Señoras y señores, qué tal están?

 

Me han hecho caso o siguen el ejemplo de mi amado perro Groucho?

 

Cualquiera de las dos opciones me sirve: ya saben aquello que dijo Groucho Marx de “no pertenecería a ningún club que me aceptara como socio”. Yo tampoco.

 

Hoy les voy a hablar de Coco, aunque no estrene hasta dentro de unos 10 días (el 1 de diciembre para ser exactos) simplemente porque me da la gana.

 

Soy de esos que creen que será difícil volver a ver a Pixar darnos una sorpresa mayúscula (hablo en lo positivo). Las expectativas son tan altas que es complicado pillar al cinéfilo con la guardia baja y el pasado fue tan glorioso que ni siquiera hizo falta idealizarlo.

 

Toy story, Buscando a Nemo, Los increíbles, Ratatouille o Wall-E pusieron el liston por las nubes.

Sí yo disfrute muchísimo una parte Up, y lo mismo me pasó con una parte de Inside out y hasta con momentos del primer Cars. Pero nunca volví a tener esa sensación de que estaba asistiendo a algo extraordinario.

 

Con Coco y en muchos instantes he vuelto a tener esa sensación de que estos cabrones jugaban a otra cosa. Y he sonreído para mis adentros y para mis afueras.

 

¿Por qué en mi opinión Coco vuelve a ser una grandísima película de Pixar? Voy a intentar explicárselo sin resultar pesado.

 

En primer lugar: la película cuenta la historia de un niño que quiere ser mariachi. El problema es que en su familia la música es un tema tabú por algo que pasó cuando él (Miguel) ni siquiera existía. En segundo lugar: la historia transcurre en México, y –que yo recuerde – es la primera vez que una peli de Pixar se va a otro país (alguien me puede hablar de Ratatouille pero Paris era simplemente contexto, no se hacía un manual de usos y costumbres de la capital gala o la cultura francesa) a hacer cine.

 

Esa me atrae ya de primeras, la idea de atreverse a salir de un escenario genérico y meter la zarpa en un lugar sobre el que se han vertido tantos tópicos.

 

No voy a destripar Coco pero tiraré de tópicos: la animación es absolutamente alucinante y la dirección no lo es menos. Tiene un muy buen guión, es inteligente, divertida y explosiva cuando debe.

 

Ahora lo que de verdad me emociona: la propia Coco.

 

Coco es la bisabuela de la familia, una señora centenaria, llena de arrugas, que vive en su silla y apenas abre la boca. Coco está perdiendo los recuerdos y eso juega un papel fundamental en la película, que hace una preciosa reflexión sobre la memoria y como perduramos en el alma de los que nos quisieron.  Coco es también el personaje más profundo, rotundo y delicado (se puede ser ambas cosas, sí) que ha salido jamás de Pixar. Es un dibujo que trasciende las fronteras del lápiz, o del ordenador, y que se mete en las esquinas del espectador desde el primer momento en que aparece. Seguramente porque nos recuerda a nuestras abuelas, a ese momento en que nos dimos cuenta de que no estarían siempre allí. Esa capacidad de los reyes de la animación de conseguir nuestra empatía utilizando un personaje silente, que vive en lo pequeño de sus gestos, en lo diminuto de su figura.

 

Y no voy a contar nada más, solo que me hicieron llorar y a mí nadie me hace llorar (bueno, Clint Eastwood).

 

Vayan. Lleven a sus pequeños bastardos. Disfruten.

 

Viva México, cabrones.

 

T.G.

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