Ayer me vi obligado por razones laborales a ver (de principio a fin) los Goya. Hasta mi perro me miraba sorprendido, como diciendo ‘no me lo esperaba de ti’. Sí amigos y amigas, las cosas que uno se ve forzado a hacer por el vil metal, virgensanta.

 

Bueno, me puse a ello. Hacía años que no miraba una ceremonia entera. El año pasado piqué un rato y luego vi algo normal. Lo de Dani Rovira me parecía de juzgado de guardia y así lo dije en diversos foros públicos. Qué menos.

 

Pero este año ha sido peor, mucho peor. Mira que Reyes y Sevilla me parecen grandes cómicos, tipos con retranca, extremadamente listos… pues no, esta vez no. Ese humor arrítmico, surrealista, con un punto naif, deliberadamente inofensivo, se diluyó en la gala de los Goya como un azucarillo en una barbacoa. Fue como presenciar el hundimiento del Titanic en directo, una sensación de vergüenza en diferido, apaciguada por la certeza de que no era yo el que estaba haciendo el ridículo en prime time.

 

Es cierto, es uno de esos días en los que salió todo mal: la realización, la organización, el guión, los discursos, el decorado, la lamentable música de Benny Hill.

Cierto también, escribir/presentar una gala es siempre un marrón de dimensiones interestelares. No importa lo que hagas, lo que digas o lo que reivindiques, porque al final van a crucificarte de todas maneras.

Dicho esto. Me cuesta comprender que nadie anticipara que esta pareja artística no encajaba en una gala pensada para una audiencia generalista (ese gag de Joaquín Reyes vomitando en la cara del Langui, sin ir más lejos) y que el invento les iba a explotar en la cara de un momento a otro. No hubo un solo gag que funcionara, los que funcionaban (como el de Emily Mortimer) se los cargó realización y los que improvisaron fueron aún peores. Y sé de primera mano que improvisaron unos cuantos.

 

¿Qué hacemos? No hay manera de cambiar esta dinámica y al final llegaremos a ese punto en el que nadie querrá presentar nada. No tengo recetas pero al final hasta destripar se convierte en un ejercicio esteril y aburrido.

 

¿Mi consejo? Anular los Goya, que se den en casa de alguien y que luego nos envíen un gif para dar fe de ello. Y ya está. O que me los encarguen a mí pagándome una cantidad indecente de dinero. Luego ya me preocuparé por las críticas desde mi yate anclado en las Maldivas.

 

Por otro lado, gran decepción al comprobar que los académicos (vete a saber qué come esa gente) premiaron la peor de todas las películas que optaban a premio: la aburridísima La librería. Mira que tanto Handía, como Estiu 1993 como el Autor eran netamente superiores, pero es que Verónica (mi favorita) le da mil vueltas.

Me parece inexplicable, pero vale. Sabemos que la democracia es imperfecta y la queremos así (hasta que manden los míos y gane lo que yo diga y punto).

 

Como último comentario: la próxima vez, busquen a alguien que sepa decir ‘Estiu 1993’ sin que parezca el título de una película rusa. No es tan difícil, en serio.

 

Y recuerden: respeto todas las opiniones, siempre que coincidan con la mía.

 

Que su divinidad favorita les bendiga,

T.G.

 

 

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