publique La Razón) el año en el que se sitúa la película (1981) está considerado el año más violento de la historia de la NY moderna. En este contexto se mueve un empresario que trata de hacer las cosas de una forma mínimamente decente (he dicho ‘mínimamente’) porque aunque sea un delincuente consumado posee un código de honor que respeta a trancas y barrancas.

El problema es que la ciudad se mueve más rápido que él y a sus competidores lo del código de honor les parece lo mismo que a mí el cine de Julio Médem: malo. Por eso la cosa empieza a ponerse jodida y el pobre empresario decide que igual es hora de ponerse más contundente y pegar unos tirillos aquí y allí, especialmente para salvaguardar a su familia.

A mí la película (que me pareció excelente) me recuerda a ese cine seco y tensado de James Gray, uno de mis directores favoritos, y es que el realizador de El año más violento (un tipo llamado J.C. Chandor) ya tenía dos películas cojonudas en su haber y que si no han visto deberían recuperar: Margin call y Cuando todo está perdido.

Hay que decir que el casting es maravilloso, encabezado por dos bestias pardas como Jessica Chastain y Oscar Isaac.
Y fíjense (que diría José María García) que a mi el tal Isaac me parecía un mastuerzo. Recuerdo cuando le vi en Robin Hood (el remake de Ridley Scott, Dios nos coja confesados… aunque sea uno de mis placeres culpables) pensé que era un auténtico patán: sobreactuado, indigno y botarate.

Pero es que luego le vi en Drive, y luego en la nueva Bourne, y luego en A propósito de Llewyn Davis y luego pensé: “tú eres gilipollas” (no Isaac, yo). Porque este tío es un gran actor, un actor llamado a ser un actorazo y yo a veces necesitaría gafas graduadas.

La cuestión es que su papel en esta película, la del tipo contra la pared (un poco como el protagonista de Perros de paja –la de Peckinpah, no la porquería esa que perpetraron luego) que un día estalla porque –francamente- es lo único que puede hacer.

La recomiendo vivamente. Y quiero advertir que es una película grisácea, altamente cinéfila, magníficamente interpretada y cocida a fuego lento, pero con un desenlace brutal.

Ya sé que normalmente no me hacen caso pero esta vez deberían pensárselo.

Les quiero… a mi manera.

Abrazos/as,
T.G.

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