Siempre quise vivir en Innisfree.

Recuerdo la primera vez que vi El hombre tranquilo. Mi padre la consideraba “la mejor película de la historia” y la había visto mil veces (o mil quinientas) hasta el punto que se sabía algunos de los diálogos y me adelantaba -con notable entusiasmo- las cosas que iban a pasar.
Yo debía tener once años y aunque no entendía algunas escenas y se me escapaban las sutilezas de los diálogos, me bastó esa sonrisa de oreja a oreja de mi padre (un hombre poco aficionado a curvar los labios) para entender que aquella película era especial.

Sin embargo no fue hasta mucho después (ya cumplidos los dieciocho) cuando volví a verla y caí rendido a los pies de John Wayne. Estaba en mi casa y creo que la daban por la 2, era tarde y yo tenía sueño así que me propuse aguantar un rato y luego irme a dormir.

A las dos horas seguía allí, en modo buho, los ojos muy abiertos y la sonrisa de mi padre en la cara. Dios mío, Innisfree.

Al principio de El hombre tranquilo un señor llegaba a un pequeño pueblecito irlandés. Si eras un poco observador ya deducías que había en aquel tipo grande tocado con una gorra y tirantes de banda ancha algo más que el deseo de volver a casa. Aquel hombre huía de algo, algo que sólo podía solucionar consultando sus raíces, en aquel delicioso pueblecito en mitad de ninguna parte.

Para empezar los maquinistas del tren que había transportado hasta allí a Sean Thornton (el nombre del personaje de Wayne) se enzarzaban en una pelea a cuenta de un asunto fútil, porque allí, en aquella tierra los puños eran la forma más noble de demostrar que uno tenía razón. Ese alarde de masculinidad ha colmado la obra de John Ford desde sus inicios. Claro, aquel director de parche en el ojo y legendaria mala leche (que se refugiaba en la reserva india cuando se peleaba con su mujer y que bebía como si le fuera la vida en ello) se definía a si mismo a través de sus películas y él era un macho irlandés. De pies a cabeza.

Ahora bien, resulta que Ford no era sólo lo que parecía sino que leía poesía a escondidas (como Eastwood, como muchos de los tipos duros con talento que venden la armadura mientras clavan la espada) y era poseedor de una sensibilidad que conectaba con nuestra necesidad de sentir algo auténtico sin renunciar a ser “hombres”.

El hombre tranquilo es un viaje iniciático donde confluyen la fe, la política, el destino y el deseo de ser amado. Es la obra cumbre de Ford, un retrato de gentes, usos y costumbres de una expresividad y fuerza imparable. Es el pub, la iglesia y la granja. Es el chofer (que impresionante interpretación, la de ese mal bicho entrañable llamado Barry Fitzgerald), la camaradería y los campos infinitos. Es esa película que te devuelve a una época donde el cine era otra cosa, un tiempo de nostalgia.

Maureen O’Hara besando a Wayne (y viceversa) mientras la lluvia arrecia en el cementerio; el caballo de Fitzgerald parando delante del pub para que su dueño pueda repostar; la libretita del ayudante del bruto del pueblo donde éste apunta a sus enemigos; y –sobre todo- la pelea, monumental pelea, donde el glorioso Victor McLaglen dirime sus diferencias con Wayne. Una escena que acaba con una borrachera histórica y una boda no menos intensa… la lista de escenas memorables que puntean la películas es inacabable.

Esos planos finales de la buena gente de Innisfree al ritmo de la preciosa música de Victor Young resumen el espíritu de El hombre tranquilo, una oda a la vida de pueblo, el reverso emocional del costumbrismo: una película de rostros cercanos que nos ayuda a huir.

Lo dicho: siempre quise vivir en Innisfree.

Y si algunos de ustedes/as no ha visto la película les invito a que lo subsanen inmediatamente.

Inmediatamente,

T.G.

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