A mi a chulo no me gana nadie, así que aquí estoy, blogueando el día de Navidad, cuando debería estar celebrando la paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. No voy a marcarme el típico discurso anti-navideño que tanto gusta a los modernos y gente amiga del progreso. Lo cierto es que a mi esto de las fiestas ni fu ni fa, pero que entre esto y las vacaciones en agosto prefiero esto. ¿Me explico, no?. Al menos hace frío y no tengo que soportar a todos los australopitecus sin camiseta y con gafas de sol hasta en el metro.

Dicho esto, feliz navidad a todos ustedes/as, espero que sean felices y que si no lo son descarguen su ira contra ese miembro de la familia que se lo merece: el tío sobón, la tía abuela sorda o el primo del “yo más”. Sobre todo no dejen de dar gracias porque en este país no esté permitido poseer armas de fuego.

Empiezo por el penúltimo disgusto pre-navideño (porque la vi hace un par de días) que es Tron Legacy. Yo soy un fan del original, que si no me falla la memoria ya tiene 28 añitos. La repasé antes de ir a ver la secuela y lo cierto es que la pobre tiene algunos achaques pero a mi no se me olvidará en la vida la primera vez que tuve la ocasión de verla. Años después me enteré de que en la producción del filme a nivel visual había participado el mismísimo John Lasseter, el señor que dirige ahora mismo los destinos de Pixar.

Sea como fuere y a pesar de la tonelada de abono (ya saben ustedes con que palabra pueden sustituir el termino “abono” si les place) que la crítica estadounidense ha lanzado sobre esta secuela un servidor se propuso ir y disfrutarla de cabo a rabo.

No pudo ser.

A la media hora ya me estaba acordando del director, el protagonista, el guionista (sobre todo del guionista) y hasta del chaval que le llevaba los cafés al director de fotografía. Sí, de acuerdo, es espectacular. De acuerdo, las tres dimensiones son estupendas y el trabajo con el fondo de campo es sensacional. De acuerdo, cuando sale Jeff Bridges –el de verdad, no esa ignominia digital que se han inventado- la cosa sube varios enteros.

Pero la triste, repugnante verdad, es que la película es como un episodio de meteorismo agudo (si no saben lo que es el meteorismo ya tienen deberes) que le asalta a uno de repente: no es gracioso ni para el que lo sufre ni para los demás.

Y huele mal.

Lo segundo también es triste pero por razones muy distintas: Balada triste de trompeta se ha estrellado en taquilla en su primer fin de semana con solo 600.000 euros en casi 300 salas.

Francamente, no lo entiendo.

No he hablado de la película en este blog pero creo que es lo mejor que ha hecho Alex de la Iglesia desde El día de la bestia y en ciertos aspectos superior a aquella. Es un filme tan destroyer, tan suicida, tan despiadadamente español que esperaba que su resultado en la taquilla fuera notable, sino excelente.

También es verdad que al lumbrera que se le ocurrió estrenarlo el fin de semana del 17 de diciembre deberían colgarlo de una farola en la Gran Vía. Si hay una fecha jodida para un estreno es precisamente esa pero ya se sabe, en el cine español hasta el más tonto hace relojes, y lo que se tercie.

Espero que la película funcione mejor este fin de semana aunque me temo que la suerte está echada.

De El turista ya dije lo que tenía que decir: huyan, corran, ocúltense… si su pareja les conmina a ir a ver el filme arguyan alguna extraña enfermedad contagiosa y enciérrense en el baño, pongan un taburete contra el pomo y tosan con profusión. Si es necesario córtense la garganta afeitándose o la carótida depilándose.

Créanme: una semana en el hospital es mejor que dos horas en el cine.

Pásenlo bien hoy, y si su cuñado/a saca a relucir su acostumbrada impertinencia mírenle/la a los ojos y digan: “¿sabes que para despellejar a un ser humano se utiliza la misma técnica que para un pollo o un cerdo?”. Después cojan el cuchillo de untar la mantequilla, abran mucho los ojos y comenten, en voz alta: “¿curioso, eh?”.

Normalmente este entrañable truco les proporcionará unos minutos de intensa paz interior.

Feliz navidad amigos/as, sean felices o mueran en el intento (la primera opción es siempre más aconsejable).

T.G.

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