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Hola señores y señoras,

¿qué tal están ustedes señoras y señoras? Espero que más animados que yo, que parece que me hayan encerrado en una película de Haneke con guión de Isabel Coixet.

Sí, así de terrible es mi vida ahora mismo. Creo que escribo este blog para que si hay algún/a miserable leyéndome ahí fuera no se sienta tan solo/a. Efectivamente, amigos, creo que si me viera un psiquiatra optaría por tirarse de la ventana de su despacho antes de seguir escuchando mi relato.

No voy a mortificarles con los detalles, no es necesario, así pueden ustedes especular y decidir qué horrores me atormentan.

Dicho lo cual (todo sea por empezar con una nota de optimismo en este mundo cruel) voy a hablarles de una de las mayores estafas fílmicas pergeñadas por un director al que he adorado cuando se lo ha merecido y aborrecido cuando ha optado por venderme una deposición de ornitorrinco y asegurarme que es chocolate. Y yo, señores y señoras, sé distinguir entre las deposiciones de ornitorrinco y el chocolate, de la misma manera que puedo distinguir entre un vaso de agua sucia y una Guiness.

No sé si me explico.

Soltemos de una vez el nombre del culpable: David Cronenberg.

Reconozco desde ya mi entusiasmo por obras maestras como Scanners, Inseparables, Una historia de violencia, La mosca o Promesas del Este. Y mi indiferencia por productos como Spider o Cosmopolis, coñazos pretenciosos que explotan una marca, un sello, más que un estilo o una dirección determinada.

Curiosamente, me atrevería a calificar su última película, Maps to the stars, como la peor de su carrera. Un engañabobos para los que consideran una obra de arte las luces de un árbol de navidad o un rollo de papel higiénico. Curiosamente también, he visto la película en dos ocasiones y la segunda me pareció incluso peor que la primera. ¿Por qué la vi dos veces? Métanse en sus asuntos y no me hagan enfadar, cada uno tiene sus cosas.

A estas alturas estarán esperando que les cuente de qué va la película, pero lo cierto es que no tengo la más mínima idea. No les miento, la primera vez creí que iba de una actriz adulta (madura, si lo prefieren) que observa con indisimulado desdén como las jovenzuelas con pechos que desafían la ley de la gravedad pululan ahora por los papeles que le solían dar a ella. Eso la lleva a un estado de rabia perenne que intenta apaciguar haciéndose masajes y retozando con señores y señoras. La actriz en cuestión está interpretada por Julianne Moore, pero no sabría decirles por qué ella acepto el papel, ni por qué suelta esas frases que harían enrojecer a un profesor de guardería.

La segunda vez que la vi (repito, dejen de juzgarme, todos tenemos vicios inconfesables) creí que era una fábula sobre una joven que llega a Hollywood en busca de respuestas para las que no tiene preguntas. Ya ven que hoy me estoy saliendo soltando frases lapidarias.

Por supuesto, no pienso verla una tercera vez porque puedo ser un vicioso pero no soy gilipollas… vale, soy gilipollas pero no hasta ese punto.

La cuestión es que la película está dirigida con tamaña dosis de indigencia intelectual que costa identificar en sus imágenes el talento de un realizador que siempre ha sido capaz de ponernos el estómago por corbata y los ojos del revés. A mí que me lo expliquen porque es imposible aguantar las casi dos horas que dura el filme y no preguntarse: “¿Qué cojones estará esnifando Cronenberg?”.

Parece como si un día se hubiera levantado y hubiera dicho: “Hostia, como me apetece tomarles el pelo a este montón de lerdos. Y al final seguro que me aplauden”. Hay tanto jeroglífico, encerrado en laberinto, metido en una caja de música, enterrado en una cueva marina, etc etc etc que al final es imposible entender una sola palabra de lo que los mamarrachos que salen en la película arrojan por esas bocas dubitativas. Estoy seguro de que llegados a cierto punto los actores siguieron actuando porque no habían quedado con nadie y les daba igual estar aquí que allí.

Ni una sola idea en la película, ni una sola, que justifique la tortura audiovisual de la mano uno de los realizadores más descomunales que ha dado el cine en las últimas tres décadas.

Pero oigan, vayan ustedes/as a verla y luego me cuentan. Eso sí, yo no le devuelvo el dinero a nadie.

Abrazos/as,
T.G.

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