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Buenas amigos y amigas, y otras criaturas del averno,

 

He vuelto, sé que ustedes se alegran y que incluso ha caído alguna lagrimilla furtiva por mi regreso. No hace falta que disimulen, allí donde voy se me ama.

 

Desde que escribí en este bendito blog la última vez, el Rey ha decidido abdicar y el Príncipe va a tomar su puesto. Yo no digo que haya tenido algo que ver, pero qué duda cabe de que este blog es muy influyente en todos los sentidos. Así que, Juan Carlos, si estás leyendo esto, hazme una transferencia, tío. No te cuesta nada y a mí me haces muy feliz.

 

Bien, vayamos a lo que nos interesa, que no es otra cosa que la nueva entrega de X-Men (o la Patrulla X, tal como la conocíamos cuando yo era pequeñajo y lo del inglés era una anécdota y no existían los hipsters).

 

Se lo voy a decir de entrada: esta es la mejor entrega de todas. Después de las flojísimas entregas de Lobezno (madre de Dios, lo que están haciendo con este personaje) y de la magnífica X-Men: Primera generación, Bryan Singer (al que ahora están persiguiendo –legalmente– por abuso de menores) se pone al timón de la saga para sacarle lo mejor, con un guión sólido, un grupo de actores magníficos (no puedo por menos que destacar a James McAvoy y a Michael Fassbender) y un ritmo no apto para cardiacos, ni diabéticos, ni alérgicos al gluten.

 

¿La historia? Básicamente (y por no hacerles un gigantesco spoiler), debido a sucesos que se dan en el presente, los X-Men viajan al pasado para unir fuerzas con ellos mismos (por favor, no me pregunten por la paradoja de tal decisión porque me quedaría la cabeza como una loncha de beicon después de pasar tres días en la sartén). El enemigo que combaten, por extraño que parezca, no es otro mutante sino algo potencialmente peor.

 

La gran fortaleza de esta entrega, una vez (semi)agotadas otras tramas (como la convivencia –juvenil– en la escuela del profesor X o las eternas luchas de Magneto y los suyos contra los mutantes buenos), es la forma como Singer encaja los personajes antiguos y modernos y como introduce nuevas caras como la del maravilloso Peter Dinklage (el gran Tyrion de Juego de tronos) y los clásicos Ian McKellen y Patrick Stewart.

 

Además, si uno junta a un reparto tan numeroso y con tanta estrella, corre el peligro de acabar contando nada (ya se sabe, por pura dispersión). Sin embargo, Singer consigue un equilibrio perfecto entre los personajes del filme (incluso Lobezno vuelve a parecer Lobezno, Dios le bendiga) y los botes de la historia, que son muchos y variados. También es encomiable (qué bonita palabra) que sepa manejarse con los saltos en el tiempo sin que parezca que es el único que los entiende.

 

En fin, que si hace unos días decía que Al filo del mañana es uno de los mejores blockbusters veraniegos al que vamos a poder aspirar este año, Días del futuro pasado es algo incluso mejor: un peliculón con todas las letras.

 

Singer necesitaba algo así (especialmente después de ese Supermán con anabolizantes que tuvo a bien regalarnos hace unos años) y el público también, naturalmente.

 

No se quejarán, dos semanas con bombazo hollywoodiense y las dos buenas.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 

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