Buenas señoras y señores,

 

¿Cómo están ustedes? Sé que se habrán preguntado dónde me habría metido estos últimos días. La verdad es que no había nada que comentar: malas películas y series de chichinabo (aún se dice eso? “De chichinabo”). Así que para llenar más espacio en internet, mejor me quedo calladito. Ya lo decía mi madre: “Calladito estás muy guapo”.

 

Esta próxima semana ya empieza lo nuevo, que se alargará hasta el verano. Y cuando digo lo bueno no quiero decir que sea necesariamente bueno. A lo que me refiero exactamente es que ahora empieza toda la gigantesca movida estadounidense (ya saldrá el sabio en los comentarios a decir que a mí solo me interesa eso, y sí, mire, porque cada vez que me piden que escriba de algo es de los malditos blockbusters. Así que sí algo me da de comer acabó cogiéndole cariño. Soy así de burro) y desembarcan en España los colosos de este año: la secuela de la maravillosa Los increíbles (de Pixar), la enésima entrega de Los vengadores (Infinity war), esa divertidísima locura de Dwayne ‘The Rock’ Johnson con monstruos de todos los colores (Rampage, que comento más abajo), la –ya comentada en este su blog favorito- Un lugar tranquilo, la preciosa La isla de los perros de Wes Anderson, etc etc etc

 

Vamos, que después de unas semanas de calma chicha y de tragarnos inmundicias como lo último de Atom Egoyan, películas francesas de medio pelo y una película española cojonuda que se llama Campeones y que se merece ganar dinero porque te hace sentir mejor persona y a nada ni nadie me hacen sentir mejor persona, excepto –quizás- David Byrne bailando con una lámpara en The naive melody.

 

Bueno, aclarado todo esto, vamos al asunto que nos ocupa.

 

Este fin de semana se ha estrenado Proyecto Rampage. La película (el marketing de la cual en España ha dejado mucho que desear) cuenta la historia de un especialista en primates que trabaja como cuidador de un gorila. Un experimento genético llevado a cabo por unos malvados personajes vestidos como villanos de los años 80, hace que George (así se llama el gorila) se convierta en una bestia de siete metros de altura y que otros animales sufran la misma transformación. Lo que sigue es un delicioso delirio que apela al crio que llevamos dentro, ese que disfrutaba con las películas de monstruos y que cuando salía del cine de ver una película de kung-fu se creía que era el mismísimo Bruce Lee.

 

Ya he leído a muchos críticos serios tratar de analizar el filme como si fuera una de Godard, señores nacidos ya ancianos que son incapaces de disfrutar de un cine sin complejos que se baña en referentes como hacía Aquiles en el río, pero sin dejarse el talón. Son los mismos que abominan de Depredador, Aliens o Kong. Los que nunca se quitan las gafas de ‘soy un profesional de esto’. Yo tengo la suerte de ser un cafre, y eso siempre ayuda. Me meto en el cine y soy capaz de disfrutar de cualquier memez, sabiendo que es justamente eso: una memez.

 

Como cuando fui a ver El luchador manco o Kung-fu contra los siete vampiros de oro, películas que no resistirían el análisis crítico de un niño de tres años pero que amé con todas mis fuerzas. Al final, se trata de eso.

 

Los que sean capaces de dejar de lado esa plaga llamada escepticismo (que yo sufro, porque eso es lo que soy: un escéptico), se lo pasarán pipa. El resto puede quedarse en casa. Últimamente, no le pido más al séptimo arte: pasármelo pipa.

 

Todo son etapas, supongo.

 

Hala, a cascarla.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

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