Ya sé, voy con retraso, pero si me conocen ustedes/as y tienen la mala fortuna de seguir este, su humilde blog, sabrían que yo soy como aquel famoso maestro patrio que dijo “como decíamos ayer” después de haberse tirado una tonelada de años alejado de su clase. Pues eso, que como decíamos ayer les voy a contar mis ambivalente sensaciones sobre Batman y mis problemas pseudo-filosóficos con la película, que a mi entender es más un manifiesto socio-político (confuso, como todos los manifiestos) que un filme.

Vamos al grano. Ya lo saben porque lo habrán leído por todas partes así que se lo resumo rápidamente: TDKR (lo llamaremos así para abreviar, si quieren ustedes/as pueden llamarlo Batman, o el hombre-murciélago, o como les de la gana. Visualicen este blog como si fuera su sofá y siéntanse libres de poner los pies sobre la mesa y comer ganchitos) arranca unos años después de los hechos acaecidos (joder qué bien hablo) en El caballero oscuro. Si no han visto El caballero oscuro deberían dejar de leer aquí porque estoy a punto de reventarles el final. Contaré hasta tres:

Tres, dos, uno…

Cero.

Al final de El caballero oscuro Harvey Dent, brillante abogado que había limpiado Gotham de criminales, y que se ha transformado en un psicópata chiflado por cortesía de El joker, es liquidado. Batman y el comisario Gordon acuerdan tapar el incidente. Es más, Batman (que, digámoslo ya, hay veces que no tiene muchas luces) decide cargar con la culpa de su muerte. Total, que ahora Gotham vive una época de paz y serenidad, Batman ya no es necesario y todo el mundo es más feliz de la cuenta.

Malditos gilipollas.

Allí es cuando llega Bane. Un chalado que lleva una máscara que le cubre parte del rostro, luce cráneo rapado, es grande como la cabeza de Fernando Alonso y cuyo objetivo primordial es sembrar el caos sin más objetivo que ese: el caos. A él no le interesa la pasta, el oro o las propiedades en Marbella. Lo que quiere es que la gente las pase canutas, cuanto más mejor. Como un político, pero con algo con más de presencia.

Bueno. No destripemos el argumento, digamos que lo que aquí se dirime es el eterno enfrentamiento entre el bien y el mal, con algunos matices. El bien que representa Batman es el bien del justiciero, el que se aplica cuando no hay más remedio porque todos los otros bienes han fallado. Aquí la democracia se repliega sobre sí misma: su ilusión pervive aún cuando se sabe que hay un tipo que le ha puesto una bota en el cuello. En Gotham la justicia no es sólo ciega, también es sorda, muda y vaga. Batman es el suplente indeseable.

David Rieff, uno de los ensayistas más brillantes de este planeta, hijo de la maravillosa Susan Sontag, decía que cuando uno quiere paz tiene que olvidarse de la justicia o la verdad. La paz conlleva la perdida de conceptos quizás más elevados pero menos ideales: uno debe aprender a renunciar a ellos en nombre de algo que llamaremos “el bien común”.

Batman representa ese concepto tan poco deseado: el que conlleva que su aparición se produzca cuando todos los otros caminos están agotados. Su máscara es siempre una mala noticia. Al otro extremo se encuentra Bane. Para el la piedad, la verdad o la justicia no tienen significado, para él sólo existe el castigo. Nadie es inocente puesto que todos, de un modo u otro, han perpetuado un sistema que él quiere derrumbar, por tanto todos deben ser castigados.

Bane es el caos en su versión más pura. Es El joker sin el excentricismo, el malo sin causa, cuya maldad parte del más absoluto determinismo, como si fuera un discípulo de Nietschze . En ese sentido Christopher Nolan articula en TDKR un discurso que a veces se le tuerce pero que es bastante visible en toda la película: al final los intangibles, la casualidad, los detalles, la fortuna (una manera amable de llamar al azar, el reverso luminoso del caos) determinan el resultado final de una contienda. Los poderes fácticos sólo existen para rendirse o ser manipulados (en esta entrega de Batman los malos podrían haber acabado con toda la policía por pura omisión –los que hayan visto la película sabrán de lo que hablo- y se salvan porque Nolan no se atreve a llevar su postulado hasta el final) pero nunca son una amenaza para el villano. El alcalde desaparece a medio metraje, los políticos no aparecen, el ejercito hace lo que Bane ordena. Así que en teoría es el ciudadano el que debe tomar el control, luchar por lo suyo, oponerse a este golpe de estado de facto. ¿Qué hace el pueblo? Nada.

Así que finalmente es Batman el que tiene que reaparecer y empezar a repartir mandobles.

Para no darles la tabarra me limitaré a decir esto: para Nolan el ciudadano de a pie es un monigote a merced del viento; el villano, amigo de los juicios sumarísimos, es un terrorista con más de anarquista que de cualquier otra cosa, al que el director disfraza de jinete del Apocalipsis sin atreverse a llevarlo hasta las últimas consecuencias; el resto son simples marionetas cuyo destino se mueve con hilos de movimientos aleatorios.
Su manifiesto socio-político, que mezcla un ataque a Wall Street, con un extraño discurso sobre la esperanza, otro delirante sobre las energías limpias y una curiosa mirada a la justicia como concepto inalcanzable por los medios habituales, es de un color cercano al negro (como el propio Batman) pero con un toque verde Hollywood, por aquello de que al espectador se le puede golpear sólo hasta cierto punto.

¿Lo mejor? Tom Hardy, un malo al que apenas se le ve a la cara pero que con un actor como Hardy sale a flote con fuerza; Michael Caine, su Alfred es una maravilla, un prodigio de emoción y sensibilidad; Christian Bale, capaz de construir un héroe oscuro y atormentado al que todos quisiéramos parecernos. Y el caos: el caos que subyace en el guión y en la gran pantalla, la (rotunda) reflexión sobre el desastre que se avecina, cuando el visionario de turno por fin pose su dedo índice sobre el botón rojo y nos vayamos todos a tomar viento. Porque aquí no hay Batman; ni lo hay, ni lo habrá.

¿Lo peor? Ese mismo caos que trata de tirar de los personajes en direcciones que no son las suyas (el personaje de Marion Cotillard es el mejor ejemplo de esto) o de zurcir escenas donde no tocan (muchas de las intervenciones de Bane, que van contra la esencia de su propio ser) o de meter bisagras absurdas que le permitan conectar situaciones que de otro modo serían incomprensibles.

Y sí, la música de Hans Zimmer es un coñazo. Y sí, es muy larga.

Pero TDKR es una película que hay que ver, aunque sea porque su director es una bestia y espectáculos así justifican el pago de una entrada.

Abrazos/as,

T.G.

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