He vuelto, aunque hubiera preferido no hacerlo, que diría mi querido Bartleby.

Estuve en San Francisco, haciendo –entre otras cosas- una visita a Pixar, esos señores que tantos alegrías han dado a los aficionados al cine y a la buena vida en general. Allí pude ver la nueva película de la compañía, Buscando a Dory, secuela de Buscando a Nemo y una auténtica obra maestra. No puedo decir mucho más porque firmé una de esas cartas de embargo que me impiden decir nada más bajo amenaza de muerte lenta y dolorosa. Tampoco puedo decirles que el corto que se proyecta antes de la película, Piper, es –para mi gusto- el mejor de Pixar hasta la fecha. Ya lo verán, no les queda mucho, y entonces podemos discutir del asunto.

 

De lo que sí puedo hablar es de la estupenda Capitán América: Civil war, que pasa por ser una de las mejores películas de la historia en el atiborrado género de superhéroes. Ya saben de qué va, el universo Marvel se parte en dos por culpa de la política (qué otra cosa iba a ser) y de repente el hombre de hierro y el capitán América se ven enfrentados en una lucha sin cuartel. Aparecen War machine, la Viuda negra, el nuevo Spiderman (Tom Holland), Visión, la Bruja escarlata, etc. Un elenco de gala (se suele decir eso, ¿no?) para decidir a bofetones el futuro de la raza humana.

 

Después de esa inmundicia inacabable que fue Batman vs Superman da gusto ver que aún queda ahí fuera gente capaz de llevar a buen puerto la fantasía épica que supone meter a doce superhéroes en una película. Lo mejor de esta nueva (y despiporrante entrega) de las aventuras del capi es el tremendo equilibrio que preside todo el metraje y la madurez que desprenden los diálogos del filme. Así da gusto señores y señoras, ver a superhéroes capaces de hacer otra cosa que no sea dar manotazos a sus semejantes.

 

Dicho esto, quiero recomendarles (si la tienen ustedes a mano vayan al cine y si no hagan por verla de cualquier modo) una de las películas que más me ha gustado en lo que va de año: La invitación.

 

Como ya pasó con Coherence, aquella pequeña joya de ciencia-ficción rodada en el comedor de una casa con cuatro euros, me fascinan las películas capaces de vivir en tu cabeza con un simple (aunque quizás no sea la palabra justa) y delicado trabajo de guión. A veces es todo lo necesario, no hace falta romperse más la cabeza o gastarse 100 millones de dólares en marketing o abusar de los efectos especiales. La invitación habla de eso, de una invitación a una cena. Un hombre bastante cascado (podía ser yo, o no) recibe una invitación de su ex mujer después de un par de años sin tener noticias de ella. La chica y su nuevo marido quieren invitarle a una cena con otros amigos para celebrar su nueva vida. El problema es que cuando el hombre atormentado llega allí empieza a sentir la extraña sensación de que nada es lo qué parece en aquella casa.

 

La propuesta, llevada hasta las últimas consecuencias, es extraordinaria, tensa como la piel de un tambor. Recuerdo pocas películas que me hayan causado tanta desazón manejando –simplemente- los recursos narrativos que genera la interacción humana, sin trampa ni cartón.

 

Y si quieren hacer una suerte de programa doble, acompañen el visionado de la serie The path, que comparte con la primera temática similar (no me hagan hablar más que luego me echan en cara que les ‘spoileo’ las cosas).

 

Hala, cuídense.

 

T.G.

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